Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

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Con septiembre llega la fuegovisión

ilustración del genial Josan Gonzalez

Nunca he tenido del todo claro qué significa ser escritor. Supongo que la manera más fácil de definir la palabra es refiriéndose a una persona a la que le pagan por escribir. Una persona cuyas historias cautivan a una audiencia, que las sigue, y está dispuesta a dar dinero por ellas. Pero esta definición siempre me ha parecido un poco estrecha. ¿Un guionista de cine no es escritor? ¿Y de cómics? ¿Alguien que escribe por pura afición y acumula relatos en su cajón sin ver un duro por simple amor a las letras, no es escritor?¿Y qué pasa con los críticos de cine? ¿Y con los blogueros y blogueras, o los periodistas? ¿Qué pasa con esa joven que ha escrito y publicado un par de novelas pero en realidad come de cualquier otro trabajo? ¿Son o no escritores los poetas ocasionales, los tuiteros de ingenio afilado, los dramaturgos, los raperos?

Por un lado,  desde que recuerdo he pensado en El Escritor con la idea del autor en mente, con mis novelistas preferidos en la cabeza. Gente dedicada en cuerpo y alma a la literatura “seria”. A los libracos. Y a la vez siempre he creído que todos somos un poquito escritores, igual que somos más o menos lectores, en la medida en que el contar historias y que nos las cuenten, está muy conectado con lo que somos como animales sociales.

Cuento esto porque una de las pocas cosas con las que he sido moderadamente constante a lo largo de mi vida es con la tarea de escribir. Me recuerdo escribiendo desde bien pequeño. He trabajado como periodista y copywriter, y he publicado aquí y allá reflexiones, críticas, pequeñas piezas de ficción. He tenido ya unos cuantos blogs, incluido este mismo. Pero jamás diría que hoy por hoy soy escritor, porque sería falso. Ni tengo la audiencia ni llevo dentro esa pulsión incontrolable de la que hablan los autores quienes no pueden estar sin narrar sus historias ni un día entero. No necesito escribir todo el tiempo, ni es necesariamente mi única obsesión. Para obsesiones la música, las pelis de terror o la cata de cervezas. Sí que soy, sin embargo, un apasionado de las letras, un convencido radical del poder de la palabra. Y disfruto descubriendo mundos nuevos, y creando personajes, y situaciones, y tratando de poner sobre el papel ideas, historias, reflexiones. Disfruto tanto que muchas veces se me acumulan las páginas y no tengo muy claro qué hacer con ellas.

Durante este verano, revisando mis archivos, me percaté de que en mi ordenador había decenas de pequeños y grandes relatos que apenas habían visto nunca la luz. Muchos de ellos más o menos enmarcados dentro del género fantástico, o de ciencia-ficción. Me daba mucha rabia tener esos archivos pudriéndose en un disco duro, así que tuve la más obvia y barata de las ideas: copiar a mi yo del pasado. Es decir, montar un blog para ir dando salida por mi cuenta a todo ese material que se me había ido acumulando en los cajones virtuales.

De esta manera tan simple nace Fuegovisión. Un blog de relatos breves, antiguos algunos, más nuevos otros, que bordean estos géneros que tanto amo. Versiones alternativas de nuestra realidad cotidiana, tecnodelirios fruto de una actualidad retorcida. Divertimentos. Ejercicios de estilo. Amor infinito al cyberpunk y sus universos. Una pizca de sentido del humor macabro. Un buen puñado de chifladuras.

Todo eso es lo que os iréis encontrando en este blog que comparto con vosotros deseando que lo disfrutéis, y que trataré de ir actualizando con cierta regularidad. Siempre que el keroseno de las frases no se agote.

Ser un “hater”

A veces digo cosas que no debo decir. Exabruptos que llaman la atención, en tonos inapropiados. A veces hablo sin medir las palabras y a menudo aireo mis odios a los cuatro vientos. O soy crítico con ciertas cosas muy abiertamente, sin que medie mesura alguna, sin pensar en dónde, cómo, cuando, o a quien le digo las cosas. Será porque soy maño, o porque en mi casa me criaron sin demasiados filtros, pero con treinta y un añazos todavía no sé demasiado de protocolos o maneras. Tampoco sé si hay una manera “correcta” de expresarse, en oposición a una forma “errónea”.

