Lo urgente y lo importante

Estamos en campaña. Supongo que por eso me llega un mail de la alcaldesa a la bandeja de entrada. En él, explican decenas de medidas que ha tomado el gobierno de BComú en dos años de gobierno (recordemos, un gobierno en minoría la mayor parte del tiempo, pues aunque haya estado aliado con el PSC hasta ahora, eso no le ha salvado de las malas lenguas ni las puñaladas traperas ni de las sanguijuelas que pueblan el partido), muchas de ellas vinculadas con el programa que prometieron aplicar: ecologista, social, feminista, transversal. Gobernar para todos los barceloneses, dando voz y escuchando a los movimientos sociales. Tratando de armarse contra el tsunami neoliberal que amenaza nuestras vidas miremos al punto cardinal que miremos. Y la verdad, me impresiona. Y a la vez siento una enorme pena.

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El mal nuestro de cada día

1.

Hace ya más de un año, mi novia y yo compartíamos un piso muy bonito en el barrio de Sants, que habíamos ido decorando a nuestro gusto, adaptándolo a nuestra manera de vivir. Como si tuviéramos puñetera idea de cómo vivir. Por circunstancias diversas y el paso de los meses, el plan que parecía perfecto acabó por no serlo tanto, de una forma bastante poco sorprendente, por otro lado. El caos se apoderó del lugar, hasta el punto de que se nos rompió el amor de tanto usarlo y la convivencia, en un momento difícil para los dos, se deshilachó hasta el punto de que arrastró la relación al agujero.

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Radicales libres (2ª parte)

Tras la tempestad, la calma. Tras la fiesta, la resaca. Tras el 1-O, un abismo de dudas y sensaciones revueltas. Todos los que estuvimos allí sabíamos que era donde teníamos que estar. Que habíamos asistido a algo importante. Pero también, que como proyecto común todavía no tenía forma concreta, ni una única salida u objetivo. Que pese a nuestros actos como ciudadanos, como civiles organizados, íbamos a seguir sujetos a una realidad material, y a unos poderes políticos, que en muchos sentidos nos sobrepasan y superan. Por eso, cuando llegó el dos de octubre, lo hizo acompañado de mucha incertidumbre. De una sensación de “¿y ahora qué?”, y una normalidad aparente que era de todo menos normal. Teníamos que volver a nuestros trabajos, a nuestras vidas, sabiendo que ante nosotros se abría un horizonte turbulento. Que nuestra realidad cotidiana podía estar a punto de cambiar radicalmente, o que quizá, peor todavía, iba a seguir igual que siempre. Los sindicatos (aunque no los mayoritarios, claro), organizaciones civiles, colectivos de todo pelaje, empresas particulares, instituciones, llamaban a detener el país el día siguiente, y mientras tanto, en nuestros curros, nuestros muros de Facebook, en el bar en el que hago el café y el cruasán, no se hablaba de otra cosa. “¿Y ahora qué?”. Que si DUI, que si no, que si tanques, que si no, que si Europa que si no. Todo parecía a-punto-de, como si nos hubiéramos metido en la caja del gato de Schrödinger y hasta que alguien no llegara a abrirla, estuviéramos a la vez vivos y muertos.

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Radicales libres (1ª parte)

4 de octubre, noche.

Solo en casa, en calma, de noche, escribo sobre lo vivido en los últimos días. La anterior entrada del blog data de un par de días antes del 1-O. En ella, apuntaba a mi convicción de que, pese a no ser yo independentista ni fiarme para nada de los convergents, el (no)referéndum debía defenderse, porque en buena parte era una muestra del pueblo catalán en movimiento. Porque o se cree en el derecho a opinar, o no. Porque o se cree en la libertad, o no. Porque no se apoya la democracia a medias, para unos sí, y para otros, que piensan distinto, pues ya tal. También apuntaba a la posible represión violenta, y a que quizás nos encontráramos en una situación extraña, por la cual mi gente y yo, en general no alineados con todo el tema Procés, estaríamos defendiendo en las calles a quienes sí lo están. E iríamos a votar. Y efectivamente, todo eso pasó. Y llegó el 2 de octubre, porque como bien cantaban (y cantan) mis queridos Nueva Vulcano, “he oído que acostumbra a haber una mañana siguiente”.

