Radicales libres (2ª parte)

Tras la tempestad, la calma. Tras la fiesta, la resaca. Tras el 1-O, un abismo de dudas y sensaciones revueltas. Todos los que estuvimos allí sabíamos que era donde teníamos que estar. Que habíamos asistido a algo importante. Pero también, que como proyecto común todavía no tenía forma concreta, ni una única salida u objetivo. Que pese a nuestros actos como ciudadanos, como civiles organizados, íbamos a seguir sujetos a una realidad material, y a unos poderes políticos, que en muchos sentidos nos sobrepasan y superan. Por eso, cuando llegó el dos de octubre, lo hizo acompañado de mucha incertidumbre. De una sensación de “¿y ahora qué?”, y una normalidad aparente que era de todo menos normal. Teníamos que volver a nuestros trabajos, a nuestras vidas, sabiendo que ante nosotros se habría un horizonte turbulento. Que nuestra realidad cotidiana podía estar a punto de cambiar radicalmente, o que quizá, peor todavía, iban a seguir igual que siempre. Los sindicatos (aunque no los mayoritarios, claro), organizaciones civiles, colectivos de todo pelaje, empresas particulares, instituciones, llamaban a detener el país el día siguiente, y mientras tanto, en nuestros curros, nuestros muros de Facebook, en el bar en el que hago el café y el cruasán, no se hablaba de otra cosa. “¿Y ahora qué?”. Que si DUI, que si no, que si tanques, que si no, que si Europa que si no. Todo parecía a-punto-de, como si nos hubiéramos metido en la caja del gato de Schrödinger y hasta que alguien no llegara a abrirla, estuviéramos a la vez vivos y muertos.

Teníamos claro, eso sí, que al día siguiente nos volveríamos a ver las caras. De nuevo, teníamos que estar allí. Para muchos de nosotros no se trataba de una huelga/paro/movilización por la independencia. En absoluto. De hecho, no se convocó como tal, sino como respuesta a la represión policial, y por la defensa de las instituciones democráticas. Nos sentíamos heridos, atacados, aislados por los medios, solos ante una España que buscaba violentarnos (y lo hizo), y una Europa tan muda como de costumbre ante los abusos del poder estatal. El único antídoto efectivo ante esa soledad es siempre la vida en común. El cuidarnos, dedicarnos tiempo. Sentir que no es verdad que estemos solos, y que las calles siempre nos devolverán lo que les demos. Mientras tanto, llegarían los resultados del (no)Referéndum, con más de 2 millones de votos (2.286.217 personas, un 43% del censo), de los cuales un 90,2% se inclinaron hacia el sí, un 7,8% hacia el no, y un 2% (entre los que me incluyo) optaron por dejar la papeleta en blanco, mudos ante una situación que todavía creo que muchos no acabamos de entender del todo.

El 2 de octubre, de noche, me mudé. Un elemento narrativo más que añadir al cóctel del desconcierto y la volatilidad. Lo hice ilusionado, eso sí, porque después de un año y pico de inestabilidad hogareña finalmente iba a instalarme en un lugar y con una gente que me inspiran confianza. Me pareció muy adecuado para un momento como éste, en el que todo está abierto y cualquier cosa puede pasar. Y por eso las calles del 3 de octubre me parecieron doblemente nuevas. Lucía un sol espléndido. Cogí la bici y ya nada más llegar a Passeig Sant Joan, a un minuto de mi nueva casa, me topé con una auténtica riada de gente, que bajaba por el paseo para unirse con otras riadas que ya a esa hora, las 11 de la mañana, colapsaban Gran Vía. Muchísimas calles cortadas, poca presencia policial (por suerte, todo parece más bonito cuando no tienes encima el ojo severo de la ley), negocios cerrados… Una sensación de que la ciudad estaba realmente parada. Poco a poco me fui acercando a Plaça Universitat, donde la gente era tanta que desbordaba por todas las calles aledañas. La diversidad era grande. El mensaje en cualquier caso, era bastante transversal: paz, entendimiento, diálogo. Muchas banderas: esteladas, senyeras, pero también españolas, republicanas y rojinegras. Mucho llamamiento a la calma. Mensajes que empezaban a correr por los móviles, avisando de que podía haber secretas infiltrados que quisieran reventar las movilizaciones. Ese tipo de mensajes que nunca sabes cuánto de verdad tienen o son sólo bulos que corren como la pólvora entre una población que, pese a la muestra de unidad, no deja de estar sumida en un estado de inquietud constante. Y que además, en muchos casos, y volveré a eso un poco más abajo, no está muy acostumbrada a movilizaciones en las que pueda haber violencia policial.

Estuve un rato con las gentes de Sants que andaban por allí, y a la hora de comer me junté con mi querida amiga Alba, periodista, escritora y genia descarada de las periferias. Cómo no, seguimos pensando en voz alta. Ya acusábamos cierto cansancio, sobre todo espiritual, aunque también físico: días de ir de aquí para allá, de no dormir mucho, de darle muchas vueltas al tarro, de leer artículos, repasar el TL de Twitter como un poseso, de observar, sorprendido, cómo muchos amigos y conocidos sentían la necesidad de compartir en sus muros de Facebook reflexiones muy personales sobre los hechos. Por todas partes dudas, trifulcas familiares, observaciones costumbristas, argumentos políticos, llamadas al diálogo y la paz, a la revuelta y la dignidad, al Just DUI y al Don’t DUI, incomprensión ante las maquinarias ciegas del Estado, incomodidad ante un Govern estratega sobre cuyas decisiones parecemos no tener tampoco ninguna influencia. Bromas y sátiras que en muchos casos parecían provenir de una cierta desesperación irónica y en otros a que, bueno, si no nos tomamos esto con algo de ligereza sí que nos vamos al carajo definitivamente. Si queréis distinguir rápido a un facha o a un talibán del color que sea, observad su capacidad para el humor, especialmente para reírse de sí mismo y lo que defiende.

En medio de ese marasmo de opiniones y expresiones particulares de la desazón, sentí la necesidad de escribir unos whatsapps a mis primos, repartidos por toda la geografía española y extranjera. Me entristecía mucho pensar cómo podían estar recibiendo lo que pasaba en Catalunya, dado que a ellos, pese a que estemos alineados ideológicamente en muchas cuestiones, sólo les llegaba una parte de la información, y no precisamente la más veraz. Pensar que realmente la fractura social de la que tanto alertan ciertos medios fuera a hacerse realidad. Conforme las posturas a uno y otro lado se tensan y polarizan, y los interesados no paran de echar leña al fuego, el miedo de que tu gente cercana te vea como algo que no eres, o te meta en sacos que nada tienen que ver contigo, de pronto se hace real. Y es muy difícil batallar contra los monstruos de la opinión pública y salir ileso. Pero al menos a pequeña escala merece la pena tratar siempre de explicarse, sobre todo con aquellos a los que quieres. Y yo a mis primos, aunque desde la distancia, los quiero mucho, que para algo me han hecho de los hermanos que no tengo. Por suerte en mi familia somos por lo general republicanos y progresistas, y aunque hay muchos matices de la cuestión territorial que cada cual entiende a su manera, sigue siendo fácil hablar y discutir. Gracias por eso.