Lo que sí es que hay formas de odiar, hay lugares desde los que dirigir y expresar la crítica. Y que la distancia entre quien desde una posición de poder, es decir, quien ejerce crítica y escarnio sobre otro por ser negro, homosexual, ateo, mujer, de izquierdas, pobre, inmigrante o miembro de cualquier otro grupo social oprimido, y quien odia desde los márgenes, desde la posición del débil, y dirige su crítica hacia arriba, a las instituciones de poder o a los órdenes sociales privilegiados, es abismal. Aunque se haya popularizado el decir que “ni de izquierdas ni de derechas”, que “los extremos se tocan”, y que día sí y día no nos tengamos que comer monsergas moralistas desde los púlpitos bienpensantes, la supuesta ecuanimidad de extremo centro no nos lleva a ningún lado y es dañina, porque tiende a patologizar todas aquellas maneras de pensar que no encajan con ella. Como por ejemplo, ahora se está patologizando a los activistas por el decrecimiento turístico diciendo que sufren un síndrome ficticio conocido como “turismofobia”. Este tipo de neolengua resulta ser, a grandes rasgos, una simple ficción que nos mantiene en un perpetuo estado de parálisis.

No puede ser que a la primera de cambio condenemos a cualquiera que discrepa de ser “un trol”, o ser “un hater”. Es cierto que hay gente suelta por ahí que sólo quiere ver el mundo arder, como decían en “El Caballero Oscuro”. Pero más cierto aún es que, en la lucha por las ideas no podemos sacudirnos el debate de encima a la primera de cambio como si fuera una mera capa de polvo o una molestia. Hay muchas maneras de disentir y criticar, muchas maneras de poner en cuestión las formas en la que nos organizamos socialmente. Y sí que creo que unas son más legítimas que otras y que su legitimidad depende del lugar desde el que estén enunciadas. De las relaciones de poder que ponen en juego. Del orden al que desafían o el orden que apuntalan. La rabia de un mosso al reventarle un ojo a un activista no es la misma que la del punk que tira abajo una puerta para crear un centro social en un edificio abandonado. La rabia de una preferentista estafada no es la misma que la de un “provida” a la puerta de una clínica abortista. Un escrache es lo contrario a una manifestación neonazi. Y nuestra tendencia a la risita nerviosa y a desviar la conversación cada vez que alguien dice algo “que no toca” es sólo muestra de lo incómodos que nos hace sentir cualquier cosa, por pequeña que sea, que desafía nuestra cada vez más limitada cosmovisión.

Para acabar, un conciso mensaje dirigido a los que cada día os inventáis chorradas nuevas para criminalizar la disidencia desde medios y poltronas:

 

Trump, o la renuncia

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El fascismo es la muerte de la empatía. El fin de la política, que en su acepción más radical es la idea de que personas distintas pueden convivir llegando a acuerdos. La glorificación de la idea paranoica de enemigo, del “o estás conmigo o contra mí”. La lógica del niño malcriado que lo quiere todo y lo quiere ya convertida en medida del mundo. Trump es un ser repulsivo, pero no es el mal que vive fuera de nosotros. Él, Marine Le Pen, Nigel Farage, Geert Wilders, no son un ente demoníaco ajeno a nosotros, sino la manifestación definitiva de un camino que como sociedad emprendimos mucho tiempo atrás. La metástasis de un sistema que veta por decreto la compasión, el apoyo mutuo, la afirmación de que no todo puede ser reglado, el derecho a la autodeterminación de cada grupo social. El fascismo somos nosotros mismos no queriendo ver. Encerrados en la lógica de las redes sociales que distorsionan la realidad de lo que ocurre cuando salimos a la calle y el mundo es múltiple, complejo, hermoso, extraño, violento, alegre pese a todo. Mandando a los perros de la autoridad a que acaben con toda disidencia que nos incomode. Nosotros eligiendo nuestro bienestar personal por encima del de nuestro vecino.

