Radicales libres (2ª parte)

Tras la tempestad, la calma. Tras la fiesta, la resaca. Tras el 1-O, un abismo de dudas y sensaciones revueltas. Todos los que estuvimos allí sabíamos que era donde teníamos que estar. Que habíamos asistido a algo importante. Pero también, que como proyecto común todavía no tenía forma concreta, ni una única salida u objetivo. Que pese a nuestros actos como ciudadanos, como civiles organizados, íbamos a seguir sujetos a una realidad material, y a unos poderes políticos, que en muchos sentidos nos sobrepasan y superan. Por eso, cuando llegó el dos de octubre, lo hizo acompañado de mucha incertidumbre. De una sensación de “¿y ahora qué?”, y una normalidad aparente que era de todo menos normal. Teníamos que volver a nuestros trabajos, a nuestras vidas, sabiendo que ante nosotros se habría un horizonte turbulento. Que nuestra realidad cotidiana podía estar a punto de cambiar radicalmente, o que quizá, peor todavía, iban a seguir igual que siempre. Los sindicatos (aunque no los mayoritarios, claro), organizaciones civiles, colectivos de todo pelaje, empresas particulares, instituciones, llamaban a detener el país el día siguiente, y mientras tanto, en nuestros curros, nuestros muros de Facebook, en el bar en el que hago el café y el cruasán, no se hablaba de otra cosa. “¿Y ahora qué?”. Que si DUI, que si no, que si tanques, que si no, que si Europa que si no. Todo parecía a-punto-de, como si nos hubiéramos metido en la caja del gato de Schrödinger y hasta que alguien no llegara a abrirla, estuviéramos a la vez vivos y muertos.

Teníamos claro, eso sí, que al día siguiente nos volveríamos a ver las caras. De nuevo, teníamos que estar allí. Para muchos de nosotros no se trataba de una huelga/paro/movilización por la independencia. En absoluto. De hecho, no se convocó como tal, sino como respuesta a la represión policial, y por la defensa de las instituciones democráticas. Nos sentíamos heridos, atacados, aislados por los medios, solos ante una España que buscaba violentarnos (y lo hizo), y una Europa tan muda como de costumbre ante los abusos del poder estatal. El único antídoto efectivo ante esa soledad es siempre la vida en común. El cuidarnos, dedicarnos tiempo. Sentir que no es verdad que estemos solos, y que las calles siempre nos devolverán lo que les demos. Mientras tanto, llegarían los resultados del (no)Referéndum, con más de 2 millones de votos (2.286.217 personas, un 43% del censo), de los cuales un 90,2% se inclinaron hacia el sí, un 7,8% hacia el no, y un 2% (entre los que me incluyo) optaron por dejar la papeleta en blanco, mudos ante una situación que todavía creo que muchos no acabamos de entender del todo.

El 2 de octubre, de noche, me mudé. Un elemento narrativo más que añadir al cóctel del desconcierto y la volatilidad. Lo hice ilusionado, eso sí, porque después de un año y pico de inestabilidad hogareña finalmente iba a instalarme en un lugar y con una gente que me inspiran confianza. Me pareció muy adecuado para un momento como éste, en el que todo está abierto y cualquier cosa puede pasar. Y por eso las calles del 3 de octubre me parecieron doblemente nuevas. Lucía un sol espléndido. Cogí la bici y ya nada más llegar a Passeig Sant Joan, a un minuto de mi nueva casa, me topé con una auténtica riada de gente, que bajaba por el paseo para unirse con otras riadas que ya a esa hora, las 11 de la mañana, colapsaban Gran Vía. Muchísimas calles cortadas, poca presencia policial (por suerte, todo parece más bonito cuando no tienes encima el ojo severo de la ley), negocios cerrados… Una sensación de que la ciudad estaba realmente parada. Poco a poco me fui acercando a Plaça Universitat, donde la gente era tanta que desbordaba por todas las calles aledañas. La diversidad era grande. El mensaje en cualquier caso, era bastante transversal: paz, entendimiento, diálogo. Muchas banderas: esteladas, senyeras, pero también españolas, republicanas y rojinegras. Mucho llamamiento a la calma. Mensajes que empezaban a correr por los móviles, avisando de que podía haber secretas infiltrados que quisieran reventar las movilizaciones. Ese tipo de mensajes que nunca sabes cuánto de verdad tienen o son sólo bulos que corren como la pólvora entre una población que, pese a la muestra de unidad, no deja de estar sumida en un estado de inquietud constante. Y que además, en muchos casos, y volveré a eso un poco más abajo, no está muy acostumbrada a movilizaciones en las que pueda haber violencia policial.

