No soy el Estado

Todas las mañanas, un ratito al desayunar, en lugar de hacer ejercicios de mindfulness o recitar los mandamientos de nuestra agenda Mr. Wonderful, o de lanzarnos a nuestro minuto de odio diario en las redes, deberíamos respirar hondo, mirar por la ventana y repetir un mantra sencillo: “No soy el Estado”, “No soy el Estado”, “No soy el Estado”… Últimamente encuentro el pensamiento muy liberador, ya que salvo por las gloriosas manifestaciones del pasado 8M, alrededor todo me parece cada vez más triste y asfixiante. Mire donde mire veo moralismo constitucionalista a costa del contribuyente, represión encarnizada y ensañamiento caníbal dirigido por los medios. Cadenas de whatsapp vomitando rabia contra gente que no conocemos. Políticos-rata buscando la escalera más rápida hacia la cima del poder, siguiendo las enseñanzas de Meñique (“Chaos is a ladder”).

Debo asumir entonces, y lo hago en fogonazos de claridad que dan un poco de vértigo, que mi ética y convicciones políticas no las determina nadie salvo yo, en diálogo perpetuo con mi comunidad. Una idea clave para sobrevivir en esta batalla de identidades rotas, alienación, desigualdades, violencia institucionalizada y rabia paranoide como forma de control llamada sociedad tardocapitalista. La otra seria que mi capacidad de acción no puede venir dictada por los límites de lo posible decretados desde arriba. Mientras así lo veamos conveniente, actuaremos. Porque nuestra vida, mientras dure, será nuestra y tenemos el derecho y el deber de construirla. La realidad es tozuda y radical, y existe indiferente a la versión oficial de los hechos y a la enésima encuesta torticera. A los ciclos circadianos les da igual el Big Data. A mi sangre le da lo mismo el márketing. Sé que existe (como podría no saberlo) una estructura por encima de mí, con el poder para meterme en la cárcel, condenarme al ostracismo, destruir la reputación de mi familia. Pero mis ojos y mi corazón son míos, no de ningún monstruo sediento de algoritmos. No del poder dispuesto a perpetuarse a cualquier precio. Reclamo no oprimir ni ser oprimido, y experimentar el mundo según mis propios términos. Algunos llaman a esto anarquismo, y me parece bien.

Cabezas de turco

Hace días que pienso en las condenas a raperos, tuiteros y artistas de los que tanto (y a la vez tan poco) hemos hablado en los últimos meses. Un dato que me parece importante es el hecho de que en general, salvo quizás en el caso Strawberry, todos los acusados y condenados, siguen un determinado perfil: juventud, humildad de medios, escasa popularidad o relevancia social. Pocos conocían a Valtonyc, Hasel o La Insurgencia, a los Titiriteros, antes de sus respectivos juicios. Aun menos conocemos a gente cuyos casos no han tenido publicidad, o que todavía se están desarrollando. Lo mismo pasó en su momento con las últimas operaciones de los Mossos contra colectivos anarquistas en el caso Pandora, que fue a golpear a personas y grupos de perfil muy bajo, muy discreto, que no sólo en ningún caso desarrollaban actividades peligrosas, sino de que hecho eran inofensivos en muchos sentidos, en primer lugar por la escasa relevancia que tenían más allá de los círculos activistas.

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OT: curso de colisión

Admito sin vergüenza alguna que la novena edición de OT, ese karaoke sobredimensionado, el fenómeno de masas que ha cautivado la psique colectiva de España los últimos tres meses y pico, me ha tenido enganchado al canal 24 horas durante buena parte de su recta final. Para tratar de entender las razones de mi adicción, y descifrar la fascinación que me provocó ver a unos chavales comiendo tostadas de aguacate en una casa panóptica, escribí unas líneas en la revista digital Nativa. Os dejo el enlace aquí abajo. Gracias al amigo Jordi Oliveras por su confianza, y que ustedes lo disfruten.