Un par de horas después, había convocatoria de concentración en Jardinets de Gràcia, la confluencia entre Passeig de Gràcia y Diagonal. Uno de los puntos de Barcelona donde más tiendas, bancos hoteles y restaurantes de lujo se acumulan. Aquella tarde sin embargo, partiría de allí una comitiva bien distinta, formada por una amalgama diversa de individuos y grupos sociales. El sitio estaba a reventar, y al igual que por la mañana, allí había de todo, si bien la mezcla contaba con una pizca más de ingredientes de la izquierda rebelde. Anarcosindicalistas, cuperos, grupos feministas, anticapis, mezclados sin pudor con familias procesistas, señoras mayores de pelos cardados, veinteañeros bien vestidos con esteladas a la espalda modo capa. Yo me uní de nuevo a la chavalada cooperativista del barrio, y junto a ella empezamos a bajar por Passeig de Gràcia mientras comentábamos la jugada. A paso lento, tranquilo. Se nos unieron más amigos, algunos de los cuales es difícil ver en cualquier otra manifestación que no esté sancionada por los poderes fácticos. Hacía mucho que no veíamos a ningún policía, que no se veía a la prensa por ningún lado. En un momento dado, le comenté a mi amigo y broder Eliseu que aquello, aunque éramos muchísimos, tantos que abarrotábamos una de las arterias clave de la ciudad y se caminaba a paso lento, estaba un poco aburrido. Daba la sensación de que las historias ya se habían contado, que nadie nos estaba haciendo caso. Me empezaba a recorrer el cuerpo la extraña sensación de que nada de lo que estábamos haciendo serviría para reivindicar o afianzar ninguna de las cosas que verdaderamente nos importaban. Que no son la IN-INDE-Inpendencia, ni el diálogo con un PP corrupto y desnortado, en pleno ataque de furia patriótica. Que no es la construcción de un nuevo Estado opresor en las ruinas del antiguo. Llegó un punto en que me pregunté incluso, qué demonios estaba haciendo yo allí. Y con esa sensación, que todavía hoy me persigue, abandonamos tranquilamente la manifestación. Por un lateral, sin hacer ruido. Al ir a por mi bici y bajar por Balmes, nos cruzamos con muchos chicos y chicas jóvenes, que subían hacia el Upper Diagonal (las zonas de pasta de la ciudad), muchos de ellos de nuevo en plan Capitán Estelada, con pintura en las caras. Pieles suaves, pelos bien cepillados y ropa de marca. La incomodidad en mi interior crecía y crecía. Se escuchaban todavía cánticos, y voces que coreaban “Els carrers serán sempre nostres”. Yo me preguntaba, como hizo aquí tan bien Brigitte Vasallo: “¿qué calles?¿quienes sois vosotros?¿a quién incluye ese nuestros?”

Eliseu siempre dice que manifestarse sólo tiene sentido cuando no te dejan hacerlo. Que ese es el único momento en el que de verdad los manifestantes están empujando los límites de lo establecido, de lo que se puede hacer y no. Por eso él no es muy fan de manifestarse porque sí. Por eso a lo largo de los años hemos coincidido sólo de vez en cuando en este tipo de asuntos. Estuvo en las concentraciones del 15M, en las manifestaciones de apoyo ante el desmantelamiento de Can Vies, en el 1-O. Momentos en los que teníamos a los medios y la policía en nuestra contra, como siempre los ha tenido el movimiento Okupa, los antiglobalización que lucharon infructuosamente contra el Fórum de las Culturas, los detenidos en las huelgas generales, los acusados que rodearon el Parlament en 2011, los independentistas que se manifestaron contra los Juegos Olímpicos del 92, y a los que este Govern tan indepe no se ha dignado ni hacer una mención en este año de 25 aniversario de las Olimpiadas. Tampoco lo hizo un Ajuntament que aún así, y por fortuna, todavía aspira a tender puentes y crear herramientas para que no nos matemos los unos a los otros por algo tan ridículo como una bandera que no sea la pirata. Y no sigo citando causas porque podríamos estar aquí hasta que a España la compre Amazon. Resumiré señalando que mucha gente de los movimientos sociales, de la contracultura, del anarquismo, del mundo queer y feminista, de los sindicatos, de los grupos cooperativos, de todo ese magma reivindicativo y constructor de alternativas reales, las ha pasado canutas siempre. Que por cantar eso mismo de “las calles serán siempre nuestras” han sido apaleados, violentados, invisibilizados, torturados, encarcelados. Se han dicho mentiras a cascoporro sobre ellos sin que nadie en las altas instancias del poder pagase el pato. Se han reventado ojos y apaleado a personas inocentes. Hace poco, se cumplían cuatro años de la muerte de Juan Andrés Benítez, empresario del Raval, a manos de los Mossos, una muerte por la que nadie ha pagado todavía.

Yo no puedo evitar pensar que, pese a que muchos de estos activistas estuvieran en el 1-O, estuvieran el día 3 en las calles, esta lucha no les representa. Porque ellos estaban allí en defensa de los valores que siempre han defendido: la libertad, la lucha contra la opresión, la igualdad, el republicanismo, la solidaridad obrera, la defensa del tejido vecinal vivo y valiente. Pero la única razón por la que no salieron de estas últimas concentraciones apaleados es porque al Govern le ha interesado permitir esa imagen de unidad, de paz y concordia. Porque los Mossos tenían órdenes de ponerse de perfil ante todo el asunto. Que cuando se calmen las aguas y todo esto llegue a algún resultado concluyente, los medios volverán a relegarles al olvido, a invisibilizarles como han hecho siempre, a tacharles de guarros, incívicos, radicales. Porque claro que son radicales. Como ya dije en el post anterior, no se puede ser demócrata a medias, libertario a medias, feminista a medias. O asumimos la transformación radical (de raíz) de la sociedad, o nos contentamos con las migajas que el poder pueda darnos. Por eso yo estoy con ellos, y con todas las personas que, haciendo un trabajo de hormiguita, invisible e ingrato, están construyendo a lo largo y ancho del territorio, del Estado español, del mundo entero, alternativas para vivir de otra manera. Mucho antes que con todos aquellos que aplauden a los Mossos, o que se sorprenden ante la violencia del Estado, cuando la base de todo Estado, y esto lo decía ya Max Weber muchísimas décadas atrás, es precisamente ejercer el “monopolio de la violencia legítima”. O ilegítima, ya que nos ponemos.

Termino de escribir estas líneas el 8 de octubre, mientras en mi ciudad se produce una manifestación de miles de personas que han venido aquí, supuestamente, a apoyar a los catalanes que se sienten españoles y están solos. No sé exactamente quien será esa gente, ni cómo de solos pueden sentirse, dado que es obvio que tienen detrás todo el apoyo del gobierno y de los medios generalistas. Me parece de un cinismo asqueroso hablar de “catalanes de bien” y de sus supuestas cuitas, cuando todavía no se ha reconocido (ni se hará) que casi 900 personas fueron agredidas por las fuerzas del Estado durante las cargas del 1-O. Unas cargas que, según el gobierno, no existieron, y si lo hicieron, no dieron lugar a heridos de consideración. Cuando en Catalunya estamos viviendo un blackout mediático brutal que nos deja a merced de una mayoría española muy soliviantada a la que se le ha alimentado con mentiras desde hace semanas, meses, años. Un blackout y unas mentiras que vuelven a recordarme demasiado a las que vivimos en otros momentos de la historia política reciente, que ya he mencionado. Y me siento descorazonado en parte, pero por suerte no me siento solo. Porque sé que tengo de mi lado a muchos de esos “radicales”, que por encima de todo son personas libres, que quieren vivir sus vidas al margen de una realidad que no para de estrechar los límites de lo posible.

Sigo sin tener nada claro qué pasará en los días por venir, pero dudo mucho sobre si volveré a manifestarme por nada que tenga que ver en lo más mínimo con el Procés. Si en algo me he reafirmado estos días es en el rechazo a cualquier idea de Estado que no ponga la protección y el cuidado de sus ciudadanos en primer lugar. Y por lo visto los Estados, a esta hora, en este año y en este lugar del globo, se siguen peleando para ver quién nos puede maltratar con más razones y sin que el pueblo atemorizado se rebote, porque le están defendiendo de “elementos desestabilizadores minoritarios”. Quiero creer que hay elementos para la esperanza. Un par de días atrás, el día 6 al caer la noche, Yayo Herrero (activista ecofeminista, miembro de Podemos Madrid), Susan George (veterana pensadora libertaria, miembro del Transnational Institute y ATTAC Francia) y Ada Colau estuvieron en Barcelona, en el Campus de la UPF hablando en un encuentro organizado por la Escuela del Común. Sus palabras, en diálogo entre las tres, fueron la primera bocanada de aire fresco que pude disfrutar en muchos días. Mujeres valientes, capaces, hablando de feminismos, de los límites del mercado y la Tierra, de diálogo, de egos masculinos rotos, de interdependencias, de cuidados. Me hicieron confiar por un momento en que otra manera de hacer las cosas es en realidad posible, siempre que sigamos trabajando y profundizando en surcos que ya existen, pero que tendemos a olvidar entre el ruido ensordecedor del día a día. Vivimos tiempos revueltos, pero yo me niego a olvidar qué es lo que de verdad me importa. Es la única manera de mirar hacia el futuro con cierta lucidez, y que no se derrumbe ese otro mundo por el que tantos y tantas llevan tantísimos años trabajando.