Ante esta deriva autoritaria, rancia, violenta, desprovista de sentido del humor, que levanta muros como única solución a la existencia del otro, necesitamos voces que apoyen la empatía radical, la lógica sobre la que se funda la única democracia posible: la que defiende con uñas y dientes nuestro derecho a ser individuos complejos y nuestra obligación de comprender lo que nos une y nos pone en común con aquellos que un sistema injusto nos ha enseñado a ver como una amenaza. Contra el odio: la aceptación del otro más allá de buenismos, el convencimiento de que la política tiene que volver a invadirlo todo para que asumamos la necesidad de convivir, el amor que expande nuestra visión del mundo. Me resisto a caer en la desesperación. Sé que somos muchas y sé que tenemos armas. Yo estoy más que dispuesto a empuñarlas.

AACCMAD 2016. El “suquet” nuestro de cada día

Hace un par de semanas estuve, junto con amigos de LaCol y otros colectivos de Barcelona, en el noveno encuentro anual de Arquitecturas Colectivas. Esta red descentralizada, con nodos en toda la península, Latinoamérica y algunas partes de Europa, existe desde 2007, y está formada por personas y colectivos que se preocupan por encontrar nuevas manera de habitar y dar forma a los entornos de la ciudad y más allá. Generar, en colectivo, nuevas maneras de vivir. La propia naturaleza de la red hace que el trabajo de toda esta cantidad de gente se encuentre muy desperdigado y que muchas veces la comunicación no fluya todo lo bien que podría. Por eso, desde casi el mismo nacimiento de la red, se vienen celebrando encuentros una vez al año. Para compartir experiencias, conocimientos, esfuerzos, y como no, también para disfrutar en compañía.

Este año, después de haber recorrido las periferias de la península durante las pasadas ediciones, el encuentro ha caído en el mismo centro geográfico, político y económico del país: los Madriles. Ese lugar en el que según dónde vayas tienes que andarte con mucho ojo a la hora de pedir una cañita y una ración de ensaladilla rusa porque puedes acabar borracho y con patatas saliéndote por las orejas. El choque con la escasez de las tapas de los bares barceloneses siempre me hace preguntarme qué narices pinto yo viviendo en esta ciudad, si yo soy de Zaragoza y tampoco es que allá escatimen con lo del buen comer, y nos gusta más un bar que a un tonto un lápiz. Así nos va.

En fin, que allá nos plantamos, alojados al lado del Calderón con el siempre amable Diego, de Todo por la Praxis, que nos dejó su salón para morir cada noche, después de largas jornadas de discusión, trabajo, aprendizaje, y sí, unas cuantas cervezas. Por hora. Y después se prestó, ya casi acabando el encuentro, a sentarse un rato con nosotros en el huerto del Solar Maravillas (del que participan miembros de varios centros sociales ahora cerrados por la nueva administración municipal), y comentar la génesis de montar un sarao así. Nosotros, que habíamos estado trabajando en la organización del encuentro de Barcelona en 2014, le acompañamos en el sentimiento.

En cuatro días descubrimos: el bonito espacio del Instituto Do It Yourself, en Vallecas; un montón de proyectos interesantes y procesos ciudadanos que están teniendo lugar en una ciudad en plena transformación, como por ejemplo el movidón tan complejo que ha tenido lugar con la reforma de Plaza España; también el trabajo de gente venida de todos los rincones del Estado; que una “zapatilla” puede ser deliciosa de comer; que a falta de tartas, buenas son magdalenas; que un “suquet” de pescado puede explicarnos todo un entramado vital y definir un barrio; que a veces lo que hacemos es tan difícil de explicar que ni nosotros nos aclaramos, y que las redes más importantes y sólidas siempre tienen que ver con el afecto.

A todo esto, yo me pasé los cuatro días con la cámara a cuestas, así que al llegar de nuevo a Barcelona me senté a editar todo el material, intentando dar un poco de sentido a lo que vi, escuché, y sentí. Este collage pretende ser una mirada a uno de esos momentos del año que siempre esperamos con la ilusión de las primeras veces.

Gracias a todos los organizadores y la gente buena de Madrid. ¡Y hasta la próxima!