OT: curso de colisión

Randianos paranoides

Como ya he explicado varias veces en este blog, hace un par de años que vengo creando vídeos para un proyecto que tengo en Youtube, llamado Mutaciones del Fantasma. Hablo de temas relacionados con ciudad, cine y política, y lo hago a mi aire, cómo, cuando y sobre lo que quiero, porque para algo es mi canal y en él soy libre. Es una plataforma muy pequeñita. Tengo muy pocos seguidores y recibo escasos comentarios. Salvo en uno de los vídeos. De los nueve capítulos que he publicado hasta la fecha, hay uno que regularmente sigue recibiendo comentarios, normalmente negativos: el capítulo 5, que publiqué hace casi dos años y podéis ver más arriba. En él hablo sobre la abominable Ayn Rand y ese panfleto suyo llamado “El Manantial”, un tocho que sería posteriormente adaptado a la pantalla por King Vidor, con guión de la propia autora de origen ruso.

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Lo urgente y lo importante

Estamos en campaña. Supongo que por eso me llega un mail de la alcaldesa a la bandeja de entrada. En él, explican decenas de medidas que ha tomado el gobierno de BComú en dos años de gobierno (recordemos, un gobierno en minoría la mayor parte del tiempo, pues aunque haya estado aliado con el PSC hasta ahora, eso no le ha salvado de las malas lenguas ni las puñaladas traperas ni de las sanguijuelas que pueblan el partido), muchas de ellas vinculadas con el programa que prometieron aplicar: ecologista, social, feminista, transversal. Gobernar para todos los barceloneses, dando voz y escuchando a los movimientos sociales. Tratando de armarse contra el tsunami neoliberal que amenaza nuestras vidas miremos al punto cardinal que miremos. Y la verdad, me impresiona. Y a la vez siento una enorme pena.

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Con septiembre llega la fuegovisión

ilustración del genial Josan Gonzalez

Nunca he tenido del todo claro qué significa ser escritor. Supongo que la manera más fácil de definir la palabra es refiriéndose a una persona a la que le pagan por escribir. Una persona cuyas historias cautivan a una audiencia, que las sigue, y está dispuesta a dar dinero por ellas. Pero esta definición siempre me ha parecido un poco estrecha. ¿Un guionista de cine no es escritor? ¿Y de cómics? ¿Alguien que escribe por pura afición y acumula relatos en su cajón sin ver un duro por simple amor a las letras, no es escritor?¿Y qué pasa con los críticos de cine? ¿Y con los blogueros y blogueras, o los periodistas? ¿Qué pasa con esa joven que ha escrito y publicado un par de novelas pero en realidad come de cualquier otro trabajo? ¿Son o no escritores los poetas ocasionales, los tuiteros de ingenio afilado, los dramaturgos, los raperos?

Por un lado,  desde que recuerdo he pensado en El Escritor con la idea del autor en mente, con mis novelistas preferidos en la cabeza. Gente dedicada en cuerpo y alma a la literatura “seria”. A los libracos. Y a la vez siempre he creído que todos somos un poquito escritores, igual que somos más o menos lectores, en la medida en que el contar historias y que nos las cuenten, está muy conectado con lo que somos como animales sociales.

Cuento esto porque una de las pocas cosas con las que he sido moderadamente constante a lo largo de mi vida es con la tarea de escribir. Me recuerdo escribiendo desde bien pequeño. He trabajado como periodista y copywriter, y he publicado aquí y allá reflexiones, críticas, pequeñas piezas de ficción. He tenido ya unos cuantos blogs, incluido este mismo. Pero jamás diría que hoy por hoy soy escritor, porque sería falso. Ni tengo la audiencia ni llevo dentro esa pulsión incontrolable de la que hablan los autores quienes no pueden estar sin narrar sus historias ni un día entero. No necesito escribir todo el tiempo, ni es necesariamente mi única obsesión. Para obsesiones la música, las pelis de terror o la cata de cervezas. Sí que soy, sin embargo, un apasionado de las letras, un convencido radical del poder de la palabra. Y disfruto descubriendo mundos nuevos, y creando personajes, y situaciones, y tratando de poner sobre el papel ideas, historias, reflexiones. Disfruto tanto que muchas veces se me acumulan las páginas y no tengo muy claro qué hacer con ellas.