Radicales libres (1ª parte)

4 de octubre, noche.

Solo en casa, en calma, de noche, escribo sobre lo vivido en los últimos días. La anterior entrada del blog data de un par de días antes del 1-O. En ella, apuntaba a mi convicción de que, pese a no ser yo independentista ni fiarme para nada de los convergents, el (no)referéndum debía defenderse, porque en buena parte era una muestra del pueblo catalán en movimiento. Porque o se cree en el derecho a opinar, o no. Porque o se cree en la libertad, o no. Porque no se apoya la democracia a medias, para unos sí, y para otros, que piensan distinto, pues ya tal. También apuntaba a la posible represión violenta, y a que quizás nos encontráramos en una situación extraña, por la cual mi gente y yo, en general no alineados con todo el tema Procés, estaríamos defendiendo en las calles a quienes sí lo están. E iríamos a votar. Y efectivamente, todo eso pasó. Y llegó el 2 de octubre, porque como bien cantaban (y cantan) mis queridos Nueva Vulcano, “he oído que acostumbra a haber una mañana siguiente”.

Pero quedémonos un momento en el domingo. O la que podemos bautizar como la jornada electoral más rara, y en cierta manera más real que yo haya vivido nunca. Lo experimentado el día 1 es demasiado grande para explicarlo con cuatro pinceladas. Fue una locura y a la vez sensatez absoluta hecha carne. Fue performance festiva y sentido de comunidad del todo serio. Fue una experiencia polirrítmica que de alguna manera unió a muchísima gente diversa y que, en situaciones más normales, no se hubieran encontrado empujando juntos ni de casualidad. Un día complicado y complejo, en el cual parecía a la vez que estábamos llevando a cabo la más tremenda acción colectiva de guerrilla pensada por comandos anarquistas hiperprofesionales, y trabajando por el más ordenado cumplimiento de la ley. Una ley que no está (todavía) recogida en los libros, sino que nos estábamos dando los unos a los otros a cada paso, en cada cola delante de los colegios electorales, en cada mirada cómplice y cada canción (que las hubo a tutiplén).

Desde el primer momento de la mañana, cuando abrimos el ojo y vimos un día nublado desde la ventana, las apelaciones a la paz, la concordia, la resistencia pacífica, fueron constantes en todas las redes de las que echamos mano para enterarnos de cómo estaba la cosa. Mucha gente llevaba horas, días incluso, atrincherada en las escuelas, siempre el primer y último baluarte contra la barbarie. La coordinación por grupos de whatsapp, de Telegram, exquisita. Sabíamos que teníamos a la policía encima, y había miedo, sobre todo durante las primeras horas de la mañana. Pero delante de muchos colegios, al menos los del barrio de Sants que pudimos visitar de primera mano, en las multitudinarias colas formadas bajo la lluvia, el sentimiento compartido era de alegría contenida, de resistencia, de paciencia infinita. Se podía sentir una oleada de orgullo, el de haber recuperado la dignidad arrebatada. Y no sólo por el Estado español, yo creo. Era la dignidad que nos han robado estos 8 años de medidas neoliberales aplicadas contra nuestra capacidad para gestionar nuestras propias vidas. Era la respuesta a una crisis (y aquí entramos de nuevo en la enésima contradicción) que los propios miembros de este PDCat ahora tan indepe y tan del pueblo, no han parado de profundizar y extender desde que en 2010 fueran los primeros en aplicar recortes y austericidios. Era el pueblo diverso, atribulado, disfuncional y orgulloso, funcionando como una sola entidad fraterna.

Las redes estaban encendidas. Los vídeos de las actuaciones policiales salvajes empezaban a llegar. Las muestras de orgullo y alegría y resistencia también. Mirar las pantallas de los móviles era abrumador. Uno no sabía si salir por patas o montar una verbena. Era mejor dejar los cantos de sirena digitales y mirar alrededor. Porque ante la amenaza y sin decirnos nada, los allí reunidos decidimos, o mejor, ya lo habíamos decidido mucho antes, que ya que quizás nos iban a aplastar, la segunda opción seguro que iba a ser más divertida. Apelamos a aquello que cantaban los Antònia Font (primer grupo en català, por cierto, del que un servidor se hizo fan, allá por 2004) de que “sa vida es només patxanga total”. Y cuando la vida es verbena, libérrima, desobediente y bastarda, puede pasar de todo. Que mossos lloren y se abracen con anarquistas a los que hace pocos meses quizás estuvieran deteniendo. Que policías peguen a bomberos y bomberos monten cordones policiales para proteger al pueblo. Que las yayas sean las heroínas que siempre han sido en privado, y siempre debieron ser en público. Que se escondan urnas y papeletas por miedo a que te las roben, como si fueran un tesoro, usando las más imaginativas estrategias, y tractores bloqueen autopistas y se jueguen partidas de dominó ante los antidisturbios, y se hagan ginkanas para correr de colegio en colegio, y se monten barricadas con vallas de obra, y se hagan cordones humanos, y se vote con la cara inflada después de que un matón de negro te la rompa, y se bailen gigantes danzas tribales llevando en brazos una urna que bota y vota, mucho más viva que cualquier efigie de la Virgen del Rocío.

Al final, dado que podía votarse en cualquier colegio y los de Sants estaban saturados y con las redes caídas (un saraut muy grande a todos los hackers e informáticos amateurs que levantaron el cerco digital al que nos sometió la Guardia Civil desde buena mañana), yo voté en Sant Boi, en un centro de salud ante el cual la concurrencia no podía ser más diversa. Se hablaba mucho castellano, como corresponde a una ciudad xarnega y orgullosa, pero también se hacían talleres de castells, a los que, cada vez que algún principiante subía, todos aplaudíamos. De fondo, el “Segur que tomba”, cantado en versión rumbera por unos guitarristas que pasaban por allí. Había café y magdalenas para quien quisiera, y una cola perfectamente organizada en la que se leían el nerviosismo, la ilusión, la impresión de estar haciendo algo grande. El govern quedaba, como de costumbre en el Cinturó Roig, muy lejos de allí.

Después volvimos al barrio. En Can Batlló se había organizado algo parecido a un puesto de avituallamiento, con equipos de cocina perfectamente coordinados, que cocinaron riquísima comida al coste de la voluntad, y una especie de hospital de campaña que al final, por suerte, no tuvo que usarse. Por la razón que fuera, la Nacional fue clemente con la gente de nuestra zona, una de las más densas y con más colegios electorales de la ciudad. En otras partes de la ciudad y el territorio, por desgracia, la realidad fue otra. La violencia fue durísima, y quien la justifique no tiene nada que decirme. Casi novecientos heridos por cargas policiales, incluyendo a personas mayores, y cebándose en gente que sólo quería votar pacíficamente, no tienen ninguna excusa posible. No disculparé a quienes se hayan tragado el discurso oficial. En estos tiempos de redes sociales e información veraz a golpe de click, es más fácil que nunca elegir dónde se informa cada cual y por tanto, de qué lado está uno. Ya no estamos en tiempos del NO-DO (aunque al ver TVE1 lo parezca) y nadie tiene más excusa que su propia pereza moral.

Y aún así, a pesar de todo, la alegría, la imaginación, la chirigota, la solidaridad, fueron mayores. Y el deseo de cambio estalló como volcanes que llevaran toda una vida a punto de desbordarse. Y pasamos horas delante de Cotxeres de Sants, jugando a juegos de cartas valencianos, y charlando, evaluando las posibilidades, mirando alrededor, coreando, abrazando, dando palmas. Y después pasamos por el Institut Lluís Vives, donde una auténtica marea humana llevaba aguantando desde la madrugada y una pescatera arengaba a las masas, que aplaudían cada vez que ella comentaba sus pequeños o grandes logros (“¡Ya tengo pilas!”, gritaba, y todos animaban y aplaudían a su megáfono recién revivido). En ese momento ya se había hecho de noche, y por lo que fuera los operativos policiales habían desaparecido. Los rumores de que la Nacional se había dejado Sants para el final, por ser habitual refugio de anarcos, cooperativistas, y rojos en general, resultaron ser infundados.