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Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

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Trump, o la renuncia

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El fascismo es la muerte de la empatía. El fin de la política, que en su acepción más radical es la idea de que personas distintas pueden convivir llegando a acuerdos. La glorificación de la idea paranoica de enemigo, del “o estás conmigo o contra mí”. La lógica del niño malcriado que lo quiere todo y lo quiere ya convertida en medida del mundo. Trump es un ser repulsivo, pero no es el mal que vive fuera de nosotros. Él, Marine Le Pen, Nigel Farage, Geert Wilders, no son un ente demoníaco ajeno a nosotros, sino la manifestación definitiva de un camino que como sociedad emprendimos mucho tiempo atrás. La metástasis de un sistema que veta por decreto la compasión, el apoyo mutuo, la afirmación de que no todo puede ser reglado, el derecho a la autodeterminación de cada grupo social. El fascismo somos nosotros mismos no queriendo ver. Encerrados en la lógica de las redes sociales que distorsionan la realidad de lo que ocurre cuando salimos a la calle y el mundo es múltiple, complejo, hermoso, extraño, violento, alegre pese a todo. Mandando a los perros de la autoridad a que acaben con toda disidencia que nos incomode. Nosotros eligiendo nuestro bienestar personal por encima del de nuestro vecino.

Ante esta deriva autoritaria, rancia, violenta, desprovista de sentido del humor, que levanta muros como única solución a la existencia del otro, necesitamos voces que apoyen la empatía radical, la lógica sobre la que se funda la única democracia posible: la que defiende con uñas y dientes nuestro derecho a ser individuos complejos y nuestra obligación de comprender lo que nos une y nos pone en común con aquellos que un sistema injusto nos ha enseñado a ver como una amenaza. Contra el odio: la aceptación del otro más allá de buenismos, el convencimiento de que la política tiene que volver a invadirlo todo para que asumamos la necesidad de convivir, el amor que expande nuestra visión del mundo. Me resisto a caer en la desesperación. Sé que somos muchas y sé que tenemos armas. Yo estoy más que dispuesto a empuñarlas.

La ciudad sí es para mí

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2015 fue un año de cambios. Tuvo de todo, proyectos que empiezan, trabajos que acaban y alguna que otra idea que prometía que no se acabó de concretar. También fue escenario de unas interminables obras en mi hogar, alguna que otra boda (no mía) y de muchos cumpleaños de los de la quinta del 85. El número de días con resaca ascendió aproximadamente a quinientos veintipico.

Después de algo así como año y medio escribiendo para la revista Playground, eso se acabó. Tras un par de meses de sana rascada genital me incorporé al equipo del FAD Barcelona para coordinar una exposición retrospectiva del City to City, un premio internacional que la entidad lleva otorgando desde 2008 a proyectos de mejora de la vida en las ciudades. En 2015 el FAD quería darle un vuelco al premio y para ello decidieron hacer una exposición diferente a todo lo que habían montado hasta entonces.

El proyecto, al que entré un poco de rebote, acabó convirtiéndose en una experiencia muy divertida y sobre todo instructiva en muchos sentidos: no sólo en términos de qué significa montar una exposición, cosa que no había hecho nunca, o de trabajar con un montón de gente distinta en ese contexto, sino sobre todo porque tuve la oportunidad de conocer un poco mejor cómo funcionan las políticas de control del espacio público en Barcelona, y reflexionar en torno a la manera en la que estamos manejando la vida cotidiana en la ciudad.

No me extenderé mucho en esta materia, si queréis saber más sobre todas estas cosas que explico podéis ir a la web del premio. Sólo diré que a lo largo de estos meses de encontronazos, burocracia, creatividad y charlas con gente diversa de lo más interesante, salí convencido de que si hay algo que quiera hacer es seguir indagando en las maneras en cómo vivimos y organizamos nuestra vida en la ciudad. No desde el punto de vista del estudioso que todo lo basa en datos y bibliografía, sino desde la humilde pasión del caminante y desde el convencimiento de que si no damos con otra manera de vivir, las ciudades que amamos se nos morirán en las manos.

En 2016 continuamos con el City to City, con una convocatoria de premio que estará abierta hasta abril, y actividades que preparamos para ir haciendo a lo largo del año. Espero poder seguir conociendo gente estupenda y contribuyendo con mi grano de arena a que Barcelona sea cada día un lugar un poco más vivible.