Durante este verano, revisando mis archivos, me percaté de que en mi ordenador había decenas de pequeños y grandes relatos que apenas habían visto nunca la luz. Muchos de ellos más o menos enmarcados dentro del género fantástico, o de ciencia-ficción. Me daba mucha rabia tener esos archivos pudriéndose en un disco duro, así que tuve la más obvia y barata de las ideas: copiar a mi yo del pasado. Es decir, montar un blog para ir dando salida por mi cuenta a todo ese material que se me había ido acumulando en los cajones virtuales.

De esta manera tan simple nace Fuegovisión. Un blog de relatos breves, antiguos algunos, más nuevos otros, que bordean estos géneros que tanto amo. Versiones alternativas de nuestra realidad cotidiana, tecnodelirios fruto de una actualidad retorcida. Divertimentos. Ejercicios de estilo. Amor infinito al cyberpunk y sus universos. Una pizca de sentido del humor macabro. Un buen puñado de chifladuras.

Todo eso es lo que os iréis encontrando en este blog que comparto con vosotros deseando que lo disfrutéis, y que trataré de ir actualizando con cierta regularidad. Siempre que el keroseno de las frases no se agote.

Ser un “hater”

A veces digo cosas que no debo decir. Exabruptos que llaman la atención, en tonos inapropiados. A veces hablo sin medir las palabras y a menudo aireo mis odios a los cuatro vientos. O soy crítico con ciertas cosas muy abiertamente, sin que medie mesura alguna, sin pensar en dónde, cómo, cuando, o a quien le digo las cosas. Será porque soy maño, o porque en mi casa me criaron sin demasiados filtros, pero con treinta y un añazos todavía no sé demasiado de protocolos o maneras. Tampoco sé si hay una manera “correcta” de expresarse, en oposición a una forma “errónea”.

Lo que sí es que hay formas de odiar, hay lugares desde los que dirigir y expresar la crítica. Y que la distancia entre quien desde una posición de poder, es decir, quien ejerce crítica y escarnio sobre otro por ser negro, homosexual, ateo, mujer, de izquierdas, pobre, inmigrante o miembro de cualquier otro grupo social oprimido, y quien odia desde los márgenes, desde la posición del débil, y dirige su crítica hacia arriba, a las instituciones de poder o a los órdenes sociales privilegiados, es abismal. Aunque se haya popularizado el decir que “ni de izquierdas ni de derechas”, que “los extremos se tocan”, y que día sí y día no nos tengamos que comer monsergas moralistas desde los púlpitos bienpensantes, la supuesta ecuanimidad de extremo centro no nos lleva a ningún lado y es dañina, porque tiende a patologizar todas aquellas maneras de pensar que no encajan con ella. Como por ejemplo, ahora se está patologizando a los activistas por el decrecimiento turístico diciendo que sufren un síndrome ficticio conocido como “turismofobia”. Este tipo de neolengua resulta ser, a grandes rasgos, una simple ficción que nos mantiene en un perpetuo estado de parálisis.

No puede ser que a la primera de cambio condenemos a cualquiera que discrepa de ser “un trol”, o ser “un hater”. Es cierto que hay gente suelta por ahí que sólo quiere ver el mundo arder, como decían en “El Caballero Oscuro”. Pero más cierto aún es que, en la lucha por las ideas no podemos sacudirnos el debate de encima a la primera de cambio como si fuera una mera capa de polvo o una molestia. Hay muchas maneras de disentir y criticar, muchas maneras de poner en cuestión las formas en la que nos organizamos socialmente. Y sí que creo que unas son más legítimas que otras y que su legitimidad depende del lugar desde el que estén enunciadas. De las relaciones de poder que ponen en juego. Del orden al que desafían o el orden que apuntalan. La rabia de un mosso al reventarle un ojo a un activista no es la misma que la del punk que tira abajo una puerta para crear un centro social en un edificio abandonado. La rabia de una preferentista estafada no es la misma que la de un “provida” a la puerta de una clínica abortista. Un escrache es lo contrario a una manifestación neonazi. Y nuestra tendencia a la risita nerviosa y a desviar la conversación cada vez que alguien dice algo “que no toca” es sólo muestra de lo incómodos que nos hace sentir cualquier cosa, por pequeña que sea, que desafía nuestra cada vez más limitada cosmovisión.