Estuve un rato con las gentes de Sants que andaban por allí, y a la hora de comer me junté con mi querida amiga Alba, periodista, escritora y genia descarada de las periferias. Cómo no, seguimos pensando en voz alta. Ya acusábamos cierto cansancio, sobre todo espiritual, aunque también físico: días de ir de aquí para allá, de no dormir mucho, de darle muchas vueltas al tarro, de leer artículos, repasar el TL de Twitter como un poseso, de observar, sorprendido, cómo muchos amigos y conocidos sentían la necesidad de compartir en sus muros de Facebook reflexiones muy personales sobre los hechos. Por todas partes dudas, trifulcas familiares, observaciones costumbristas, argumentos políticos, llamadas al diálogo y la paz, a la revuelta y la dignidad, al Just DUI y al Don’t DUI, incomprensión ante las maquinarias ciegas del Estado, incomodidad ante un Govern estratega sobre cuyas decisiones parecemos no tener tampoco ninguna influencia. Bromas y sátiras que en muchos casos parecían provenir de una cierta desesperación irónica y en otros a que, bueno, si no nos tomamos esto con algo de ligereza sí que nos vamos al carajo definitivamente. Si queréis distinguir rápido a un facha o a un talibán del color que sea, observad su capacidad para el humor, especialmente para reírse de sí mismo y lo que defiende.

En medio de ese marasmo de opiniones y expresiones particulares de la desazón, sentí la necesidad de escribir unos whatsapps a mis primos, repartidos por toda la geografía española y extranjera. Me entristecía mucho pensar cómo podían estar recibiendo lo que pasaba en Catalunya, dado que a ellos, pese a que estemos alineados ideológicamente en muchas cuestiones, sólo les llegaba una parte de la información, y no precisamente la más veraz. Pensar que realmente la fractura social de la que tanto alertan ciertos medios fuera a hacerse realidad. Conforme las posturas a uno y otro lado se tensan y polarizan, y los interesados no paran de echar leña al fuego, el miedo de que tu gente cercana te vea como algo que no eres, o te meta en sacos que nada tienen que ver contigo, de pronto se hace real. Y es muy difícil batallar contra los monstruos de la opinión pública y salir ileso. Pero al menos a pequeña escala merece la pena tratar siempre de explicarse, sobre todo con aquellos a los que quieres. Y yo a mis primos, aunque desde la distancia, los quiero mucho, que para algo me han hecho de los hermanos que no tengo. Por suerte en mi familia somos por lo general republicanos y progresistas, y aunque hay muchos matices de la cuestión territorial que cada cual entiende a su manera, sigue siendo fácil hablar y discutir. Gracias por eso.

