Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

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