Para acabar, un conciso mensaje dirigido a los que cada día os inventáis chorradas nuevas para criminalizar la disidencia desde medios y poltronas:

 

La Barcelona antipática

Barcelona es una, pero son muchas. Cientos, miles de riachuelos que confluyen y dan forma a la ciudad. Aún así, Barcelona ha sido durante demasiado tiempo narrada desde lo oficial. Quizás desde siempre, pero en especial desde la llegada de aquellos Juegos Olímpicos que barrieron de un plumazo ya no la disidencia, que por suerte siempre ha estado ahí, sino la posibilidad de diálogo entre bandos, entre cosmovisiones. La ciudad diversa pasó a ser paranoica. O estás con nosotros o contra nosotros. Aplastadas otras voces bajo el peso de la Institución y de los medios afines. Mientras tanto, Javier Pérez Andújar se iba convirtiendo a través de sus textos en parte de la memoria perenne de los barrios y la clase obrera, entroncando con una tradición en la que podríamos encajar a Juan Marsé o Montalbán o Pepe Ribas o tantos otros y otras que ni siquiera publicaban libros sino que hacían sus cosas. Cada cual a lo suyo y Rubianes en la de todos.

Una memoria que, me cuesta adivinar por qué, causa un rechazo visceral en una parte de la población barcelonesa. Incluso catalana, me atrevería a decir. Los que hoy en día reclaman la independencia para un Estado que a mí me da que sólo existe, puro, prístino y en constante estado de autodefensa (de nuevo la paranoia), en un imaginario colectivo que a estas alturas dista mucho (si es que alguna vez estuvo cerca) de la realidad de una ciudad que sigue acogiendo identidades múltiples, algunas visibles, otras subterráneas. La idea que movía el pregón alternativo de Toni Albà y compañía bebe todavía de los agravios borbónicos de 1714, una narración épica de paripé ideada por una burguesía que ni siquiera se manchó las manos en aquel asedio. Entonces fueron los de a pie los que defendieron la ciudad hasta sus últimas consecuencias. Pero como de costumbre otros los que se atribuyeron el mérito. Y hoy estos mismos “botiflers” apoyan un discurso cretínamente paródico que pretende ridiculizar la voz de los miles de ciudadanos humildes de la ciudad, con sus humildes sueños de vivir bien y quizás echarse unas cervezas con los amigos de vez en cuando.

Que conste que no soy partidario de la hagiografía del obrero. Que sé que en todas partes cuecen habas. Que el venir de hogar humilde no te hace un santo ni honrado ni bueno por defecto. Pero también sé que una de las principales reglas del humor es que el bufón siempre tiene que burlarse de los poderosos. Incluso aunque se juegue el cuello. Lanzar cuatro pullas a “los comunes”, con el apoyo de los grandes medios y los amigos del poder convergente al lado, menospreciando de paso a uno de los autores más lúcidos, sensibles, humildes y por encima de todo simpáticos, que existen hoy en todo el Estado, escriba en castellano, catalán, sueco o suajili, no tiene nada de valiente. Es más, despierta en mí el más absoluto rechazo por ser humor de brocha gorda y alumno pelota. Porque además parece que  contra lo que cargan sea eso, la simpatía de bar y kiosko y chascarrillo de Andújar. Contra el tipo que va en autobús y come bocadillos y lee tebeos y lo reivindica con gracia porque si no, ¿qué le queda?. Ni siquiera poder reirse de su vida perra, en un momento que debería unirnos a todos en sana fiesta pantagruélica como es La Mercé, porque estamos destinados a ser una gran nación y cualquier otro discurso que nos baje de ahí es arrastrado, charnego, borbonita.