Un par de horas después, había convocatoria de concentración en Jardinets de Gràcia, la confluencia entre Passeig de Gràcia y Diagonal. Uno de los puntos de Barcelona donde más tiendas, bancos hoteles y restaurantes de lujo se acumulan. Aquella tarde sin embargo, partiría de allí una comitiva bien distinta, formada por una amalgama diversa de individuos y grupos sociales. El sitio estaba a reventar, y al igual que por la mañana, allí había de todo, si bien la mezcla contaba con una pizca más de ingredientes de la izquierda rebelde. Anarcosindicalistas, cuperos, grupos feministas, anticapis, mezclados sin pudor con familias procesistas, señoras mayores de pelos cardados, veinteañeros bien vestidos con esteladas a la espalda modo capa. Yo me uní de nuevo a la chavalada cooperativista del barrio, y junto a ella empezamos a bajar por Passeig de Gràcia mientras comentábamos la jugada. A paso lento, tranquilo. Se nos unieron más amigos, algunos de los cuales es difícil ver en cualquier otra manifestación que no esté sancionada por los poderes fácticos. Hacía mucho que no veíamos a ningún policía, que no se veía a la prensa por ningún lado. En un momento dado, le comenté a mi amigo y broder Eliseu que aquello, aunque éramos muchísimos, tantos que abarrotábamos una de las arterias clave de la ciudad y se caminaba a paso lento, estaba un poco aburrido. Daba la sensación de que las historias ya se habían contado, que nadie nos estaba haciendo caso. Me empezaba a recorrer el cuerpo la extraña sensación de que nada de lo que estábamos haciendo serviría para reivindicar o afianzar ninguna de las cosas que verdaderamente nos importaban. Que no son la IN-INDE-Inpendencia, ni el diálogo con un PP corrupto y desnortado, en pleno ataque de furia patriótica. Que no es la construcción de un nuevo Estado opresor en las ruinas del antiguo. Llegó un punto en que me pregunté incluso, qué demonios estaba haciendo yo allí. Y con esa sensación, que todavía hoy me persigue, abandonamos tranquilamente la manifestación. Por un lateral, sin hacer ruido. Al ir a por mi bici y bajar por Balmes, nos cruzamos con muchos chicos y chicas jóvenes, que subían hacia el Upper Diagonal (las zonas de pasta de la ciudad), muchos de ellos de nuevo en plan Capitán Estelada, con pintura en las caras. Pieles suaves, pelos bien cepillados y ropa de marca. La incomodidad en mi interior crecía y crecía. Se escuchaban todavía cánticos, y voces que coreaban “Els carrers serán sempre nostres”. Yo me preguntaba, como hizo aquí tan bien Brigitte Vasallo: “¿qué calles?¿quienes sois vosotros?¿a quién incluye ese nuestros?”

Eliseu siempre dice que manifestarse sólo tiene sentido cuando no te dejan hacerlo. Que ese es el único momento en el que de verdad los manifestantes están empujando los límites de lo establecido, de lo que se puede hacer y no. Por eso él no es muy fan de manifestarse porque sí. Por eso a lo largo de los años hemos coincidido sólo de vez en cuando en este tipo de asuntos. Estuvo en las concentraciones del 15M, en las manifestaciones de apoyo ante el desmantelamiento de Can Vies, en el 1-O. Momentos en los que teníamos a los medios y la policía en nuestra contra, como siempre los ha tenido el movimiento Okupa, los antiglobalización que lucharon infructuosamente contra el Fórum de las Culturas, los detenidos en las huelgas generales, los acusados que rodearon el Parlament en 2011, los independentistas que se manifestaron contra los Juegos Olímpicos del 92, y a los que este Govern tan indepe no se ha dignado ni hacer una mención en este año de 25 aniversario de las Olimpiadas. Tampoco lo hizo un Ajuntament que aún así, y por fortuna, todavía aspira a tender puentes y crear herramientas para que no nos matemos los unos a los otros por algo tan ridículo como una bandera que no sea la pirata. Y no sigo citando causas porque podríamos estar aquí hasta que a España la compre Amazon. Resumiré señalando que mucha gente de los movimientos sociales, de la contracultura, del anarquismo, del mundo queer y feminista, de los sindicatos, de los grupos cooperativos, de todo ese magma reivindicativo y constructor de alternativas reales, las ha pasado canutas siempre. Que por cantar eso mismo de “las calles serán siempre nuestras” han sido apaleados, violentados, invisibilizados, torturados, encarcelados. Se han dicho mentiras a cascoporro sobre ellos sin que nadie en las altas instancias del poder pagase el pato. Se han reventado ojos y apaleado a personas inocentes. Hace poco, se cumplían cuatro años de la muerte de Juan Andrés Benítez, empresario del Raval, a manos de los Mossos, una muerte por la que nadie ha pagado todavía.

Yo no puedo evitar pensar que, pese a que muchos de estos activistas estuvieran en el 1-O, estuvieran el día 3 en las calles, esta lucha no les representa. Porque ellos estaban allí en defensa de los valores que siempre han defendido: la libertad, la lucha contra la opresión, la igualdad, el republicanismo, la solidaridad obrera, la defensa del tejido vecinal vivo y valiente. Pero la única razón por la que no salieron de estas últimas concentraciones apaleados es porque al Govern le ha interesado permitir esa imagen de unidad, de paz y concordia. Porque los Mossos tenían órdenes de ponerse de perfil ante todo el asunto. Que cuando se calmen las aguas y todo esto llegue a algún resultado concluyente, los medios volverán a relegarles al olvido, a invisibilizarles como han hecho siempre, a tacharles de guarros, incívicos, radicales. Porque claro que son radicales. Como ya dije en el post anterior, no se puede ser demócrata a medias, libertario a medias, feminista a medias. O asumimos la transformación radical (de raíz) de la sociedad, o nos contentamos con las migajas que el poder pueda darnos. Por eso yo estoy con ellos, y con todas las personas que, haciendo un trabajo de hormiguita, invisible e ingrato, están construyendo a lo largo y ancho del territorio, del Estado español, del mundo entero, alternativas para vivir de otra manera. Mucho antes que con todos aquellos que aplauden a los Mossos, o que se sorprenden ante la violencia del Estado, cuando la base de todo Estado, y esto lo decía ya Max Weber muchísimas décadas atrás, es precisamente ejercer el “monopolio de la violencia legítima”. O ilegítima, ya que nos ponemos.