Así que nos fuimos a cenar y a comentar la jugada y después a dormir, exhaustos física y mentalmente. Y todo parecía nuevo, inestable, excitante, aterrador y salvaje. Y todo eso lo vivimos juntos. La tribu respondió, como de costumbre, porque son esa gente con la que yo me iría a la montaña con un rifle si la situación lo requiese. Precisamente por eso, al irme a la cama no pensaba en Puigdemont ni en política de partidos, ni en un posible Estado catalán ni en que quizás por lo que acababamos de hacer nos cayera del pulpo constitucional. Pensaba en una nueva manera, nunca antes experimentada, de reclamar nuestra propia dignidad y vivir juntos. Aunque a lo lejos, justo antes de cerrar los ojos, empezaran a acumularse las dudas que nunca duermen, siempre traicioneras.

Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

Ni de aquí ni de allí (como todo el mundo)

Soy de Zaragoza, pero llevo catorce años en Barcelona. Parece mentira que en un país de migrantes, buscavidas y turboturismo, todavía haya quien necesite que le menten el origen como argumento en una reflexión sobre política territorial. Creo que el hecho de que nos mezclemos y toleremos es y ha sido en general la norma, en toda España y el mundo, y cada vez lo será más y no puede ser algo de lo que sorprenderse a estas alturas. Pero vaya, que sí, que aquí hay un buen mix. Que soy maño de nacimiento y allí me crié, en una familia en parte aragonesa, en parte vasca. Con un padre de Puertollano, Ciudad Real. Que ahora convivo con una mujer charnega de pro, catalana de nacimiento pero con padres murcianos y conquenses. Que me relaciono día a día con personas de todas partes de Catalunya, pero también del Estado Español. Que en todo el tiempo que llevo aquí he tenido novias valencianas, de la periferia de Barcelona, de la Girona más gironina. Que algunos de mis mejores amigos son de la Catalunya más profunda. Y he vivido de todo con esta gente, a la que llevo muy dentro. Y que aún así, en mis catorce años en la capi del Nord, habiendo estudiado en la universidad más pro-Generalitat de Catalunya, con un 90% por ciento de clases en catalán, no he sufrido ni he sido testigo de ningún, y repito NINGÚN, tipo de violencia ni discriminación por cuestiones de procedencia, lenguaje o afinidades políticas. He discutido de forma más o menos acalorada dependiendo de la época, sobre cuestiones de independencia o lengua, pero incluso en los momentos más álgidos del Procés, y codeándome con los más indepes de los indepes, nunca me he visto coartado a no hablar, a callarme. Nunca he vivido falta de respeto alguna (como mucho alguna broma surgida del contexto) y mucho menos he vivido con miedo a mi relativa “españolidad”. Es más, pese a que entiendo, hablo y escribo bastant bé el català, sigo expresándome tozudamente en castellano sin que para nadie eso haya supuesto nunca un problema, manteniendo diariamente conversaciones en uno, dos o tres idiomas, muchas veces mezclados, y tan feliz. La “hispanofobia” en Catalunya es UNA BURDA MENTIRA. Como por otro lado, ya que estamos, lo es también la “Turismofobia”. Palabros de raíz higienista que se inventan los medios para manipular la opinión pública y reprimir la disidencia y bloquear cualquier tipo de cambio social. Ni más ni menos.

Barcelona es mi ciudad, en la que he crecido como persona, en la que he vivido algunas de las experiencias más definitorias de mi vida. Un lugar que siempre, hasta el día en que me muera, llevaré en el corazón. Y eso ha ocurrido sin que en ningún momento se hayan interpuesto cuestiones de nación, lengua o procedencia. He desarrollado, eso sí, una ideología propia bastante definida, debido no solo al lugar en el que vivo, sino sobre todo a las personas o causas que me han interpelado, que en general han tenido más que ver con cuestiones de equidad social que con ninguna otra cosa. Toda esta diversidad me ha ayudado y hecho crecer, mucho antes que reducirme. Y qué pasa entonces: que esa multiplicidad que yo llevo dentro, como un fuego vivo y hermoso, que atesoro como algo a proteger, de pronto parece que tiene que ser puesta en cuestión. Porque ahora se lía entre Madrid y Barcelona (o entre sus gobiernos, sobre todo), y los medios entran en el jaleo, y entonces de pronto te lanzan a la cara una nueva palabra de moda…

La equidistancia

Se usa mucho esta palabra estos últimos días, y todavía no tengo claro porqué. Algo en mí me dice que tal cosa o bien no existe, o bien se usa muy mal. Quizás por cuestiones de estrategia política. Quizás por darle carnaza a los medios. Equidistancia, ante un asunto tan complejo como la independencia de Catalunya, o ante cualquier otra movida política, podría ser una palabra que tuviera connotaciones positivas. Prudencia, sensatez, diálogo. La única manera de mediar entre dos partes enfrentadas. Pero resulta  que la palabreja, como tanto pasa en estos tiempos de rapidez enloquecida, no ha tardado en convertirse en uno de esos vocablos que de pronto de tanto usarlos van y se rompen. No hay cosa que me joda más. “Equidistante” ha pasado a ser sinónimo de cobarde, y se usa de forma gratuita por cualquiera de las partes. Igual que “demócrata” ha pasado a ser sinónimo de vete a saber qué, porque depende ya de quién use la palabra y no de su verdadero significado. Y desde luego ahora la usan grupos políticos y sociales muy poco demócratas. Aún así las palabras suelen ser precisas, especialmente en un idioma tan rico como el castellano (o el català, que al final es idioma hermano, raíz indoeuropea). Un fascista es un fascista, un exaltado es un exaltado, un revolucionario es quien de verdad se entrega a la causa de la revolución, y no cualquier pavo que le hace el juego a Movistar. No podemos usar las palabras como nos dé la gana porque al final habrá quien nos las acabe robando y terminarán por no significar nada.

Pero vaya, a lo que vamos: en la cuestión de la independencia de Catalunya quizás yo mismo, como muchos otros habitantes a este y otro lado de la frontera catalana, podríamos ser tildados de equidistantes. Me cuesta mucho pensar en mí mismo como independentista. Para nada, por otra parte, soy pro-español, pro-nacionalismo banderil. No lo he sido nunca, ni cuando vivía en Zaragoza, ni en todo el tiempo que llevo viviendo aquí. No sólo porque las banderas y las identidades nacionales me retrotraigan a momentos de la Historia que preferiría que ya estuvieran olvidados, sino porque mis inclinaciones políticas no pasan por el Estado, no pasan por los símbolos de uno u otro bando, utilizados para imponer una fuerza que me parece que casa muy poco con la vida cotidiana de los cientos de miles de personas que me rodean y que sólo aspiran a pasar en paz sus días, en libertad y rodeados de su gente. Mi corazón es anarquista, humanista y libertario, y esas son las verdaderas guías que yo sigo a nivel personal para afrontar cualquier conflicto, o construir cualquier alternativa de progreso. Y como opositor a ambos bandos del conflicto, y como persona que no entiende la fascinación por saberse al amparo de una forma estatal propia, con todo lo que eso conlleva, podría entonces decir: soy equidistante. Porque sí. Porque mira, fachas españoles y fachas catalanes (que los hay, y muy fuerte) que os vayan dando. Pero no.