 

La Barcelona antipática

Barcelona es una, pero son muchas. Cientos, miles de riachuelos que confluyen y dan forma a la ciudad. Aún así, Barcelona ha sido durante demasiado tiempo narrada desde lo oficial. Quizás desde siempre, pero en especial desde la llegada de aquellos Juegos Olímpicos que barrieron de un plumazo ya no la disidencia, que por suerte siempre ha estado ahí, sino la posibilidad de diálogo entre bandos, entre cosmovisiones. La ciudad diversa pasó a ser paranoica. O estás con nosotros o contra nosotros. Aplastadas otras voces bajo el peso de la Institución y de los medios afines. Mientras tanto, Javier Pérez Andújar se iba convirtiendo a través de sus textos en parte de la memoria perenne de los barrios y la clase obrera, entroncando con una tradición en la que podríamos encajar a Juan Marsé o Montalbán o Pepe Ribas o tantos otros y otras que ni siquiera publicaban libros sino que hacían sus cosas. Cada cual a lo suyo y Rubianes en la de todos.

Una memoria que, me cuesta adivinar por qué, causa un rechazo visceral en una parte de la población barcelonesa. Incluso catalana, me atrevería a decir. Los que hoy en día reclaman la independencia para un Estado que a mí me da que sólo existe, puro, prístino y en constante estado de autodefensa (de nuevo la paranoia), en un imaginario colectivo que a estas alturas dista mucho (si es que alguna vez estuvo cerca) de la realidad de una ciudad que sigue acogiendo identidades múltiples, algunas visibles, otras subterráneas. La idea que movía el pregón alternativo de Toni Albà y compañía bebe todavía de los agravios borbónicos de 1714, una narración épica de paripé ideada por una burguesía que ni siquiera se manchó las manos en aquel asedio. Entonces fueron los de a pie los que defendieron la ciudad hasta sus últimas consecuencias. Pero como de costumbre otros los que se atribuyeron el mérito. Y hoy estos mismos “botiflers” apoyan un discurso cretínamente paródico que pretende ridiculizar la voz de los miles de ciudadanos humildes de la ciudad, con sus humildes sueños de vivir bien y quizás echarse unas cervezas con los amigos de vez en cuando.

Que conste que no soy partidario de la hagiografía del obrero. Que sé que en todas partes cuecen habas. Que el venir de hogar humilde no te hace un santo ni honrado ni bueno por defecto. Pero también sé que una de las principales reglas del humor es que el bufón siempre tiene que burlarse de los poderosos. Incluso aunque se juegue el cuello. Lanzar cuatro pullas a “los comunes”, con el apoyo de los grandes medios y los amigos del poder convergente al lado, menospreciando de paso a uno de los autores más lúcidos, sensibles, humildes y por encima de todo simpáticos, que existen hoy en todo el Estado, escriba en castellano, catalán, sueco o suajili, no tiene nada de valiente. Es más, despierta en mí el más absoluto rechazo por ser humor de brocha gorda y alumno pelota. Porque además parece que  contra lo que cargan sea eso, la simpatía de bar y kiosko y chascarrillo de Andújar. Contra el tipo que va en autobús y come bocadillos y lee tebeos y lo reivindica con gracia porque si no, ¿qué le queda?. Ni siquiera poder reirse de su vida perra, en un momento que debería unirnos a todos en sana fiesta pantagruélica como es La Mercé, porque estamos destinados a ser una gran nación y cualquier otro discurso que nos baje de ahí es arrastrado, charnego, borbonita.

Yo no soy barcelonés, pero llevo suficiente tiempo en esta ciudad como para haberme encontrado esta actitud demasiadas veces. Y empiezo a pensar que es la misma que detesta toda salida de tono. Todo renglón torcido. Toda broma de mal gusto, porque el buen y mal gusto lo deciden ellos, las clases dominantes del “Upper Diagonal”, y permea, como ríos de mala baba y humor siniestro, por el subsuelo y las rambletas de la ciudad, hasta los barrios que quedan por debajo, es decir, todos. Y entonces empezamos a molestarnos por cualquier cosa, y cerramos bares y no dejamos que los músicos hagan su trabajo, y el espacio público es cada vez más estado policial y ponemos pinchos en los bordillos para que la gente no pueda sentarse y detestamos al pobre porque algo habrá hecho, y al pregonero porque levanta el puño con una sonrisa. Porque no nos gusta la gente distinta a nosotros, que hace cosas que no entendemos, o sea, todos los demás. Todos aquellos que no lleven corbata, u hojas de ruta, o permisos policiales o casaca y pelucón. Todo aquel que se ría del poder, es decir, que esté vivo.

Están haciendo que nos odiemos entre nosotros, ¿o no lo veis?

