Del voto y otras hierbas

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Equipo de comunicación de Barcelona En Comú en la noche del debate final entre alcaldables de Barcelona 21/05/15

El 24 de mayo de 2015 será una fecha que muchos de nosotros vamos a recordar intensamente. La primera vez que muchos votaremos en unas municipales con ilusión verdadera, con incertidumbre, con un nudo en el estómago. Con el vértigo de la duda y la esperanza y un brillo raro en los ojos. Mirándonos unos a otros en los colegios electorales y las calles como nunca antes habíamos hecho. Con complicidad y una sonrisa que lucha por escaparse de los labios.

Estas elecciones serán el verdadero primer paso serio que muchos vivimos desde que en 2011 las plazas estallaran. En mi vida, en las vidas de tantos, han pasado demasiadas cosas en estos cuatro años como para resumirlas en un párrafo. Pero digamos que ha habido desconcierto e ilusión, ha habido miedo y rabia, ha habido ideas y conversaciones y gritos y lágrimas y sobre todo proyectos. Vitales, de los que importan. De los que se podrían llamar, citando a Nacho Vegas, una “resituación”.

Para muchos y muchas de nosotros, esos proyectos han pasado necesariamente por la politización de la vida y la ruptura con ciertas ideas hegemónicas. Por el descubrimiento de “lo común”, del “otro”, de todas las opciones vitales que los medios, el aparato estatal y la educación tradicional nos habían negado. De las que nosotros mismos, muchas veces sin querer, nos habíamos ido alejando. Y en ese proceso de involucrarse con otras formas de vida, de reivindicar derechos, de “devenir nosotros”, hemos elegido muchos caminos distintos. Desde los proyectos libertarios al activismo de barrio, las intervenciones artísticas, el cooperativismo, la protesta, la resistencia, la okupación… Hasta la lucha por recuperar unas instituciones que muchos veíamos secuestradas por poderes ajenos al bien general.

Este domingo será la primera y muy importante prueba de fuego para los que tomaron ese último camino y llevan mucho tiempo trabajando en sus proyectos políticos, pero también para una ciudadanía que en buena medida todavía vive en un magma de expectación, miedo, resignación, negación, desconfianza, necesidad, furia y urgencia. Lo viejo y lo nuevo conviven, dan forma a nuevas criaturas, y a veces también a monstruos.

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Pase lo que pase, las reglas del juego ya están cambiando mientras escribo esto. No tiene que ver sólo con el resultado de estas elecciones, sino más bien con la manera en la que estamos viviéndolas (y practicándolas) como sociedad, como ciudad, como vecinos. Como además quiero ver a dónde nos llevará todo esto, iré a votar. Podría parecer lógico, ya que he estado involucrado activamente en una de esas nuevas candidaturas municipalistas. Pero es a la vez raro para mí, ya que mis posiciones políticas personales no pasan necesariamente por la institución. Y lo más raro de todo es que votaré contento. Orgulloso.

No me he convertido de pronto en un fundamentalista del sistema electoral. Creo que hay cantidad de brechas y espacios de actividad política que desarrollar cada día que no tienen nada que ver con lo que conocemos como “democracia”, una experiencia muy incompleta. Además ha habido parte de la vivencia de campaña que se me ha hecho muy cuesta arriba, sobre todo la parte que tiene que ver con la manipulación de los medios y las opiniones en redes sociales. Pero sí que tengo la ilusión de que este largo proceso conduzca a un primer hito importante. De que empiece el deshielo.

Me cuesta mucho imaginar cómo habrán vivido todos estos últimos meses, y en especial las últimas semanas de campaña todos aquellos amigos, familiares, conocidos o gente a la que me cruzo por la calle, que normalmente no están muy involucrados en temas políticos. La percepción que da vivir algo de cerca hace difícil la perspectiva. Pero sé que habrá por ahí mucha gente que, por convicción, por desidia, por desánimo, por resignación, por no haberse podido decidir o como forma de protesta, se debate todavía entre el votar o no y que no tiene nada claro qué hará el domingo.