Yo no soy barcelonés, pero llevo suficiente tiempo en esta ciudad como para haberme encontrado esta actitud demasiadas veces. Y empiezo a pensar que es la misma que detesta toda salida de tono. Todo renglón torcido. Toda broma de mal gusto, porque el buen y mal gusto lo deciden ellos, las clases dominantes del “Upper Diagonal”, y permea, como ríos de mala baba y humor siniestro, por el subsuelo y las rambletas de la ciudad, hasta los barrios que quedan por debajo, es decir, todos. Y entonces empezamos a molestarnos por cualquier cosa, y cerramos bares y no dejamos que los músicos hagan su trabajo, y el espacio público es cada vez más estado policial y ponemos pinchos en los bordillos para que la gente no pueda sentarse y detestamos al pobre porque algo habrá hecho, y al pregonero porque levanta el puño con una sonrisa. Porque no nos gusta la gente distinta a nosotros, que hace cosas que no entendemos, o sea, todos los demás. Todos aquellos que no lleven corbata, u hojas de ruta, o permisos policiales o casaca y pelucón. Todo aquel que se ría del poder, es decir, que esté vivo.

Están haciendo que nos odiemos entre nosotros, ¿o no lo veis?

Pero por suerte Barcelona son muchas Barcelonas. Como lo es toda aquella ciudad que se precie de serlo. Y dan igual sus enfados y bravatas porque la diversidad siempre va a estar ahí mientras haya dos personas en pie frente a frente para poder mirarse a la cara. Como yo pongo estos dos vídeos uno frente al otro, para que cada cual juzgue lo que mejor le parezca.

Yo mientras tanto voy a ver si encuentro la manera de ser un poco más impuro hoy que ayer, pero menos que mañana.

Y que se metan sus casacas por el culo.

El blues de las banderas muertas

Desde que éramos pequeños, e íbamos a la escuela, el verano siempre ha tenido algo de espacio fronterizo. De limbo. Entonces, la llegada del verano significaba el fin de las clases, un vacío que rellenar a tu gusto, y el inicio de un nuevo año escolar. Eran viajes y nuevas experiencias. Dejar atrás una ciudad que se quedaba vacía y a unos amigos a los que no sabías si ibas a reconocer cuando volvieran de unas vacaciones que parecían eternas. Los días que no acababan nunca, las pelis baratas en la televisión y las noches en las que costaba dormir si no era amorrado a un ventilador. Ya en aquellos días empezabas a entender que en verano el tiempo se dilata, los ritmos de la vida funcionan de otra manera. Y llegabas a intuir que en algunos momentos, esa travesía pesada por el desierto de un agosto en la ciudad podía resultar tediosa, angustiosa incluso. Pero también sabías que cuando llegara septiembre y volvieras a clase, tendrías una sensación inequívoca de nuevo comienzo. Y pim pam.

Nunca he echado mucho de menos mi infancia ni adolescencia. Pero a veces me gustaría volver a poder sentir ese vértigo de la vuelta a clase. Esa sensación de verano como un territorio inexplorado, con sus descubrimientos felices y sus temores asociados, terribles pero excitantes. Porque sí, en muchos sentidos, con los años los veranos han seguido siendo para mí momentos de cambio. Incluso cuando ya hace muchos julios que dejé de estudiar. Pero lo cierto es que estos momentos de brusca transición se han ido volviendo más y más complejos, agotadores y en ocasiones hasta me han llevado por territorios en los que no me ha gustado mucho adentrarme.

Por suerte, para afrontar este tipo de situaciones complicadas, confusas, o de metamorfosis, siempre he podido volcarme en cualquier tipo de actividad creativa. Hacer vídeos, dibujar o escribir algo de poesía barata para vomitar lo que te remueve las tripas. Sin ningún objetivo, sin que nadie te vea. Pero por el placer y la necesidad de sacarte el engrudo de dentro.

La mayor parte de las cosas que hago, al menos aquellas que surgen de mi iniciativa personal, siempre tienen que ver, en mayor o menor medida, con descifrar algún aspecto de lo que me rodea. O simplemente, con dejar constancia.