Pero por suerte Barcelona son muchas Barcelonas. Como lo es toda aquella ciudad que se precie de serlo. Y dan igual sus enfados y bravatas porque la diversidad siempre va a estar ahí mientras haya dos personas en pie frente a frente para poder mirarse a la cara. Como yo pongo estos dos vídeos uno frente al otro, para que cada cual juzgue lo que mejor le parezca.

Yo mientras tanto voy a ver si encuentro la manera de ser un poco más impuro hoy que ayer, pero menos que mañana.

Y que se metan sus casacas por el culo.

El blues de las banderas muertas

Desde que éramos pequeños, e íbamos a la escuela, el verano siempre ha tenido algo de espacio fronterizo. De limbo. Entonces, la llegada del verano significaba el fin de las clases, un vacío que rellenar a tu gusto, y el inicio de un nuevo año escolar. Eran viajes y nuevas experiencias. Dejar atrás una ciudad que se quedaba vacía y a unos amigos a los que no sabías si ibas a reconocer cuando volvieran de unas vacaciones que parecían eternas. Los días que no acababan nunca, las pelis baratas en la televisión y las noches en las que costaba dormir si no era amorrado a un ventilador. Ya en aquellos días empezabas a entender que en verano el tiempo se dilata, los ritmos de la vida funcionan de otra manera. Y llegabas a intuir que en algunos momentos, esa travesía pesada por el desierto de un agosto en la ciudad podía resultar tediosa, angustiosa incluso. Pero también sabías que cuando llegara septiembre y volvieras a clase, tendrías una sensación inequívoca de nuevo comienzo. Y pim pam.

Nunca he echado mucho de menos mi infancia ni adolescencia. Pero a veces me gustaría volver a poder sentir ese vértigo de la vuelta a clase. Esa sensación de verano como un territorio inexplorado, con sus descubrimientos felices y sus temores asociados, terribles pero excitantes. Porque sí, en muchos sentidos, con los años los veranos han seguido siendo para mí momentos de cambio. Incluso cuando ya hace muchos julios que dejé de estudiar. Pero lo cierto es que estos momentos de brusca transición se han ido volviendo más y más complejos, agotadores y en ocasiones hasta me han llevado por territorios en los que no me ha gustado mucho adentrarme.

Por suerte, para afrontar este tipo de situaciones complicadas, confusas, o de metamorfosis, siempre he podido volcarme en cualquier tipo de actividad creativa. Hacer vídeos, dibujar o escribir algo de poesía barata para vomitar lo que te remueve las tripas. Sin ningún objetivo, sin que nadie te vea. Pero por el placer y la necesidad de sacarte el engrudo de dentro.

La mayor parte de las cosas que hago, al menos aquellas que surgen de mi iniciativa personal, siempre tienen que ver, en mayor o menor medida, con descifrar algún aspecto de lo que me rodea. O simplemente, con dejar constancia.

En el verano de 2012, por circunstancias personales y laborales, viví uno de esos periodos veraniegos transformadores. Entonces hice una pieza a la que llamé Verano de Rescates. Era la época en la que el PP se había propuesto transformar nuestro país en el cortijo neoliberal que es hoy, a razón de un decreto-ley cada viernes, y todo el mundo hablaba de la prima de riesgo sin saber muy bien de qué iba la cosa. Mientras tanto yo, después de unos meses un tanto turbulentos, viví con gente que me dio mucha paz en un lugar que, pese al tráfico que nos acosaba a todas horas, estaba lleno de luz y parecía a veces el centro del universo. El ojo del huracán. Nada nos afectaba. Además aproveché el verano para verme Twin Peaks, y conecté mucho con el zumbado del Agente Cooper y su manera zen de afrontar los problemas.

Conclusión: aquel vídeo, que os he dejado justo aquí arriba, está recorrido por una corriente subterránea de calma, y una sensación de estar describiendo un sueño plácido. Un refugio frente al mundo violento de afuera.