Termino de escribir estas líneas el 8 de octubre, mientras en mi ciudad se produce una manifestación de miles de personas que han venido aquí, supuestamente, a apoyar a los catalanes que se sienten españoles y están solos. No sé exactamente quien será esa gente, ni cómo de solos pueden sentirse, dado que es obvio que tienen detrás todo el apoyo del gobierno y de los medios generalistas. Me parece de un cinismo asqueroso hablar de “catalanes de bien” y de sus supuestas cuitas, cuando todavía no se ha reconocido (ni se hará) que casi 900 personas fueron agredidas por las fuerzas del Estado durante las cargas del 1-O. Unas cargas que, según el gobierno, no existieron, y si lo hicieron, no dieron lugar a heridos de consideración. Cuando en Catalunya estamos viviendo un blackout mediático brutal que nos deja a merced de una mayoría española muy soliviantada a la que se le ha alimentado con mentiras desde hace semanas, meses, años. Un blackout y unas mentiras que vuelven a recordarme demasiado a las que vivimos en otros momentos de la historia política reciente, que ya he mencionado. Y me siento descorazonado en parte, pero por suerte no me siento solo. Porque sé que tengo de mi lado a muchos de esos “radicales”, que por encima de todo son personas libres, que quieren vivir sus vidas al margen de una realidad que no para de estrechar los límites de lo posible.

Sigo sin tener nada claro qué pasará en los días por venir, pero dudo mucho sobre si volveré a manifestarme por nada que tenga que ver en lo más mínimo con el Procés. Si en algo me he reafirmado estos días es en el rechazo a cualquier idea de Estado que no ponga la protección y el cuidado de sus ciudadanos en primer lugar. Y por lo visto los Estados, a esta hora, en este año y en este lugar del globo, se siguen peleando para ver quién nos puede maltratar con más razones y sin que el pueblo atemorizado se rebote, porque le están defendiendo de “elementos desestabilizadores minoritarios”. Quiero creer que hay elementos para la esperanza. Un par de días atrás, el día 6 al caer la noche, Yayo Herrero (activista ecofeminista, miembro de Podemos Madrid), Susan George (veterana pensadora libertaria, miembro del Transnational Institute y ATTAC Francia) y Ada Colau estuvieron en Barcelona, en el Campus de la UPF hablando en un encuentro organizado por la Escuela del Común. Sus palabras, en diálogo entre las tres, fueron la primera bocanada de aire fresco que pude disfrutar en muchos días. Mujeres valientes, capaces, hablando de feminismos, de los límites del mercado y la Tierra, de diálogo, de egos masculinos rotos, de interdependencias, de cuidados. Me hicieron confiar por un momento en que otra manera de hacer las cosas es en realidad posible, siempre que sigamos trabajando y profundizando en surcos que ya existen, pero que tendemos a olvidar entre el ruido ensordecedor del día a día. Vivimos tiempos revueltos, pero yo me niego a olvidar qué es lo que de verdad me importa. Es la única manera de mirar hacia el futuro con cierta lucidez, y que no se derrumbe ese otro mundo por el que tantos y tantas llevan tantísimos años trabajando.

Radicales libres (1ª parte)

4 de octubre, noche.