Es una ocupación

Porque han pasado los días, y conforme se acercaba la fecha fatídica, y el referéndum pasaba de ser una abstracción a tomar cuerpo, he vivido de cerca muchas cosas que nunca me hubiera imaginado vivir, y preferiría que no hubieran ocurrido. Como vecino que vive en la Barcelona de 2017, esa que en muchos sentidos sigue siendo la Barcelona de 1898, la de 1934 y 1936, la Barcelona popular e insurgente, la Rosa de Foc que tanto nos gusta sacar a pasear, he visto el enfado, la angustia, la rabia, la duda, la incomprensión, la impotencia, la fuerza, el valor, la alegría de quienes me rodean. Y antes eso ya no puedo ser equidistante. Porque día tras día he ido viendo en tiempo real, a mi alrededor, cómo toda una serie de pilares de la frágil vida en común del país se desmoronaban. Porque vale, tenemos asumidísimo lo de sentirnos impotentes ante gobiernos que nos roban a manos llenas cada día. Que pactan entre ellos para seguir manteniendo un juego de élites al que parece imposible contestar. PERO, y esta es la clave, al menos desde que vivimos en democracia, siempre habíamos tenido (con matices) la oportunidad de chillar, de responder. De decir, “ok, estoy jodido, pero no estoy solo, y voy a salir a la calle de mi Barcelona querida a cantaros las cuarenta”. Y eso de pronto quieren acabarlo. Sin juicio ni jurado, pero mucha policía. Militarizando nuestra casa. La ciudad y las calles por las que luchamos, porque uno tampoco es que se pueda poner muy abstracto, lucha por lo que tiene delante, si es que lucha. Lo hace por sus amigos, y su novia y sus padres y los hijos que vendrán, o no. Somos así de básicos, fíjese usted.

Así que ahora de pronto tenemos 6000 personas uniformadas a las puertas. Tenemos a la Audiencia Nacional decidida a aplastarnos. Seamos catalanes, charnegos, o estemos de paso. Hablemos la lengua que hablemos, siempre que sintamos que el Procés nos interpela de la manera que sea. Siempre que sintamos que es nuestro deber defender nuestro derecho al diálogo. En el momento en que, ante un proceso que ha sido (aunque muchas veces chapucero en lo formal, y muchas veces cutre en su intención de tapar las vergüenzas al Govern de turno) pacífico y modélico en cuanto a organización social, nos sueltan a los perros violentos del Gobierno (recuerden el “A por ellos”), y nos tiran encima toda la armada mediática del Estado español, para decirnos cómo tenemos que sentirnos, lo engañados que estamos, que ser libre para decidir, lo que sea que decida cada cual, es primo hermano del terrorismo. Mientras nosotros, los habitantes de las tierras catalanas no habíamos comprado todavía Ak-47’s para derrocar ningún gobierno, en las calles no existe ninguna violencia, todo transcurre con total normalidad.  Por eso a todas esas fuerzas lanzadas contra nosotros no podemos entenderlas de otra manera que como fuerzas de ocupación. Porque ayer no estaban y hoy sí e intuimos que no vienen con buenas intenciones y por supuesto nos sentimos atacados de forma injusta, desproporcionada y absurda en nuestro discurrir diario. Asumimos la posición del condenado que no acaba de entender sus cargos. Somos Josef K. rebelándonos contra una autoridad que no comprende, o que sabe ilegítima. Somos una comunidad que lleva años intentando llevar adelante un proceso ya per se complejo e imperfecto, lleno de triquiñuelas políticas y mediáticas, pero de esencia democrática al fin y al cabo  (de diálogo, de discusión, de “nos tiramos mierda a la cara día sí y día también pero al menos nos miramos a los ojos”) y ahora de pronto se encuentra con que sus ideas, de nuevo, se ven contestadas sólo por la fuerza de las armas.

La equidistancia la rompieron los gendarmes, y desde ese preciso momento quedaron sólo las respuestas más básicas e intuitivas. Todo cambia de signo cuando a tu vecino, el de al lado, y a su familia, que mira por donde es indepe, le están pisoteando. Y están diciendo mentiras sobre él, o ellos, sin parar. En todas las televisiones y en las portadas de todos los Grandes Panfletos.  Y ahora resulta que van a venir a partirle la cara. Quizás. Y tendrán razones para hacerlo porque “fíjate qué malo has sido, Josep Lluís”. O sea, que el pisoteo es figurado, pero también quizás, esperemos que no, también literal. La equidistancia se rompe entonces, porque en en el momento en que hay violencia, venida de un Estado que ya se ha quitado la careta, y más en un momento social de crisis sostenida como el que vivimos desde hace muchos años, ya sólo queda la opción de salir a la calle y decir: “pasaréis por encima de mí, tal vez, pero me tendréis delante”. Es triste, pero nos están obligando a enarbolar de nuevo el “Venceréis pero no convenceréis” que pensábamos que nunca volveríamos a usar.

Y en eso estamos. Con la diferencia de que esta vez yo creo que vamos a intentar vencer.

El 1-O es para todos

Hace un par de semanas, o menos, antes del 20-S, antes de los registros ilegales en imprentas, en redacciones de periódicos, en escuelas y en muchas otras sedes del poder civil, yo no veía nada claro el tema de votar. No estuve muy al caso de la ley del referendum que se votó de forma vodevilesca en el Parlament el 6 de septiembre. Si soy sincero, en todos estos años de Procés, nunca pensé que hoy fuéramos a estar a punto de realizar ese referéndum. Aún hoy tengo muchísimas dudas de qué pasará realmente si la consulta llega a hacerse, si sale el sí, si el Govern decide realmente que tiene legitimidad para que Catalunya se convierta en una república ajena al territorio español. Sé que hay muchísimas fuerzas e intereses en juego, y que el 1-O es en buena medida una performance que, si no hay sorpresas, a lo único que llevará es a una sacudida del tablero de juego. A un recolocar de piezas que llevan mucho tiempo en juego. Que tampoco es moco de pavo, vaya. Y aunque la idea de vivir en una república me seduce tremendamente, no tengo tan claro querer ser gobernado por un PDCat discípulo de CiU y sus convicciones neoliberales. Para nada pienso que una independencia del tipo que sea vaya, por si sola, a hacer que yo, como ciudadano que vive y trabaja y quiere y desea en Catalunya, viva mejor. No tenemos que olvidar que CiU, desde su posición de poder en la Gene, fue el primer partido en aplicar recortes sociales en Catalunya mucho antes de que la movida indi llegara al mainstream. Pero aún así, a estas alturas del partido y ante la cerrazón vil y antediluviana de un PP desbocado en su faceta más garrula y tenebrosa, quiero reivindicar mi derecho a dar mi opinión. En un referendum o donde sea. Explicar precisamente esa desconfianza, a través de mi voto en blanco o de un voto que diga no, el cual depositaré sin miedo alguno, porque Catalunya, desde hace mucho tiempo, es mi casa. Y en casa nos decimos las cosas a la cara. Lo hacemos desde el amor y la ternura y a veces desde el “joder es que no hay quien te aguante”, y desde la difícil posición de quien a la vez quiere y odia, porque de eso van las familias, de eso van las comunidades de vecinos. De eso va la verdadera democracia directa, la soberanía a la que tantos apelamos, y que va muchísimo más allá de una bandera.

Por todo eso este 1-O, estaré en mi colegio electoral, si no lo han precintado los piolines. Por eso, en un par de días, quizás me encuentre defendiendo el derecho a votar de mis vecinos, encerrados festejando en un pequeño rincón de la ciudad que quiero. Porque aunque mi mente no está cien por cien con toda esta movida, mi cuerpo está aquí, y mi cuerpo ama y sufre y desea y necesita dar y recibir calor. Porque si un pueblo desea autodeterminarse, usando las herramientas que tenga a mano, sean más o menos torpes, poco puedo hacer más que apoyarlo, por convicción libertaria. Pensadlo: ¿Qué potestad tenemos nosotros o cualquiera para pronunciarnos sobre algo que una comunidad ha decidido, de manera pacífica y transversal, interpelando a tantísimas capas de la sociedad?