Pero de nuevo han pasado los años. Es 2016. La crisis sigue sobre nosotros y en muchos sentidos no ha hecho más que profundizarse. Barcelona y sus habitantes resistimos como buenamente podemos. Muchas cosas han cambiado en mi vida. Pero hete aquí que de nuevo, sin casi anticiparlo, me veo de pronto afrontando de nuevo un periodo de transformación. Y éste, para que engañarnos, ha golpeado fuerte y de forma bastante más dolorosa. Que no es para tanto, seguro. Que el mundo está muy mal. Pues claro. Pero aquí hay que hacer un ejercicio de honestidad. Si el vídeo que he acabado haciendo (que os he dejado arriba del todo) es áspero, y tiene el medidor emocional subido al 11, es porque he intentado explicar de la forma más directa, sin apenas filtros, cómo me he sentido durante estos dos meses y pico de verano a través del yermo de Barcelona.

Por eso está todo grabado con el móvil, sin planificación alguna. Por eso, aunque sé que no tengo la mejor voz del mundo, soy yo quien habla. También, aunque es la primera vez que grabo algo parecido a una pieza musical, he sido yo quien ha hecho todo el apartado sonoro. Porque esto es una especie de exorcismo, más que algo premeditado. Y tenía que hacerlo yo de arriba abajo y sin barreras. Una salida para el momento en que todo salta por los aires y te toca ir recogiendo los pedazos poco a poco. Sin dramas, pero con una pena que se te ha quedado metida en el cuerpo.

Y que no me digan a mí que sentirte en el pozo de vez en cuando es sólo para adolescentes. Si tenéis el espíritu muerto, chavalada, no es mi problema.

Más allá de toda la cháchara emo, Verano de Vigilias bebe de muchas otras fuentes: la cantidad de películas de terror que he visto en los últimos meses, la música de bandas doom como Earth u Orthodox, unas cuantas noches sin dormir, o la canción que en realidad lo inició todo, el Dead Flag Blues de GY!BE, cuyo texto me he permitido traducir y que he ido intercalándo con otro monólogo. Al final de todo os dejo la letra, para que, si os apetece, encajéis las piezas del puzzle.

Y ahora, a ver el vídeo y disfrutarlo. Que al menos los malos momentos sirvan para algo.

“The car’s on fire and there’s no driver at the wheel

and the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
and a dark wind blows.

The government is corrupt
and we’re on so many drugs
with the radio on and the curtains drawn.

We’re trapped in the belly of this horrible machine
and the machine is bleeding to death.

The sun has fallen down
and the billboards are all leering
and the flags are all dead at the top of their poles.

It went like this:

The buildings tumbled in on themselves
mothers clutching babies picked through the rubble
and pulled out their hair.

The skyline was beautiful on fire
all twisted metal stretching upwards
everything washed in a thin orange haze.

I said: “kiss me, you’re beautiful –
these are truly the last days”

You grabbed my hand and we fell into it
like a daydream or a fever.

We woke up one morning and fell a little further down –
for sure it’s the valley of death.

I open up my wallet
and it’s full of blood.”

La ciudad sí es para mí

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2015 fue un año de cambios. Tuvo de todo, proyectos que empiezan, trabajos que acaban y alguna que otra idea que prometía que no se acabó de concretar. También fue escenario de unas interminables obras en mi hogar, alguna que otra boda (no mía) y de muchos cumpleaños de los de la quinta del 85. El número de días con resaca ascendió aproximadamente a quinientos veintipico.

Después de algo así como año y medio escribiendo para la revista Playground, eso se acabó. Tras un par de meses de sana rascada genital me incorporé al equipo del FAD Barcelona para coordinar una exposición retrospectiva del City to City, un premio internacional que la entidad lleva otorgando desde 2008 a proyectos de mejora de la vida en las ciudades. En 2015 el FAD quería darle un vuelco al premio y para ello decidieron hacer una exposición diferente a todo lo que habían montado hasta entonces.

El proyecto, al que entré un poco de rebote, acabó convirtiéndose en una experiencia muy divertida y sobre todo instructiva en muchos sentidos: no sólo en términos de qué significa montar una exposición, cosa que no había hecho nunca, o de trabajar con un montón de gente distinta en ese contexto, sino sobre todo porque tuve la oportunidad de conocer un poco mejor cómo funcionan las políticas de control del espacio público en Barcelona, y reflexionar en torno a la manera en la que estamos manejando la vida cotidiana en la ciudad.