Solo en casa, en calma, de noche, escribo sobre lo vivido en los últimos días. La anterior entrada del blog data de un par de días antes del 1-O. En ella, apuntaba a mi convicción de que, pese a no ser yo independentista ni fiarme para nada de los convergents, el (no)referéndum debía defenderse, porque en buena parte era una muestra del pueblo catalán en movimiento. Porque o se cree en el derecho a opinar, o no. Porque o se cree en la libertad, o no. Porque no se apoya la democracia a medias, para unos sí, y para otros, que piensan distinto, pues ya tal. También apuntaba a la posible represión violenta, y a que quizás nos encontráramos en una situación extraña, por la cual mi gente y yo, en general no alineados con todo el tema Procés, estaríamos defendiendo en las calles a quienes sí lo están. E iríamos a votar. Y efectivamente, todo eso pasó. Y llegó el 2 de octubre, porque como bien cantaban (y cantan) mis queridos Nueva Vulcano, “he oído que acostumbra a haber una mañana siguiente”.

Pero quedémonos un momento en el domingo. O la que podemos bautizar como la jornada electoral más rara, y en cierta manera más real que yo haya vivido nunca. Lo experimentado el día 1 es demasiado grande para explicarlo con cuatro pinceladas. Fue una locura y a la vez sensatez absoluta hecha carne. Fue performance festiva y sentido de comunidad del todo serio. Fue una experiencia polirrítmica que de alguna manera unió a muchísima gente diversa y que, en situaciones más normales, no se hubieran encontrado empujando juntos ni de casualidad. Un día complicado y complejo, en el cual parecía a la vez que estábamos llevando a cabo la más tremenda acción colectiva de guerrilla pensada por comandos anarquistas hiperprofesionales, y trabajando por el más ordenado cumplimiento de la ley. Una ley que no está (todavía) recogida en los libros, sino que nos estábamos dando los unos a los otros a cada paso, en cada cola delante de los colegios electorales, en cada mirada cómplice y cada canción (que las hubo a tutiplén).

Desde el primer momento de la mañana, cuando abrimos el ojo y vimos un día nublado desde la ventana, las apelaciones a la paz, la concordia, la resistencia pacífica, fueron constantes en todas las redes de las que echamos mano para enterarnos de cómo estaba la cosa. Mucha gente llevaba horas, días incluso, atrincherada en las escuelas, siempre el primer y último baluarte contra la barbarie. La coordinación por grupos de whatsapp, de Telegram, exquisita. Sabíamos que teníamos a la policía encima, y había miedo, sobre todo durante las primeras horas de la mañana. Pero delante de muchos colegios, al menos los del barrio de Sants que pudimos visitar de primera mano, en las multitudinarias colas formadas bajo la lluvia, el sentimiento compartido era de alegría contenida, de resistencia, de paciencia infinita. Se podía sentir una oleada de orgullo, el de haber recuperado la dignidad arrebatada. Y no sólo por el Estado español, yo creo. Era la dignidad que nos han robado estos 8 años de medidas neoliberales aplicadas contra nuestra capacidad para gestionar nuestras propias vidas. Era la respuesta a una crisis (y aquí entramos de nuevo en la enésima contradicción) que los propios miembros de este PDCat ahora tan indepe y tan del pueblo, no han parado de profundizar y extender desde que en 2010 fueran los primeros en aplicar recortes y austericidios. Era el pueblo diverso, atribulado, disfuncional y orgulloso, funcionando como una sola entidad fraterna.

Las redes estaban encendidas. Los vídeos de las actuaciones policiales salvajes empezaban a llegar. Las muestras de orgullo y alegría y resistencia también. Mirar las pantallas de los móviles era abrumador. Uno no sabía si salir por patas o montar una verbena. Era mejor dejar los cantos de sirena digitales y mirar alrededor. Porque ante la amenaza y sin decirnos nada, los allí reunidos decidimos, o mejor, ya lo habíamos decidido mucho antes, que ya que quizás nos iban a aplastar, la segunda opción seguro que iba a ser más divertida. Apelamos a aquello que cantaban los Antònia Font (primer grupo en català, por cierto, del que un servidor se hizo fan, allá por 2004) de que “sa vida es només patxanga total”. Y cuando la vida es verbena, libérrima, desobediente y bastarda, puede pasar de todo. Que mossos lloren y se abracen con anarquistas a los que hace pocos meses quizás estuvieran deteniendo. Que policías peguen a bomberos y bomberos monten cordones policiales para proteger al pueblo. Que las yayas sean las heroínas que siempre han sido en privado, y siempre debieron ser en público. Que se escondan urnas y papeletas por miedo a que te las roben, como si fueran un tesoro, usando las más imaginativas estrategias, y tractores bloqueen autopistas y se jueguen partidas de dominó ante los antidisturbios, y se hagan ginkanas para correr de colegio en colegio, y se monten barricadas con vallas de obra, y se hagan cordones humanos, y se vote con la cara inflada después de que un matón de negro te la rompa, y se bailen gigantes danzas tribales llevando en brazos una urna que bota y vota, mucho más viva que cualquier efigie de la Virgen del Rocío.