En parte por eso también he decidido hacer algo que no hubiera imaginado jamás que acabaría haciendo: montarme un canal de Youtube. Se llama Mutaciones del Fantasma y en él voy a intentar explorar algunas cuestiones que siempre me han interesado en torno a las ciudades, desde la perspectiva de su presencia en el cine y el audiovisual. Me apasiona meterme a investigar en esa intersección entre la ciudad y la pantalla, las maneras en las que representamos nuestra vida cotidiana y cómo se relacionan con nuestra vida real. Todo siempre hecho desde el amor, la broma y con ganas de tocar un poco las narices a nuestro querido establishment mediático y político.

Si queréis echarle un ojo, no tenéis más que seguir este link. Y no olvidéis comentar, tanto si os gusta como si lo encontráis abominable. Tengo intención de seguir colgando vídeos en él, así que toda sugerencia o amenaza de muerte se agradece.

Feliz año a todos, y a seguir bien.

Del voto y otras hierbas

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Equipo de comunicación de Barcelona En Comú en la noche del debate final entre alcaldables de Barcelona 21/05/15

El 24 de mayo de 2015 será una fecha que muchos de nosotros vamos a recordar intensamente. La primera vez que muchos votaremos en unas municipales con ilusión verdadera, con incertidumbre, con un nudo en el estómago. Con el vértigo de la duda y la esperanza y un brillo raro en los ojos. Mirándonos unos a otros en los colegios electorales y las calles como nunca antes habíamos hecho. Con complicidad y una sonrisa que lucha por escaparse de los labios.

Estas elecciones serán el verdadero primer paso serio que muchos vivimos desde que en 2011 las plazas estallaran. En mi vida, en las vidas de tantos, han pasado demasiadas cosas en estos cuatro años como para resumirlas en un párrafo. Pero digamos que ha habido desconcierto e ilusión, ha habido miedo y rabia, ha habido ideas y conversaciones y gritos y lágrimas y sobre todo proyectos. Vitales, de los que importan. De los que se podrían llamar, citando a Nacho Vegas, una “resituación”.

Para muchos y muchas de nosotros, esos proyectos han pasado necesariamente por la politización de la vida y la ruptura con ciertas ideas hegemónicas. Por el descubrimiento de “lo común”, del “otro”, de todas las opciones vitales que los medios, el aparato estatal y la educación tradicional nos habían negado. De las que nosotros mismos, muchas veces sin querer, nos habíamos ido alejando. Y en ese proceso de involucrarse con otras formas de vida, de reivindicar derechos, de “devenir nosotros”, hemos elegido muchos caminos distintos. Desde los proyectos libertarios al activismo de barrio, las intervenciones artísticas, el cooperativismo, la protesta, la resistencia, la okupación… Hasta la lucha por recuperar unas instituciones que muchos veíamos secuestradas por poderes ajenos al bien general.

Este domingo será la primera y muy importante prueba de fuego para los que tomaron ese último camino y llevan mucho tiempo trabajando en sus proyectos políticos, pero también para una ciudadanía que en buena medida todavía vive en un magma de expectación, miedo, resignación, negación, desconfianza, necesidad, furia y urgencia. Lo viejo y lo nuevo conviven, dan forma a nuevas criaturas, y a veces también a monstruos.

voto

Pase lo que pase, las reglas del juego ya están cambiando mientras escribo esto. No tiene que ver sólo con el resultado de estas elecciones, sino más bien con la manera en la que estamos viviéndolas (y practicándolas) como sociedad, como ciudad, como vecinos. Como además quiero ver a dónde nos llevará todo esto, iré a votar. Podría parecer lógico, ya que he estado involucrado activamente en una de esas nuevas candidaturas municipalistas. Pero es a la vez raro para mí, ya que mis posiciones políticas personales no pasan necesariamente por la institución. Y lo más raro de todo es que votaré contento. Orgulloso.

No me he convertido de pronto en un fundamentalista del sistema electoral. Creo que hay cantidad de brechas y espacios de actividad política que desarrollar cada día que no tienen nada que ver con lo que conocemos como “democracia”, una experiencia muy incompleta. Además ha habido parte de la vivencia de campaña que se me ha hecho muy cuesta arriba, sobre todo la parte que tiene que ver con la manipulación de los medios y las opiniones en redes sociales. Pero sí que tengo la ilusión de que este largo proceso conduzca a un primer hito importante. De que empiece el deshielo.