No me extenderé mucho en esta materia, si queréis saber más sobre todas estas cosas que explico podéis ir a la web del premio. Sólo diré que a lo largo de estos meses de encontronazos, burocracia, creatividad y charlas con gente diversa de lo más interesante, salí convencido de que si hay algo que quiera hacer es seguir indagando en las maneras en cómo vivimos y organizamos nuestra vida en la ciudad. No desde el punto de vista del estudioso que todo lo basa en datos y bibliografía, sino desde la humilde pasión del caminante y desde el convencimiento de que si no damos con otra manera de vivir, las ciudades que amamos se nos morirán en las manos.

En 2016 continuamos con el City to City, con una convocatoria de premio que estará abierta hasta abril, y actividades que preparamos para ir haciendo a lo largo del año. Espero poder seguir conociendo gente estupenda y contribuyendo con mi grano de arena a que Barcelona sea cada día un lugar un poco más vivible.

En parte por eso también he decidido hacer algo que no hubiera imaginado jamás que acabaría haciendo: montarme un canal de Youtube. Se llama Mutaciones del Fantasma y en él voy a intentar explorar algunas cuestiones que siempre me han interesado en torno a las ciudades, desde la perspectiva de su presencia en el cine y el audiovisual. Me apasiona meterme a investigar en esa intersección entre la ciudad y la pantalla, las maneras en las que representamos nuestra vida cotidiana y cómo se relacionan con nuestra vida real. Todo siempre hecho desde el amor, la broma y con ganas de tocar un poco las narices a nuestro querido establishment mediático y político.

Si queréis echarle un ojo, no tenéis más que seguir este link. Y no olvidéis comentar, tanto si os gusta como si lo encontráis abominable. Tengo intención de seguir colgando vídeos en él, así que toda sugerencia o amenaza de muerte se agradece.

Feliz año a todos, y a seguir bien.

Standstill: despedidas que saben a victoria

Esta entrada se publicó originalmente en scannerfm.com

Es complicado emitir juicios sobre una banda como Standstill. Por trayectoria, tesón, personalidad, calidad y número de clásicos en su haber, lo único que darían ganas de hacer cuando toca hablar sobre ellos es una humilde reverencia, un a sus pies, gracias y a otra cosa.
Doblemente complicado para quien como yo tiene una relación emocional y difícil con el grupo. Emocional porque Standstill son una banda que se te mete dentro. Sus fans lo son porque de alguna manera la música les ha transformado, les toca en lo íntimo. Difícil porque después de comprar cada uno de sus discos desde que salió “The Ionic Spell” (2001), y teniendo en cuenta que mi bautismo en los conciertos de hardcore tuvo lugar con Standstill delante (encima, más bien) durante la gira del “Memories Collector” (2002), viví con los años lo que sólo podría describir como una ruptura sentimental, un lento desengaño amoroso.

Fue un proceso gradual, callado. De sentirme absorto y extasiado, escuchando “Standstill” (2004) en loop, a la relativa sorpresa de un todavía poderoso “Vivalaguerra” (2006). Hasta que un día escuché “Cuando ella toca el piano”, de “Adelante, Bonaparte” (2010) y me di cuenta, desde los oídos pero muy desde el estómago, que aquello ya no iba conmigo. Sin acritud ni rencores, a partir de ahí cada uno tiraría por su lado.
Por eso acudí algo nervioso al primero de los dos conciertos de despedida da la banda en Barcelona. Como si me fuera a encontrar con una ex novia de la que guardo recuerdos íntimos, maravillosos algunos, brutales otros. Una persona junto a la que has crecido y vivido a tope, pero que con el tiempo y la distancia se ha ido convirtiendo en una extraña. A veces piensas en ella, muy de pasada, y sonríes lo justo.
Sin embargo, cuando un día te enteras de que se va definitivamente, que tal vez nunca la vuelvas a ver, te da un pequeño vuelco el corazón y sabes que tendrás que ir a despedirte. En persona, cara a cara, sin trucos.

Y eso hago: plantarme en una Sala Apolo llena hasta la bandera, en la que la expectación puede palparse. El aire es eléctrico. Cuando salen los cinco músicos al escenario, vestidos de negro impecable, se los ve serios pero visiblemente impresionados por el llenazo, por los aplausos eternos, por una ovación que inunda la sala y los aúpa muy alto antes de que toquen una sola nota. Los ves ahí arriba y de pronto vuelves a sentirte en casa. Los primeros acordes de “1,2,3, sombra” y la voz de Enric suenan en un ambiente sacro, de reverencia total. Y tú te sorprendes por un momento pensando que todo sigue igual, que nada ha cambiado.

