Author Archives: Natxo Medina

OT: curso de colisión

Admito sin vergüenza alguna que la novena edición de OT, ese karaoke sobredimensionado, el fenómeno de masas que ha cautivado la psique colectiva de España los últimos tres meses y pico, me ha tenido enganchado al canal 24 horas durante buena parte de su recta final. Para tratar de entender las razones de mi adicción, y descifrar la fascinación que me provocó ver a unos chavales comiendo tostadas de aguacate en una casa panóptica, escribí unas líneas en la revista digital Nativa. Os dejo el enlace aquí abajo. Gracias al amigo Jordi Oliveras por su confianza, y que ustedes lo disfruten.

OT: curso de colisión

Randianos paranoides

Como ya he explicado varias veces en este blog, hace un par de años que vengo creando vídeos para un proyecto que tengo en Youtube, llamado Mutaciones del Fantasma. Hablo de temas relacionados con ciudad, cine y política, y lo hago a mi aire, cómo, cuando y sobre lo que quiero, porque para algo es mi canal y en él soy libre. Es una plataforma muy pequeñita. Tengo muy pocos seguidores y recibo escasos comentarios. Salvo en uno de los vídeos. De los nueve capítulos que he publicado hasta la fecha, hay uno que regularmente sigue recibiendo comentarios, normalmente negativos: el capítulo 5, que publiqué hace casi dos años y podéis ver más arriba. En él hablo sobre la abominable Ayn Rand y ese panfleto suyo llamado “El Manantial”, un tocho que sería posteriormente adaptado a la pantalla por King Vidor, con guión de la propia autora de origen ruso.

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2017: flipadas y bajonas

Se acaba el año, y la verdad es que en muchos sentidos parecería que estamos un pasito más cerca del Apocalípsis que en 2016 y en otros se diría que, directamente, hemos retrocedido en el tiempo. Supongo que por eso las últimas entradas de este blog me han quedado más densas que un bocata de fabada. Pero el mundo es complejo y múltiple y por suerte todavía nos quedan ganas de crear, disfrutar, denunciar e imaginar. Y seguimos contando con el ARRRRRTE para escaparnos un poco y aprender de la vida.

Así pues, como lo que más mola de las cosas que te gustan al final es compartirlas, he pensado en hacer una lista de repaso del año que incluye, en ningún orden en particular, aquellas piezas de cine, música o literatura que más me han flipado durante 2017. Ojo, esta no es una lista de lo mejor del año, sino un recuento personal y en ocasiones anacrónico basado en lo que a mí me más ha hecho disfrutar durante los últimos doce meses, lo cual quiere decir que a lo mejor voy tarde (o muy tarde) con alguno de los ítems de la lista, pero qué más da.

Ah! También he incluido una lista de bajones, decepciones y espantajos del año porque una polémica sabrosona siempre es divertida (salvo cuando se lía en Twitter, esa parcela que Satanás se ha comprado en la Tierra). Con ellas empiezo, y a partir de ahí voy subiendo. ¡Vamos con el mambo!

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Lo urgente y lo importante

Estamos en campaña. Supongo que por eso me llega un mail de la alcaldesa a la bandeja de entrada. En él, explican decenas de medidas que ha tomado el gobierno de BComú en dos años de gobierno (recordemos, un gobierno en minoría la mayor parte del tiempo, pues aunque haya estado aliado con el PSC hasta ahora, eso no le ha salvado de las malas lenguas ni las puñaladas traperas ni de las sanguijuelas que pueblan el partido), muchas de ellas vinculadas con el programa que prometieron aplicar: ecologista, social, feminista, transversal. Gobernar para todos los barceloneses, dando voz y escuchando a los movimientos sociales. Tratando de armarse contra el tsunami neoliberal que amenaza nuestras vidas miremos al punto cardinal que miremos. Y la verdad, me impresiona. Y a la vez siento una enorme pena.

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El mal nuestro de cada día

1.

Hace ya más de un año, mi novia y yo compartíamos un piso muy bonito en el barrio de Sants, que habíamos ido decorando a nuestro gusto, adaptándolo a nuestra manera de vivir. Como si tuviéramos puñetera idea de cómo vivir. Por circunstancias diversas y el paso de los meses, el plan que parecía perfecto acabó por no serlo tanto, de una forma bastante poco sorprendente, por otro lado. El caos se apoderó del lugar, hasta el punto de que se nos rompió el amor de tanto usarlo y la convivencia, en un momento difícil para los dos, se deshilachó hasta el punto de que arrastró la relación al agujero.

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Radicales libres (2ª parte)

Tras la tempestad, la calma. Tras la fiesta, la resaca. Tras el 1-O, un abismo de dudas y sensaciones revueltas. Todos los que estuvimos allí sabíamos que era donde teníamos que estar. Que habíamos asistido a algo importante. Pero también, que como proyecto común todavía no tenía forma concreta, ni una única salida u objetivo. Que pese a nuestros actos como ciudadanos, como civiles organizados, íbamos a seguir sujetos a una realidad material, y a unos poderes políticos, que en muchos sentidos nos sobrepasan y superan. Por eso, cuando llegó el dos de octubre, lo hizo acompañado de mucha incertidumbre. De una sensación de “¿y ahora qué?”, y una normalidad aparente que era de todo menos normal. Teníamos que volver a nuestros trabajos, a nuestras vidas, sabiendo que ante nosotros se abría un horizonte turbulento. Que nuestra realidad cotidiana podía estar a punto de cambiar radicalmente, o que quizá, peor todavía, iba a seguir igual que siempre. Los sindicatos (aunque no los mayoritarios, claro), organizaciones civiles, colectivos de todo pelaje, empresas particulares, instituciones, llamaban a detener el país el día siguiente, y mientras tanto, en nuestros curros, nuestros muros de Facebook, en el bar en el que hago el café y el cruasán, no se hablaba de otra cosa. “¿Y ahora qué?”. Que si DUI, que si no, que si tanques, que si no, que si Europa que si no. Todo parecía a-punto-de, como si nos hubiéramos metido en la caja del gato de Schrödinger y hasta que alguien no llegara a abrirla, estuviéramos a la vez vivos y muertos.