Me cuesta mucho imaginar cómo habrán vivido todos estos últimos meses, y en especial las últimas semanas de campaña todos aquellos amigos, familiares, conocidos o gente a la que me cruzo por la calle, que normalmente no están muy involucrados en temas políticos. La percepción que da vivir algo de cerca hace difícil la perspectiva. Pero sé que habrá por ahí mucha gente que, por convicción, por desidia, por desánimo, por resignación, por no haberse podido decidir o como forma de protesta, se debate todavía entre el votar o no y que no tiene nada claro qué hará el domingo.

En un sistema democrático, y aunque a veces pese, cualquier opción de voto o de abstención ha de ser radicalmente respetada. Por eso yo no diría nada al respecto si no pensara que realmente hay razones para hacerlo. Que estas no son unas elecciones cualquiera. Y que hay motivos para levantarse del sofá e ir a votar. Al menos yo los tengo, y quiero compartirlos.

postales2Porque las ciudades son el campo de batalla político del siglo XXI. Los entornos urbanos acumulan riqueza, diversidad e ideas. Son el epicentro de las tensiones y las desigualdades más grandes, pero también, como lo han sido siempre, de todas las formas de innovación social que tengamos que inventar sobre la base de lo que ya existe. Quiero formar parte del tejido vibrante y complejo que da forma a la ciudad. Quiero reclamar para nosotros un entorno urbano que se nos lleva años escamoteando. Eso se hace día a día, en los barrios y las calles, pero también tomando unas instituciones urbanas que se pensaron (y lucharon) en común pero se han gestionado prácticamente siempre en petit comité. La democracia urbana está por llegar todavía, y está en nuestras manos que sea una realidad.

Por toda la gente a la que, como a mí, le gustaría instalarse en un barrio, echar raíces, procurar a los que vendrán un entorno digno, una vida vivible. Hay que acabar con la idea de que sólo votamos por nosotros mismos, de que cualquier manifestación política sólo va dirigida a nuestro propio bienestar. Ni la dignidad ni la libertad son bienes individuales. Nuestra libertad no acaba donde empieza la de otros. Es un bien común que hay proteger entre todos. El lema libertario “si tocan a una nos tocan a todas” sintetiza esta idea. Y las instituciones que ahora mismo nos oprimen llevan ya demasiados años tocándonos (la dignidad y las narices). Por eso tenemos que defender en común esa libertad, eligiendo representantes que simpaticen con nosotros y nos defiendan frente a posibles abusos, en lugar de ser ellos los que abusan.

Porque esas instituciones que están por encima de mí me dominan, me representen o no como ciudadano y persona. Por tanto tengo que intentar, junto con mi tribu, que las armas de su dominación no me asfixien. La única manera de que eso suceda es que la institución y yo tengamos más cosas en común. Esto es, que mis representantes se parezcan más a mí, que entiendan mi posición dentro del entramando social y no me vean como un enemigo.

patossaPorque todas las luchas son simultáneas. En el tejido político-asociativo a pie de calle inquieta que la entrada en el escenario de nuevas formaciones políticas debilite el trabajo cotidiano de muchos años de los movimientos veteranos en la lucha. Es un miedo legítimo, pero tal y como yo lo veo, esto sólo ocurrirá en la medida que las formaciones políticas electas se separen de la base social, y sobre todo de que les permitamos o no separarse de ella. Una ciudad vivible es una ciudad en la que todos los procesos de cambio, los que se llevan a cabo desde la institución, los que se desarrollan en ateneos, asociaciones, calles, plazas, son la misma lucha. Si queremos conseguir resultados, tenemos que entender que, desde que Thomas Müntzer y sus campesinos gritaran “¡Todo es común!” en la revolución de 1525, sólo ha habido en realidad dos grandes tipos de lucha: la del poderoso contra el oprimido y la de quien quiere compartir contra el que quiere poseer a costa de los demás. Por eso debemos actuar en todos los frentes, abrir todos los caminos, tender todos los puentes. Hacernos fuertes en la calle y en el hemiciclo. Aprovechar cualquier grieta que se nos presente para hacer palanca. Estas elecciones son sin duda una de esas grietas.

Porque vivimos un momento excepcional, y para superar los retos que se nos vienen encima vamos a necesitar toda la ayuda y organización que podamos conseguir. Y no hablamos sólo de la imperiosa necesidad de limpiar las instituciones de corrupción, asegurar las pensiones o acabar con la precariedad laboral. Hablamos de verdaderos desafíos a nuestra soberanía popular, decretos y leyes gestados desde despachos con total opacidad, tratados negociados en secreto por entidades muy poderosas, como ese amenazador TTIP que básicamente está pensado para que Europa se rinda a las grandes corporaciones estadounidenses. Que podamos o no impedir la firma de estos acuerdos que condicionarán nuestra vida y la de las generaciones por venir puede depender en gran medida de lo que hagamos en este año de elecciones municipales, autonómicas y generales. De lo fuerte que consigamos oponernos a un poder que hasta hace bien poco nos parecía irreductible.