En un sistema democrático, y aunque a veces pese, cualquier opción de voto o de abstención ha de ser radicalmente respetada. Por eso yo no diría nada al respecto si no pensara que realmente hay razones para hacerlo. Que estas no son unas elecciones cualquiera. Y que hay motivos para levantarse del sofá e ir a votar. Al menos yo los tengo, y quiero compartirlos.

postales2Porque las ciudades son el campo de batalla político del siglo XXI. Los entornos urbanos acumulan riqueza, diversidad e ideas. Son el epicentro de las tensiones y las desigualdades más grandes, pero también, como lo han sido siempre, de todas las formas de innovación social que tengamos que inventar sobre la base de lo que ya existe. Quiero formar parte del tejido vibrante y complejo que da forma a la ciudad. Quiero reclamar para nosotros un entorno urbano que se nos lleva años escamoteando. Eso se hace día a día, en los barrios y las calles, pero también tomando unas instituciones urbanas que se pensaron (y lucharon) en común pero se han gestionado prácticamente siempre en petit comité. La democracia urbana está por llegar todavía, y está en nuestras manos que sea una realidad.

Por toda la gente a la que, como a mí, le gustaría instalarse en un barrio, echar raíces, procurar a los que vendrán un entorno digno, una vida vivible. Hay que acabar con la idea de que sólo votamos por nosotros mismos, de que cualquier manifestación política sólo va dirigida a nuestro propio bienestar. Ni la dignidad ni la libertad son bienes individuales. Nuestra libertad no acaba donde empieza la de otros. Es un bien común que hay proteger entre todos. El lema libertario “si tocan a una nos tocan a todas” sintetiza esta idea. Y las instituciones que ahora mismo nos oprimen llevan ya demasiados años tocándonos (la dignidad y las narices). Por eso tenemos que defender en común esa libertad, eligiendo representantes que simpaticen con nosotros y nos defiendan frente a posibles abusos, en lugar de ser ellos los que abusan.

Porque esas instituciones que están por encima de mí me dominan, me representen o no como ciudadano y persona. Por tanto tengo que intentar, junto con mi tribu, que las armas de su dominación no me asfixien. La única manera de que eso suceda es que la institución y yo tengamos más cosas en común. Esto es, que mis representantes se parezcan más a mí, que entiendan mi posición dentro del entramando social y no me vean como un enemigo.

patossaPorque todas las luchas son simultáneas. En el tejido político-asociativo a pie de calle inquieta que la entrada en el escenario de nuevas formaciones políticas debilite el trabajo cotidiano de muchos años de los movimientos veteranos en la lucha. Es un miedo legítimo, pero tal y como yo lo veo, esto sólo ocurrirá en la medida que las formaciones políticas electas se separen de la base social, y sobre todo de que les permitamos o no separarse de ella. Una ciudad vivible es una ciudad en la que todos los procesos de cambio, los que se llevan a cabo desde la institución, los que se desarrollan en ateneos, asociaciones, calles, plazas, son la misma lucha. Si queremos conseguir resultados, tenemos que entender que, desde que Thomas Müntzer y sus campesinos gritaran “¡Todo es común!” en la revolución de 1525, sólo ha habido en realidad dos grandes tipos de lucha: la del poderoso contra el oprimido y la de quien quiere compartir contra el que quiere poseer a costa de los demás. Por eso debemos actuar en todos los frentes, abrir todos los caminos, tender todos los puentes. Hacernos fuertes en la calle y en el hemiciclo. Aprovechar cualquier grieta que se nos presente para hacer palanca. Estas elecciones son sin duda una de esas grietas.

Porque vivimos un momento excepcional, y para superar los retos que se nos vienen encima vamos a necesitar toda la ayuda y organización que podamos conseguir. Y no hablamos sólo de la imperiosa necesidad de limpiar las instituciones de corrupción, asegurar las pensiones o acabar con la precariedad laboral. Hablamos de verdaderos desafíos a nuestra soberanía popular, decretos y leyes gestados desde despachos con total opacidad, tratados negociados en secreto por entidades muy poderosas, como ese amenazador TTIP que básicamente está pensado para que Europa se rinda a las grandes corporaciones estadounidenses. Que podamos o no impedir la firma de estos acuerdos que condicionarán nuestra vida y la de las generaciones por venir puede depender en gran medida de lo que hagamos en este año de elecciones municipales, autonómicas y generales. De lo fuerte que consigamos oponernos a un poder que hasta hace bien poco nos parecía irreductible.