No tengo ni idea de qué pasará este fin de semana, ni después. De qué forma tendrá el 2-O, si es que llega a haber un verdadero referéndum (cosa que a estas alturas dependerá, yo creo, de la capacidad de resistencia pacífica de un pueblo catalán que ya no tiene miedo). Pero sé que quiero estar del lado de los cientos de miles de personas que ven en una urna una posibilidad, y no un enemigo. Porque esa es la realidad, calmada y tenaz, con la que convivo cada día. Gente normal haciendo cosas increíbles, como de pronto abrir una grieta (quizás insalvable, ojalá) en el Régimen del 78. Como de pronto darle al resto de España, ante la perspectiva de permanecer bajo el yugo de un Gobierno corrupto y moribundo, las llaves de su propia libertad. Y sí, claro que considero la posibilidad, muy real, de que se produzca represión violenta. Y también que a posteriori nuestras acciones sean instrumentalizadas por gobiernos de uno y otro lado, que no me representan. Pero los movimientos de base que se están despertando (estudiantes, estibadores, bomberos, profesores, juristas) sí lo hacen, y creo que vale la pena resistir por ellos. Para romper estas cadenas que nos tienen atados a una manera de existir y hacer política que ya dura demasiado y que ante todo se basa en la connivencia con nuestros captores. En amar a quien nos odia y oprime, porque la libertad nos da demasiado miedo. O nos lo daba antesdeayer.

Con septiembre llega la fuegovisión

ilustración del genial Josan Gonzalez

Nunca he tenido del todo claro qué significa ser escritor. Supongo que la manera más fácil de definir la palabra es refiriéndose a una persona a la que le pagan por escribir. Una persona cuyas historias cautivan a una audiencia, que las sigue, y está dispuesta a dar dinero por ellas. Pero esta definición siempre me ha parecido un poco estrecha. ¿Un guionista de cine no es escritor? ¿Y de cómics? ¿Alguien que escribe por pura afición y acumula relatos en su cajón sin ver un duro por simple amor a las letras, no es escritor?¿Y qué pasa con los críticos de cine? ¿Y con los blogueros y blogueras, o los periodistas? ¿Qué pasa con esa joven que ha escrito y publicado un par de novelas pero en realidad come de cualquier otro trabajo? ¿Son o no escritores los poetas ocasionales, los tuiteros de ingenio afilado, los dramaturgos, los raperos?

Por un lado,  desde que recuerdo he pensado en El Escritor con la idea del autor en mente, con mis novelistas preferidos en la cabeza. Gente dedicada en cuerpo y alma a la literatura “seria”. A los libracos. Y a la vez siempre he creído que todos somos un poquito escritores, igual que somos más o menos lectores, en la medida en que el contar historias y que nos las cuenten, está muy conectado con lo que somos como animales sociales.

Cuento esto porque una de las pocas cosas con las que he sido moderadamente constante a lo largo de mi vida es con la tarea de escribir. Me recuerdo escribiendo desde bien pequeño. He trabajado como periodista y copywriter, y he publicado aquí y allá reflexiones, críticas, pequeñas piezas de ficción. He tenido ya unos cuantos blogs, incluido este mismo. Pero jamás diría que hoy por hoy soy escritor, porque sería falso. Ni tengo la audiencia ni llevo dentro esa pulsión incontrolable de la que hablan los autores quienes no pueden estar sin narrar sus historias ni un día entero. No necesito escribir todo el tiempo, ni es necesariamente mi única obsesión. Para obsesiones la música, las pelis de terror o la cata de cervezas. Sí que soy, sin embargo, un apasionado de las letras, un convencido radical del poder de la palabra. Y disfruto descubriendo mundos nuevos, y creando personajes, y situaciones, y tratando de poner sobre el papel ideas, historias, reflexiones. Disfruto tanto que muchas veces se me acumulan las páginas y no tengo muy claro qué hacer con ellas.

Durante este verano, revisando mis archivos, me percaté de que en mi ordenador había decenas de pequeños y grandes relatos que apenas habían visto nunca la luz. Muchos de ellos más o menos enmarcados dentro del género fantástico, o de ciencia-ficción. Me daba mucha rabia tener esos archivos pudriéndose en un disco duro, así que tuve la más obvia y barata de las ideas: copiar a mi yo del pasado. Es decir, montar un blog para ir dando salida por mi cuenta a todo ese material que se me había ido acumulando en los cajones virtuales.

De esta manera tan simple nace Fuegovisión. Un blog de relatos breves, antiguos algunos, más nuevos otros, que bordean estos géneros que tanto amo. Versiones alternativas de nuestra realidad cotidiana, tecnodelirios fruto de una actualidad retorcida. Divertimentos. Ejercicios de estilo. Amor infinito al cyberpunk y sus universos. Una pizca de sentido del humor macabro. Un buen puñado de chifladuras.

Todo eso es lo que os iréis encontrando en este blog que comparto con vosotros deseando que lo disfrutéis, y que trataré de ir actualizando con cierta regularidad. Siempre que el keroseno de las frases no se agote.

Ser un “hater”

A veces digo cosas que no debo decir. Exabruptos que llaman la atención, en tonos inapropiados. A veces hablo sin medir las palabras y a menudo aireo mis odios a los cuatro vientos. O soy crítico con ciertas cosas muy abiertamente, sin que medie mesura alguna, sin pensar en dónde, cómo, cuando, o a quien le digo las cosas. Será porque soy maño, o porque en mi casa me criaron sin demasiados filtros, pero con treinta y un añazos todavía no sé demasiado de protocolos o maneras. Tampoco sé si hay una manera “correcta” de expresarse, en oposición a una forma “errónea”.

Lo que sí es que hay formas de odiar, hay lugares desde los que dirigir y expresar la crítica. Y que la distancia entre quien desde una posición de poder, es decir, quien ejerce crítica y escarnio sobre otro por ser negro, homosexual, ateo, mujer, de izquierdas, pobre, inmigrante o miembro de cualquier otro grupo social oprimido, y quien odia desde los márgenes, desde la posición del débil, y dirige su crítica hacia arriba, a las instituciones de poder o a los órdenes sociales privilegiados, es abismal. Aunque se haya popularizado el decir que “ni de izquierdas ni de derechas”, que “los extremos se tocan”, y que día sí y día no nos tengamos que comer monsergas moralistas desde los púlpitos bienpensantes, la supuesta ecuanimidad de extremo centro no nos lleva a ningún lado y es dañina, porque tiende a patologizar todas aquellas maneras de pensar que no encajan con ella. Como por ejemplo, ahora se está patologizando a los activistas por el decrecimiento turístico diciendo que sufren un síndrome ficticio conocido como “turismofobia”. Este tipo de neolengua resulta ser, a grandes rasgos, una simple ficción que nos mantiene en un perpetuo estado de parálisis.

No puede ser que a la primera de cambio condenemos a cualquiera que discrepa de ser “un trol”, o ser “un hater”. Es cierto que hay gente suelta por ahí que sólo quiere ver el mundo arder, como decían en “El Caballero Oscuro”. Pero más cierto aún es que, en la lucha por las ideas no podemos sacudirnos el debate de encima a la primera de cambio como si fuera una mera capa de polvo o una molestia. Hay muchas maneras de disentir y criticar, muchas maneras de poner en cuestión las formas en la que nos organizamos socialmente. Y sí que creo que unas son más legítimas que otras y que su legitimidad depende del lugar desde el que estén enunciadas. De las relaciones de poder que ponen en juego. Del orden al que desafían o el orden que apuntalan. La rabia de un mosso al reventarle un ojo a un activista no es la misma que la del punk que tira abajo una puerta para crear un centro social en un edificio abandonado. La rabia de una preferentista estafada no es la misma que la de un “provida” a la puerta de una clínica abortista. Un escrache es lo contrario a una manifestación neonazi. Y nuestra tendencia a la risita nerviosa y a desviar la conversación cada vez que alguien dice algo “que no toca” es sólo muestra de lo incómodos que nos hace sentir cualquier cosa, por pequeña que sea, que desafía nuestra cada vez más limitada cosmovisión.

Para acabar, un conciso mensaje dirigido a los que cada día os inventáis chorradas nuevas para criminalizar la disidencia desde medios y poltronas:

 

Trump, o la renuncia

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El fascismo es la muerte de la empatía. El fin de la política, que en su acepción más radical es la idea de que personas distintas pueden convivir llegando a acuerdos. La glorificación de la idea paranoica de enemigo, del “o estás conmigo o contra mí”. La lógica del niño malcriado que lo quiere todo y lo quiere ya convertida en medida del mundo. Trump es un ser repulsivo, pero no es el mal que vive fuera de nosotros. Él, Marine Le Pen, Nigel Farage, Geert Wilders, no son un ente demoníaco ajeno a nosotros, sino la manifestación definitiva de un camino que como sociedad emprendimos mucho tiempo atrás. La metástasis de un sistema que veta por decreto la compasión, el apoyo mutuo, la afirmación de que no todo puede ser reglado, el derecho a la autodeterminación de cada grupo social. El fascismo somos nosotros mismos no queriendo ver. Encerrados en la lógica de las redes sociales que distorsionan la realidad de lo que ocurre cuando salimos a la calle y el mundo es múltiple, complejo, hermoso, extraño, violento, alegre pese a todo. Mandando a los perros de la autoridad a que acaben con toda disidencia que nos incomode. Nosotros eligiendo nuestro bienestar personal por encima del de nuestro vecino.