Porque a ese poder le interesa la abstención. Cualquier espacio de silencio les sirve a ellos para llenarlo con su discurso, a través de su tupida y omnipresente red de propaganda institucional. ¿Os acordáis de la mayoría silenciosa que tanto ha aireado el PP durante las miles de manifestaciones que han poblado el país durante su gobierno? Es la misma a la que citaba Nixon cuarenta añjuliasolans-732x1024os atrás mientras llevaba a cabo su imperialista y desastrosa guerra de Vietnam. Pero como le contestaba entonces Jerry Rubin, “¿Cómo sabe usted que esa mayoría existe, si no habla?”. No dejaré que se apropien de mi silencio y para ello usaré todas las herramientas que estén a mi alcance. Esta vez mi martillo será mi voto.

Porque todo acto político es profundamente íntimo. El discurso tecnócrata (ni de izquierdas ni de derechas, bien hecho) es una falacia. La tecnocracia es una ideología como cualquier otra, que suele utilizar el poderoso para mantenerse en el poder. No hay como un experto para desactivar el pensamiento crítico y convertir al opositor en un animal irracional. Por tanto, si dejamos la vida política en sus manos, basta con elegir al experto que más nos convenga para inclinar la balanza a nuestro favor. Por el contrario, una conexión íntima creada a través de lazos de solidaridad, empatía, trabajo mutuo, colaboración e ilusiones compartidas es algo mucho más sólido, y algo en lo que verdaderamente confío a la hora de tomar decisiones que afectan a mi comunidad. Una aproximación íntima a la política implica que no estaremos pendientes de índices de bolsa, encuestas, informes, o cualquier otra fuente de datos altamente volátil y manipulable. Significa que entendemos la política como una posición en el mundo, como una manera de relacionarnos. Que en nuestro fuero más íntimo nos estamos poniendo del lado del que sufre o del que oprime, del que no tiene o del que lo tiene todo. Que estamos tendiendo una mano, o estamos poniendo un muro. Elegir lo primero es lo que llaman “política de los cuidados”. Hoy estoy ilusionado porque confío en que hay candidaturas en todo el estado, y en mi ciudad, que comprenden que algo tan fundamental para entendernos en sociedad ya no puede ser obviado, sino que tiene que pasar a primera línea de debate.

Porque quiero reivindicar la alegría. Junto con los cuidados, otra de las ideas que se respira en las nuevas formaciones es afirmar la necesidad de construir un entorno urbano mejor, pero no con la rigidez del estadista, sino con el calor de los abrazos y la solidaridad. Y también con humor, con broma, con descaro, y usando referentes que todos manejamos en procesos que no parten de una sola persona o un gabinete sino de un colectivo que ha decidido autodeterminarse. Para eso, y para resistir las embestidas del poder constituido, hace falta mucha paciencia, mucho coraje, y muchas risas. Para crear vínculos, para poder hablar de un verdadero engranaje de convivencia que no sea impuesta sino real, para elaborar un lenguaje común. Como ya muestra la pequeña colección de carteles que ilustran estas palabras, esta campaña municipal ha llenado Madrid, Barcelona y las redes de color, de swaj, de fuegote. Y lo hemos pasado fetén. Esa ya es otra pequeña victoria.

Porque el acto político también es imaginación hecha cuerpo. La política no es sólo una gestión eficiente de recursos, sino que ante todo es una herramienta para llevar a la práctica las maneras de vivir que imaginamos. Una democracia real debería proteger esa diversidad, permitirnos idear nuevas maneras de convivir, de comunicarnos, de cuidarnos. Hoy somos muchos los que compartimos un horizonte común, porque llevamos tiempo imaginando juntos. Ahora toca llevar eso a la práctica. Lo haremos día a día, reivindicándonos allá donde vayamos, pero queremos que nuestras instituciones nos ayuden también a hacer realidad esas ideas. Y este es un camino que para muchos empieza este domingo.

¿Damos el primer paso?

Mientras os lo pensáis aquí os dejo unas cuantas canciones de guerrilla. ¡Salud!

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