En el verano de 2012, por circunstancias personales y laborales, viví uno de esos periodos veraniegos transformadores. Entonces hice una pieza a la que llamé Verano de Rescates. Era la época en la que el PP se había propuesto transformar nuestro país en el cortijo neoliberal que es hoy, a razón de un decreto-ley cada viernes, y todo el mundo hablaba de la prima de riesgo sin saber muy bien de qué iba la cosa. Mientras tanto yo, después de unos meses un tanto turbulentos, viví con gente que me dio mucha paz en un lugar que, pese al tráfico que nos acosaba a todas horas, estaba lleno de luz y parecía a veces el centro del universo. El ojo del huracán. Nada nos afectaba. Además aproveché el verano para verme Twin Peaks, y conecté mucho con el zumbado del Agente Cooper y su manera zen de afrontar los problemas.

Conclusión: aquel vídeo, que os he dejado justo aquí arriba, está recorrido por una corriente subterránea de calma, y una sensación de estar describiendo un sueño plácido. Un refugio frente al mundo violento de afuera.

Pero de nuevo han pasado los años. Es 2016. La crisis sigue sobre nosotros y en muchos sentidos no ha hecho más que profundizarse. Barcelona y sus habitantes resistimos como buenamente podemos. Muchas cosas han cambiado en mi vida. Pero hete aquí que de nuevo, sin casi anticiparlo, me veo de pronto afrontando de nuevo un periodo de transformación. Y éste, para que engañarnos, ha golpeado fuerte y de forma bastante más dolorosa. Que no es para tanto, seguro. Que el mundo está muy mal. Pues claro. Pero aquí hay que hacer un ejercicio de honestidad. Si el vídeo que he acabado haciendo (que os he dejado arriba del todo) es áspero, y tiene el medidor emocional subido al 11, es porque he intentado explicar de la forma más directa, sin apenas filtros, cómo me he sentido durante estos dos meses y pico de verano a través del yermo de Barcelona.

Por eso está todo grabado con el móvil, sin planificación alguna. Por eso, aunque sé que no tengo la mejor voz del mundo, soy yo quien habla. También, aunque es la primera vez que grabo algo parecido a una pieza musical, he sido yo quien ha hecho todo el apartado sonoro. Porque esto es una especie de exorcismo, más que algo premeditado. Y tenía que hacerlo yo de arriba abajo y sin barreras. Una salida para el momento en que todo salta por los aires y te toca ir recogiendo los pedazos poco a poco. Sin dramas, pero con una pena que se te ha quedado metida en el cuerpo.

Y que no me digan a mí que sentirte en el pozo de vez en cuando es sólo para adolescentes. Si tenéis el espíritu muerto, chavalada, no es mi problema.

Más allá de toda la cháchara emo, Verano de Vigilias bebe de muchas otras fuentes: la cantidad de películas de terror que he visto en los últimos meses, la música de bandas doom como Earth u Orthodox, unas cuantas noches sin dormir, o la canción que en realidad lo inició todo, el Dead Flag Blues de GY!BE, cuyo texto me he permitido traducir y que he ido intercalándo con otro monólogo. Al final de todo os dejo la letra, para que, si os apetece, encajéis las piezas del puzzle.

Y ahora, a ver el vídeo y disfrutarlo. Que al menos los malos momentos sirvan para algo.

“The car’s on fire and there’s no driver at the wheel

and the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
and a dark wind blows.

The government is corrupt
and we’re on so many drugs
with the radio on and the curtains drawn.

We’re trapped in the belly of this horrible machine
and the machine is bleeding to death.

The sun has fallen down
and the billboards are all leering
and the flags are all dead at the top of their poles.

It went like this:

The buildings tumbled in on themselves
mothers clutching babies picked through the rubble
and pulled out their hair.

The skyline was beautiful on fire
all twisted metal stretching upwards
everything washed in a thin orange haze.

I said: “kiss me, you’re beautiful –
these are truly the last days”

You grabbed my hand and we fell into it
like a daydream or a fever.

We woke up one morning and fell a little further down –
for sure it’s the valley of death.

I open up my wallet
and it’s full of blood.”