Ante esta deriva autoritaria, rancia, violenta, desprovista de sentido del humor, que levanta muros como única solución a la existencia del otro, necesitamos voces que apoyen la empatía radical, la lógica sobre la que se funda la única democracia posible: la que defiende con uñas y dientes nuestro derecho a ser individuos complejos y nuestra obligación de comprender lo que nos une y nos pone en común con aquellos que un sistema injusto nos ha enseñado a ver como una amenaza. Contra el odio: la aceptación del otro más allá de buenismos, el convencimiento de que la política tiene que volver a invadirlo todo para que asumamos la necesidad de convivir, el amor que expande nuestra visión del mundo. Me resisto a caer en la desesperación. Sé que somos muchas y sé que tenemos armas. Yo estoy más que dispuesto a empuñarlas.

AACCMAD 2016. El “suquet” nuestro de cada día

Hace un par de semanas estuve, junto con amigos de LaCol y otros colectivos de Barcelona, en el noveno encuentro anual de Arquitecturas Colectivas. Esta red descentralizada, con nodos en toda la península, Latinoamérica y algunas partes de Europa, existe desde 2007, y está formada por personas y colectivos que se preocupan por encontrar nuevas manera de habitar y dar forma a los entornos de la ciudad y más allá. Generar, en colectivo, nuevas maneras de vivir. La propia naturaleza de la red hace que el trabajo de toda esta cantidad de gente se encuentre muy desperdigado y que muchas veces la comunicación no fluya todo lo bien que podría. Por eso, desde casi el mismo nacimiento de la red, se vienen celebrando encuentros una vez al año. Para compartir experiencias, conocimientos, esfuerzos, y como no, también para disfrutar en compañía.

Este año, después de haber recorrido las periferias de la península durante las pasadas ediciones, el encuentro ha caído en el mismo centro geográfico, político y económico del país: los Madriles. Ese lugar en el que según dónde vayas tienes que andarte con mucho ojo a la hora de pedir una cañita y una ración de ensaladilla rusa porque puedes acabar borracho y con patatas saliéndote por las orejas. El choque con la escasez de las tapas de los bares barceloneses siempre me hace preguntarme qué narices pinto yo viviendo en esta ciudad, si yo soy de Zaragoza y tampoco es que allá escatimen con lo del buen comer, y nos gusta más un bar que a un tonto un lápiz. Así nos va.

En fin, que allá nos plantamos, alojados al lado del Calderón con el siempre amable Diego, de Todo por la Praxis, que nos dejó su salón para morir cada noche, después de largas jornadas de discusión, trabajo, aprendizaje, y sí, unas cuantas cervezas. Por hora. Y después se prestó, ya casi acabando el encuentro, a sentarse un rato con nosotros en el huerto del Solar Maravillas (del que participan miembros de varios centros sociales ahora cerrados por la nueva administración municipal), y comentar la génesis de montar un sarao así. Nosotros, que habíamos estado trabajando en la organización del encuentro de Barcelona en 2014, le acompañamos en el sentimiento.

En cuatro días descubrimos: el bonito espacio del Instituto Do It Yourself, en Vallecas; un montón de proyectos interesantes y procesos ciudadanos que están teniendo lugar en una ciudad en plena transformación, como por ejemplo el movidón tan complejo que ha tenido lugar con la reforma de Plaza España; también el trabajo de gente venida de todos los rincones del Estado; que una “zapatilla” puede ser deliciosa de comer; que a falta de tartas, buenas son magdalenas; que un “suquet” de pescado puede explicarnos todo un entramado vital y definir un barrio; que a veces lo que hacemos es tan difícil de explicar que ni nosotros nos aclaramos, y que las redes más importantes y sólidas siempre tienen que ver con el afecto.

A todo esto, yo me pasé los cuatro días con la cámara a cuestas, así que al llegar de nuevo a Barcelona me senté a editar todo el material, intentando dar un poco de sentido a lo que vi, escuché, y sentí. Este collage pretende ser una mirada a uno de esos momentos del año que siempre esperamos con la ilusión de las primeras veces.

Gracias a todos los organizadores y la gente buena de Madrid. ¡Y hasta la próxima!

 

La Barcelona antipática

Barcelona es una, pero son muchas. Cientos, miles de riachuelos que confluyen y dan forma a la ciudad. Aún así, Barcelona ha sido durante demasiado tiempo narrada desde lo oficial. Quizás desde siempre, pero en especial desde la llegada de aquellos Juegos Olímpicos que barrieron de un plumazo ya no la disidencia, que por suerte siempre ha estado ahí, sino la posibilidad de diálogo entre bandos, entre cosmovisiones. La ciudad diversa pasó a ser paranoica. O estás con nosotros o contra nosotros. Aplastadas otras voces bajo el peso de la Institución y de los medios afines. Mientras tanto, Javier Pérez Andújar se iba convirtiendo a través de sus textos en parte de la memoria perenne de los barrios y la clase obrera, entroncando con una tradición en la que podríamos encajar a Juan Marsé o Montalbán o Pepe Ribas o tantos otros y otras que ni siquiera publicaban libros sino que hacían sus cosas. Cada cual a lo suyo y Rubianes en la de todos.

Una memoria que, me cuesta adivinar por qué, causa un rechazo visceral en una parte de la población barcelonesa. Incluso catalana, me atrevería a decir. Los que hoy en día reclaman la independencia para un Estado que a mí me da que sólo existe, puro, prístino y en constante estado de autodefensa (de nuevo la paranoia), en un imaginario colectivo que a estas alturas dista mucho (si es que alguna vez estuvo cerca) de la realidad de una ciudad que sigue acogiendo identidades múltiples, algunas visibles, otras subterráneas. La idea que movía el pregón alternativo de Toni Albà y compañía bebe todavía de los agravios borbónicos de 1714, una narración épica de paripé ideada por una burguesía que ni siquiera se manchó las manos en aquel asedio. Entonces fueron los de a pie los que defendieron la ciudad hasta sus últimas consecuencias. Pero como de costumbre otros los que se atribuyeron el mérito. Y hoy estos mismos “botiflers” apoyan un discurso cretínamente paródico que pretende ridiculizar la voz de los miles de ciudadanos humildes de la ciudad, con sus humildes sueños de vivir bien y quizás echarse unas cervezas con los amigos de vez en cuando.

Que conste que no soy partidario de la hagiografía del obrero. Que sé que en todas partes cuecen habas. Que el venir de hogar humilde no te hace un santo ni honrado ni bueno por defecto. Pero también sé que una de las principales reglas del humor es que el bufón siempre tiene que burlarse de los poderosos. Incluso aunque se juegue el cuello. Lanzar cuatro pullas a “los comunes”, con el apoyo de los grandes medios y los amigos del poder convergente al lado, menospreciando de paso a uno de los autores más lúcidos, sensibles, humildes y por encima de todo simpáticos, que existen hoy en todo el Estado, escriba en castellano, catalán, sueco o suajili, no tiene nada de valiente. Es más, despierta en mí el más absoluto rechazo por ser humor de brocha gorda y alumno pelota. Porque además parece que  contra lo que cargan sea eso, la simpatía de bar y kiosko y chascarrillo de Andújar. Contra el tipo que va en autobús y come bocadillos y lee tebeos y lo reivindica con gracia porque si no, ¿qué le queda?. Ni siquiera poder reirse de su vida perra, en un momento que debería unirnos a todos en sana fiesta pantagruélica como es La Mercé, porque estamos destinados a ser una gran nación y cualquier otro discurso que nos baje de ahí es arrastrado, charnego, borbonita.