Al final, dado que podía votarse en cualquier colegio y los de Sants estaban saturados y con las redes caídas (un saraut muy grande a todos los hackers e informáticos amateurs que levantaron el cerco digital al que nos sometió la Guardia Civil desde buena mañana), yo voté en Sant Boi, en un centro de salud ante el cual la concurrencia no podía ser más diversa. Se hablaba mucho castellano, como corresponde a una ciudad xarnega y orgullosa, pero también se hacían talleres de castells, a los que, cada vez que algún principiante subía, todos aplaudíamos. De fondo, el “Segur que tomba”, cantado en versión rumbera por unos guitarristas que pasaban por allí. Había café y magdalenas para quien quisiera, y una cola perfectamente organizada en la que se leían el nerviosismo, la ilusión, la impresión de estar haciendo algo grande. El govern quedaba, como de costumbre en el Cinturó Roig, muy lejos de allí.

Después volvimos al barrio. En Can Batlló se había organizado algo parecido a un puesto de avituallamiento, con equipos de cocina perfectamente coordinados, que cocinaron riquísima comida al coste de la voluntad, y una especie de hospital de campaña que al final, por suerte, no tuvo que usarse. Por la razón que fuera, la Nacional fue clemente con la gente de nuestra zona, una de las más densas y con más colegios electorales de la ciudad. En otras partes de la ciudad y el territorio, por desgracia, la realidad fue otra. La violencia fue durísima, y quien la justifique no tiene nada que decirme. Casi novecientos heridos por cargas policiales, incluyendo a personas mayores, y cebándose en gente que sólo quería votar pacíficamente, no tienen ninguna excusa posible. No disculparé a quienes se hayan tragado el discurso oficial. En estos tiempos de redes sociales e información veraz a golpe de click, es más fácil que nunca elegir dónde se informa cada cual y por tanto, de qué lado está uno. Ya no estamos en tiempos del NO-DO (aunque al ver TVE1 lo parezca) y nadie tiene más excusa que su propia pereza moral.

Y aún así, a pesar de todo, la alegría, la imaginación, la chirigota, la solidaridad, fueron mayores. Y el deseo de cambio estalló como volcanes que llevaran toda una vida a punto de desbordarse. Y pasamos horas delante de Cotxeres de Sants, jugando a juegos de cartas valencianos, y charlando, evaluando las posibilidades, mirando alrededor, coreando, abrazando, dando palmas. Y después pasamos por el Institut Lluís Vives, donde una auténtica marea humana llevaba aguantando desde la madrugada y una pescatera arengaba a las masas, que aplaudían cada vez que ella comentaba sus pequeños o grandes logros (“¡Ya tengo pilas!”, gritaba, y todos animaban y aplaudían a su megáfono recién revivido). En ese momento ya se había hecho de noche, y por lo que fuera los operativos policiales habían desaparecido. Los rumores de que la Nacional se había dejado Sants para el final, por ser habitual refugio de anarcos, cooperativistas, y rojos en general, resultaron ser infundados.

Así que nos fuimos a cenar y a comentar la jugada y después a dormir, exhaustos física y mentalmente. Y todo parecía nuevo, inestable, excitante, aterrador y salvaje. Y todo eso lo vivimos juntos. La tribu respondió, como de costumbre, porque son esa gente con la que yo me iría a la montaña con un rifle si la situación lo requiese. Precisamente por eso, al irme a la cama no pensaba en Puigdemont ni en política de partidos, ni en un posible Estado catalán ni en que quizás por lo que acababamos de hacer nos cayera del pulpo constitucional. Pensaba en una nueva manera, nunca antes experimentada, de reclamar nuestra propia dignidad y vivir juntos. Aunque a lo lejos, justo antes de cerrar los ojos, empezaran a acumularse las dudas que nunca duermen, siempre traicioneras.