Pero vaya si ha cambiado.

Poco a poco, conforme avanza la noche, se te pasan los nervios y observas a tu ex con calma. Te fijas en los detalles. Conforme escuchamos “Me gusta tanto” o “Que no acabe el día”, reparas en cómo ha cambiado su lenguaje, su manera de expresarse, y en que quizás no os entendéis tanto como antes. Sabes que sigue siendo la misma persona, percibes rastros de esa pasión desbordante que habita en su interior y siempre te sedujo. Pero ahora existe una barrera entre vosotros. Invisible, sutil, tierna incluso. Pero una barrera.

Te fijas también en sus nuevas compañías. En la gente que la rodea, los que han venido también a verla. Y te sorprende ver a tu alrededor un público tan variopinto, tan inconexo, que se comporta de maneras con las que no empatizas. Y te dices a ti mismo que es normal, que uno crece, y cambia y amplía sus círculos. Pero egoístamente sientes cierta decepción, cierta pena porque las cosas han perdido una cierta “pureza”, que no son “como antes”, cuando entre ella y tú había una conexión directa, telepatía casi. Al mismo tiempo, intuyes también que todo ese rollo de la pureza probablemente es algo que sólo existió en tu mente y que a quién le importa si todo el mundo disfruta tanto con los tambores de “Adelante, Bonaparte” (la canción).

Te relajas. Te tomas tres cervezas y pronto empiezan a caer algunas anécdotas de los buenos tiempos que pasasteis juntos. Suenan “Yo soy el presidente de la escalera”, “Feliz en tu día”, “La Mirada de los Mil Metros”, “Dead Man Picture”, y los ánimos se caldean poco a poco. Se escapan las sonrisas, el corazón se acelera. Los sentimientos están ya a flor de piel en una sala recorrida por las vibraciones de un sonido trascendente. Es el ritual de lo habitual, liturgia del arte enganchado a la vida. El sonido de veinte años persiguiendo la verdad a través de la música. De un amor que duele y cura. A esas alturas da igual quienes somos o quienes fuimos. Allí estamos todos, rendidos a sus pies.
Así que nos lanzamos sin red los unos sobre los otros. Todo es calor y ritmo y golpes de pecho y chillarle al aire. Y empiezan a caer una tras otra: “Two Poems”, “Two Minutes Song”, “Poema nº3”, “Let Them Burn” y un “Cuando” tan intenso que todavía me estremezco cuando lo recuerdo. Cinco músicos destilando intensidad a raudales, sonido perfecto, emoción rebosante. Cuando te das cuenta, tu ex y tú os habéis quitado la ropa, y os estáis devorando una última vez. Quieres sacarte los pulmones por la boca a fuerza de gritar un himno tras otro. Recuerdas cada momento vivido, cada noche eterna, cada domingo triste, cada excitante inicio, cada aventura, victoria y derrota. Ya no sabes ni dónde estás, sólo ardes.

Se despiden con un luminoso “1,2,3 sol”, su hit más memorable. Una oda a la lucha cotidiana, a la esperanza. Lucha y esperanza. Dolor y alegría. Siempre a la búsqueda de un imposible. Trabajando más duro que nadie para conseguir transmitir aunque sea un fragmento de pura realidad, cruda, hermosa, en plena combustión. Se calman entonces los cuerpos y te dices a ti mismo que lo han conseguido de nuevo. Que siempre la vas a querer.

Os despedís. Al día siguiente estás dolorido por dentro y por fuera. Pero sereno, feliz. La historia, su historia, que es la de todos nosotros junto a ellos, llegó a su fin. La tragedia, el éxtasis, la ternura, la complicidad, la violencia, la diversión, quedaron atrás. Nuestros cuerpos destrozados y ahora nuevos, después de la catarsis. Veinte años concentrados en un orgasmo de los sentidos, tantos corazones como puños hay.
Y sabes que ya, ahora sí, sólo queda dar las gracias. Gracias por compartir, por pelear, por resistir, por poner a prueba vuestro enorme talento, por estar y sobre todo ser. Gracias Enric, Piti, Ricky, y a todo el resto de la familia Standstill. Os llevamos en el corazón. Y nuestro corazón como estandarte en las mil batallas que nos quedan por librar.