Yo no soy barcelonés, pero llevo suficiente tiempo en esta ciudad como para haberme encontrado esta actitud demasiadas veces. Y empiezo a pensar que es la misma que detesta toda salida de tono. Todo renglón torcido. Toda broma de mal gusto, porque el buen y mal gusto lo deciden ellos, las clases dominantes del “Upper Diagonal”, y permea, como ríos de mala baba y humor siniestro, por el subsuelo y las rambletas de la ciudad, hasta los barrios que quedan por debajo, es decir, todos. Y entonces empezamos a molestarnos por cualquier cosa, y cerramos bares y no dejamos que los músicos hagan su trabajo, y el espacio público es cada vez más estado policial y ponemos pinchos en los bordillos para que la gente no pueda sentarse y detestamos al pobre porque algo habrá hecho, y al pregonero porque levanta el puño con una sonrisa. Porque no nos gusta la gente distinta a nosotros, que hace cosas que no entendemos, o sea, todos los demás. Todos aquellos que no lleven corbata, u hojas de ruta, o permisos policiales o casaca y pelucón. Todo aquel que se ría del poder, es decir, que esté vivo.

Están haciendo que nos odiemos entre nosotros, ¿o no lo veis?

Pero por suerte Barcelona son muchas Barcelonas. Como lo es toda aquella ciudad que se precie de serlo. Y dan igual sus enfados y bravatas porque la diversidad siempre va a estar ahí mientras haya dos personas en pie frente a frente para poder mirarse a la cara. Como yo pongo estos dos vídeos uno frente al otro, para que cada cual juzgue lo que mejor le parezca.

Yo mientras tanto voy a ver si encuentro la manera de ser un poco más impuro hoy que ayer, pero menos que mañana.

Y que se metan sus casacas por el culo.

El blues de las banderas muertas

Desde que éramos pequeños, e íbamos a la escuela, el verano siempre ha tenido algo de espacio fronterizo. De limbo. Entonces, la llegada del verano significaba el fin de las clases, un vacío que rellenar a tu gusto, y el inicio de un nuevo año escolar. Eran viajes y nuevas experiencias. Dejar atrás una ciudad que se quedaba vacía y a unos amigos a los que no sabías si ibas a reconocer cuando volvieran de unas vacaciones que parecían eternas. Los días que no acababan nunca, las pelis baratas en la televisión y las noches en las que costaba dormir si no era amorrado a un ventilador. Ya en aquellos días empezabas a entender que en verano el tiempo se dilata, los ritmos de la vida funcionan de otra manera. Y llegabas a intuir que en algunos momentos, esa travesía pesada por el desierto de un agosto en la ciudad podía resultar tediosa, angustiosa incluso. Pero también sabías que cuando llegara septiembre y volvieras a clase, tendrías una sensación inequívoca de nuevo comienzo. Y pim pam.

Nunca he echado mucho de menos mi infancia ni adolescencia. Pero a veces me gustaría volver a poder sentir ese vértigo de la vuelta a clase. Esa sensación de verano como un territorio inexplorado, con sus descubrimientos felices y sus temores asociados, terribles pero excitantes. Porque sí, en muchos sentidos, con los años los veranos han seguido siendo para mí momentos de cambio. Incluso cuando ya hace muchos julios que dejé de estudiar. Pero lo cierto es que estos momentos de brusca transición se han ido volviendo más y más complejos, agotadores y en ocasiones hasta me han llevado por territorios en los que no me ha gustado mucho adentrarme.

Por suerte, para afrontar este tipo de situaciones complicadas, confusas, o de metamorfosis, siempre he podido volcarme en cualquier tipo de actividad creativa. Hacer vídeos, dibujar o escribir algo de poesía barata para vomitar lo que te remueve las tripas. Sin ningún objetivo, sin que nadie te vea. Pero por el placer y la necesidad de sacarte el engrudo de dentro.

La mayor parte de las cosas que hago, al menos aquellas que surgen de mi iniciativa personal, siempre tienen que ver, en mayor o menor medida, con descifrar algún aspecto de lo que me rodea. O simplemente, con dejar constancia.

En el verano de 2012, por circunstancias personales y laborales, viví uno de esos periodos veraniegos transformadores. Entonces hice una pieza a la que llamé Verano de Rescates. Era la época en la que el PP se había propuesto transformar nuestro país en el cortijo neoliberal que es hoy, a razón de un decreto-ley cada viernes, y todo el mundo hablaba de la prima de riesgo sin saber muy bien de qué iba la cosa. Mientras tanto yo, después de unos meses un tanto turbulentos, viví con gente que me dio mucha paz en un lugar que, pese al tráfico que nos acosaba a todas horas, estaba lleno de luz y parecía a veces el centro del universo. El ojo del huracán. Nada nos afectaba. Además aproveché el verano para verme Twin Peaks, y conecté mucho con el zumbado del Agente Cooper y su manera zen de afrontar los problemas.

Conclusión: aquel vídeo, que os he dejado justo aquí arriba, está recorrido por una corriente subterránea de calma, y una sensación de estar describiendo un sueño plácido. Un refugio frente al mundo violento de afuera.

Pero de nuevo han pasado los años. Es 2016. La crisis sigue sobre nosotros y en muchos sentidos no ha hecho más que profundizarse. Barcelona y sus habitantes resistimos como buenamente podemos. Muchas cosas han cambiado en mi vida. Pero hete aquí que de nuevo, sin casi anticiparlo, me veo de pronto afrontando de nuevo un periodo de transformación. Y éste, para que engañarnos, ha golpeado fuerte y de forma bastante más dolorosa. Que no es para tanto, seguro. Que el mundo está muy mal. Pues claro. Pero aquí hay que hacer un ejercicio de honestidad. Si el vídeo que he acabado haciendo (que os he dejado arriba del todo) es áspero, y tiene el medidor emocional subido al 11, es porque he intentado explicar de la forma más directa, sin apenas filtros, cómo me he sentido durante estos dos meses y pico de verano a través del yermo de Barcelona.

Por eso está todo grabado con el móvil, sin planificación alguna. Por eso, aunque sé que no tengo la mejor voz del mundo, soy yo quien habla. También, aunque es la primera vez que grabo algo parecido a una pieza musical, he sido yo quien ha hecho todo el apartado sonoro. Porque esto es una especie de exorcismo, más que algo premeditado. Y tenía que hacerlo yo de arriba abajo y sin barreras. Una salida para el momento en que todo salta por los aires y te toca ir recogiendo los pedazos poco a poco. Sin dramas, pero con una pena que se te ha quedado metida en el cuerpo.

Y que no me digan a mí que sentirte en el pozo de vez en cuando es sólo para adolescentes. Si tenéis el espíritu muerto, chavalada, no es mi problema.

Más allá de toda la cháchara emo, Verano de Vigilias bebe de muchas otras fuentes: la cantidad de películas de terror que he visto en los últimos meses, la música de bandas doom como Earth u Orthodox, unas cuantas noches sin dormir, o la canción que en realidad lo inició todo, el Dead Flag Blues de GY!BE, cuyo texto me he permitido traducir y que he ido intercalándo con otro monólogo. Al final de todo os dejo la letra, para que, si os apetece, encajéis las piezas del puzzle.

Y ahora, a ver el vídeo y disfrutarlo. Que al menos los malos momentos sirvan para algo.

“The car’s on fire and there’s no driver at the wheel

and the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
and a dark wind blows.

The government is corrupt
and we’re on so many drugs
with the radio on and the curtains drawn.

We’re trapped in the belly of this horrible machine
and the machine is bleeding to death.

The sun has fallen down
and the billboards are all leering
and the flags are all dead at the top of their poles.

It went like this:

The buildings tumbled in on themselves
mothers clutching babies picked through the rubble
and pulled out their hair.

The skyline was beautiful on fire
all twisted metal stretching upwards
everything washed in a thin orange haze.

I said: “kiss me, you’re beautiful –
these are truly the last days”

You grabbed my hand and we fell into it
like a daydream or a fever.

We woke up one morning and fell a little further down –
for sure it’s the valley of death.

I open up my wallet
and it’s full of blood.”