Porque a ese poder le interesa la abstención. Cualquier espacio de silencio les sirve a ellos para llenarlo con su discurso, a través de su tupida y omnipresente red de propaganda institucional. ¿Os acordáis de la mayoría silenciosa que tanto ha aireado el PP durante las miles de manifestaciones que han poblado el país durante su gobierno? Es la misma a la que citaba Nixon cuarenta añjuliasolans-732x1024os atrás mientras llevaba a cabo su imperialista y desastrosa guerra de Vietnam. Pero como le contestaba entonces Jerry Rubin, “¿Cómo sabe usted que esa mayoría existe, si no habla?”. No dejaré que se apropien de mi silencio y para ello usaré todas las herramientas que estén a mi alcance. Esta vez mi martillo será mi voto.

Porque todo acto político es profundamente íntimo. El discurso tecnócrata (ni de izquierdas ni de derechas, bien hecho) es una falacia. La tecnocracia es una ideología como cualquier otra, que suele utilizar el poderoso para mantenerse en el poder. No hay como un experto para desactivar el pensamiento crítico y convertir al opositor en un animal irracional. Por tanto, si dejamos la vida política en sus manos, basta con elegir al experto que más nos convenga para inclinar la balanza a nuestro favor. Por el contrario, una conexión íntima creada a través de lazos de solidaridad, empatía, trabajo mutuo, colaboración e ilusiones compartidas es algo mucho más sólido, y algo en lo que verdaderamente confío a la hora de tomar decisiones que afectan a mi comunidad. Una aproximación íntima a la política implica que no estaremos pendientes de índices de bolsa, encuestas, informes, o cualquier otra fuente de datos altamente volátil y manipulable. Significa que entendemos la política como una posición en el mundo, como una manera de relacionarnos. Que en nuestro fuero más íntimo nos estamos poniendo del lado del que sufre o del que oprime, del que no tiene o del que lo tiene todo. Que estamos tendiendo una mano, o estamos poniendo un muro. Elegir lo primero es lo que llaman “política de los cuidados”. Hoy estoy ilusionado porque confío en que hay candidaturas en todo el estado, y en mi ciudad, que comprenden que algo tan fundamental para entendernos en sociedad ya no puede ser obviado, sino que tiene que pasar a primera línea de debate.

Porque quiero reivindicar la alegría. Junto con los cuidados, otra de las ideas que se respira en las nuevas formaciones es afirmar la necesidad de construir un entorno urbano mejor, pero no con la rigidez del estadista, sino con el calor de los abrazos y la solidaridad. Y también con humor, con broma, con descaro, y usando referentes que todos manejamos en procesos que no parten de una sola persona o un gabinete sino de un colectivo que ha decidido autodeterminarse. Para eso, y para resistir las embestidas del poder constituido, hace falta mucha paciencia, mucho coraje, y muchas risas. Para crear vínculos, para poder hablar de un verdadero engranaje de convivencia que no sea impuesta sino real, para elaborar un lenguaje común. Como ya muestra la pequeña colección de carteles que ilustran estas palabras, esta campaña municipal ha llenado Madrid, Barcelona y las redes de color, de swaj, de fuegote. Y lo hemos pasado fetén. Esa ya es otra pequeña victoria.

Porque el acto político también es imaginación hecha cuerpo. La política no es sólo una gestión eficiente de recursos, sino que ante todo es una herramienta para llevar a la práctica las maneras de vivir que imaginamos. Una democracia real debería proteger esa diversidad, permitirnos idear nuevas maneras de convivir, de comunicarnos, de cuidarnos. Hoy somos muchos los que compartimos un horizonte común, porque llevamos tiempo imaginando juntos. Ahora toca llevar eso a la práctica. Lo haremos día a día, reivindicándonos allá donde vayamos, pero queremos que nuestras instituciones nos ayuden también a hacer realidad esas ideas. Y este es un camino que para muchos empieza este domingo.

¿Damos el primer paso?

Mientras os lo pensáis aquí os dejo unas cuantas canciones de guerrilla. ¡Salud!

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