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Radicales libres (1ª parte)

4 de octubre, noche.

Solo en casa, en calma, de noche, escribo sobre lo vivido en los últimos días. La anterior entrada del blog data de un par de días antes del 1-O. En ella, apuntaba a mi convicción de que, pese a no ser yo independentista ni fiarme para nada de los convergents, el (no)referéndum debía defenderse, porque en buena parte era una muestra del pueblo catalán en movimiento. Porque o se cree en el derecho a opinar, o no. Porque o se cree en la libertad, o no. Porque no se apoya la democracia a medias, para unos sí, y para otros, que piensan distinto, pues ya tal. También apuntaba a la posible represión violenta, y a que quizás nos encontráramos en una situación extraña, por la cual mi gente y yo, en general no alineados con todo el tema Procés, estaríamos defendiendo en las calles a quienes sí lo están. E iríamos a votar. Y efectivamente, todo eso pasó. Y llegó el 2 de octubre, porque como bien cantaban (y cantan) mis queridos Nueva Vulcano, “he oído que acostumbra a haber una mañana siguiente”.

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Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

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Con septiembre llega la fuegovisión

ilustración del genial Josan Gonzalez

Nunca he tenido del todo claro qué significa ser escritor. Supongo que la manera más fácil de definir la palabra es refiriéndose a una persona a la que le pagan por escribir. Una persona cuyas historias cautivan a una audiencia, que las sigue, y está dispuesta a dar dinero por ellas. Pero esta definición siempre me ha parecido un poco estrecha. ¿Un guionista de cine no es escritor? ¿Y de cómics? ¿Alguien que escribe por pura afición y acumula relatos en su cajón sin ver un duro por simple amor a las letras, no es escritor?¿Y qué pasa con los críticos de cine? ¿Y con los blogueros y blogueras, o los periodistas? ¿Qué pasa con esa joven que ha escrito y publicado un par de novelas pero en realidad come de cualquier otro trabajo? ¿Son o no escritores los poetas ocasionales, los tuiteros de ingenio afilado, los dramaturgos, los raperos?

Por un lado,  desde que recuerdo he pensado en El Escritor con la idea del autor en mente, con mis novelistas preferidos en la cabeza. Gente dedicada en cuerpo y alma a la literatura “seria”. A los libracos. Y a la vez siempre he creído que todos somos un poquito escritores, igual que somos más o menos lectores, en la medida en que el contar historias y que nos las cuenten, está muy conectado con lo que somos como animales sociales.

Cuento esto porque una de las pocas cosas con las que he sido moderadamente constante a lo largo de mi vida es con la tarea de escribir. Me recuerdo escribiendo desde bien pequeño. He trabajado como periodista y copywriter, y he publicado aquí y allá reflexiones, críticas, pequeñas piezas de ficción. He tenido ya unos cuantos blogs, incluido este mismo. Pero jamás diría que hoy por hoy soy escritor, porque sería falso. Ni tengo la audiencia ni llevo dentro esa pulsión incontrolable de la que hablan los autores quienes no pueden estar sin narrar sus historias ni un día entero. No necesito escribir todo el tiempo, ni es necesariamente mi única obsesión. Para obsesiones la música, las pelis de terror o la cata de cervezas. Sí que soy, sin embargo, un apasionado de las letras, un convencido radical del poder de la palabra. Y disfruto descubriendo mundos nuevos, y creando personajes, y situaciones, y tratando de poner sobre el papel ideas, historias, reflexiones. Disfruto tanto que muchas veces se me acumulan las páginas y no tengo muy claro qué hacer con ellas.

Durante este verano, revisando mis archivos, me percaté de que en mi ordenador había decenas de pequeños y grandes relatos que apenas habían visto nunca la luz. Muchos de ellos más o menos enmarcados dentro del género fantástico, o de ciencia-ficción. Me daba mucha rabia tener esos archivos pudriéndose en un disco duro, así que tuve la más obvia y barata de las ideas: copiar a mi yo del pasado. Es decir, montar un blog para ir dando salida por mi cuenta a todo ese material que se me había ido acumulando en los cajones virtuales.

De esta manera tan simple nace Fuegovisión. Un blog de relatos breves, antiguos algunos, más nuevos otros, que bordean estos géneros que tanto amo. Versiones alternativas de nuestra realidad cotidiana, tecnodelirios fruto de una actualidad retorcida. Divertimentos. Ejercicios de estilo. Amor infinito al cyberpunk y sus universos. Una pizca de sentido del humor macabro. Un buen puñado de chifladuras.

Todo eso es lo que os iréis encontrando en este blog que comparto con vosotros deseando que lo disfrutéis, y que trataré de ir actualizando con cierta regularidad. Siempre que el keroseno de las frases no se agote.