El mal nuestro de cada día

1.

Hace ya más de un año, mi novia y yo compartíamos un piso muy bonito en el barrio de Sants, que habíamos ido decorando a nuestro gusto, adaptándolo a nuestra manera de vivir. Como si tuviéramos puñetera idea de cómo vivir. Por circunstancias diversas y el paso de los meses, el plan que parecía perfecto acabó por no serlo tanto, de una forma bastante poco sorprendente, por otro lado. El caos se apoderó del lugar, hasta el punto de que se nos rompió el amor de tanto usarlo y la convivencia, en un momento difícil para los dos, se deshilachó hasta el punto de que arrastró la relación al agujero.

Hasta aquí, nada demasiado nuevo. Una ruptura sentimental, un piso que se rompe, sólo un cliché de las relaciones amorosas heteronormativas. Se ha explicado mil veces. Dos personas se ven de pronto solas en un piso que de alguna manera debería encapsular su futuro en relación a ellos mismos, sus pasiones y afectos, y sobre todo en relación con el mercado inmobiliario, que es una jodida fábrica de normativa rígida como el acero. Ese mercado quiere convertirte en una mónada aislada de todo lo demás, en la que se supone que tú y tu pareja debéis buscar acomodo, porque así se hacen las cosas en el terreno de los amores y del hábitat urbano. Congeniar, copular, abrirse una cuenta bancaria compartida, y pasar el resto de tus días viéndote la cara con la misma persona, hasta que quizás un día vengan nuevas caras, pequeñitas y rollizas, en forma de ADN combinado.

El modelo se demostró insuficiente, arcaico, falsario. Nuestras inquietudes chocaron contra un muro hecho de convenciones, y al vernos en semejante brete, joder si sufrimos. ¿Estábamos haciendo algo mal?¿Había alguna pieza defectuosa en nuestros organismos? Diría que no. Pasado ya el tiempo, los llantos, la resaca y la psicoterapia, lo que me extraña es que esto no pase más a menudo. Muchos no encajamos en el tipo de relaciones que se han predeterminado para nosotros, y pasamos nuestras vidas acomplejados, atemorizados y rotos ante ello. Por suerte, nuestra historia no termina ahí. Continúa hoy en un proceso de reinvención constante de lo que queremos ser y de cómo queremos convivir. El amor y la propiedad son dos cosas distintas. Dos universos de significado, muchas veces en conflicto a cuchilladas.

2.

Con toda la pena a cuestas, mi pareja se fue a vivir a otro lugar, y al cabo de un tiempo de borracheras y soledad (otro cliché), yo también. Dejamos de vernos durante meses. El piso que compartíamos lo ocuparon los fantasmas, ya no importa más que a los exégetas de la nostalgia. Ella acabó en el Poble Sec, en un piso que compartía, y aún comparte, con otros dos chicos. Eventualmente, volvimos a vernos, y retomamos nuestra relación. Por eso ahora, soy testigo habitual de su convivencia con ellos en un quinto sin ascensor, en un piso muy soleado y de distribución extraña, con paredes que se desvían en diagonales raras. Es aquí cuando las cosas se ponen interesantes.

El Inquilino “oficial”, quien figura en el contrato, es un chico de veintimuchos, estudiante en un máster de filosofía. Mi pareja, a la que llamaré A y el otro chico, al que llamaré M, no constan en ningún papel. Son realquilados sin derechos, como tantos otros, como yo mismo en el piso que hoy comparto con otras dos personas en el Eixample Dreta. En un principio, todo pareció correcto en esa convivencia a tres bandas. A y M, quien por cierto es de origen norteamericano, se entendían bien, hacían planes juntos, mezclaron amigos, asistían a fiestas, montaban cenas. Mientras tanto, Inquilino se mantenía relativamente al margen de todo, pero sin roces. Éstos, sin embargo, no tardaron en aparecer. Inquilino, que había decretado las reglas del piso para que toda su organización se inclinara siempre hacia su beneficio, resultó ser un tipo apático y antisocial, que apenas salía de su habitación y con quien era muy difícil establecer ningún tipo de comunicación. Empezó a tomar pequeñas decisiones de manera completamente unilateral, dejando cada vez más patente que las otras dos personas que allí vivían eran meros instrumentos para pagar un alquiler difícil de asumir para un joven estudiante como él. Con el tiempo, incluso el reparto de los gastos e ingresos del piso empezó a resultar sospechoso, y echando cuentas de manera estimada, parecía también que estuviera establecido a su favor, de forma totalmente injusta dado que él se había hecho con toda el ala norte del piso, con un gran espacio que en realidad por la lógica de la distribución parecía más indicado para montar en él un gran salón comedor.

Pasaron los meses y crecieron los recelos. A y M se hicieron amigos, y a veces se reían, nerviosos, de las incongruencias, desapariciones y actos aleatorios de su compañero de piso, que desafiaban toda lógica de la convivencia conocida por ellos. Se estableció una dinámica de bandos que ellos no habían buscado en ningún momento, que hacía la convivencia en el piso muy incómoda, pero que al menos les sirvió como respuesta a una situación que en muchos sentidos les parecía incomprensible. La estrategia de Inquilino parecía basada en demostrar constantemente, mediante un estrategia pasivo-agresiva, que aquella era su casa, y que quien fuera que viviera en el resto de habitaciones no tenía en ella ni voz ni voto. Así, fue minando la paciencia de los otros dos, en sucesivos pequeños episodios de violencia cotidiana e indirecta, hasta que por fin un día, llegó el incidente: M tenía que dejar el piso en menos de un mes. Otra persona venía a la casa, en su lugar.

Las mediaciones de A y una charla a tres, la primera que se hacía en esa casa después de más de un año de cohabitar, no sirvieron de nada. Una nueva persona, a la que nadie conocía de nada, iba a instalarse en la habitación. Como dato que añade agravio al desaire, ni siquiera Inquilino parecía conocer demasiado a esa persona, pero por lo visto le interesaba desde un punto de vista académico. Visto lo visto, y antes de la fecha prevista, M se fue. Por suerte, pudo encontrar acomodo en la casa de su novio. Un acomodo que en principio es temporal, pero que al menos le salva de tener que estar buscando piso con urgencia en una ciudad en la que los alquileres son cada día más inasumibles para franjas cada vez más amplias de la población. Más teniendo en cuenta que él es un extranjero de paso. Así, A se encontró de pronto con un extraño viviendo en lugar de su amigo, y atascada en una casa en la que su opinión no importaba en absoluto.

Un último dato, que creo importante: Inquilino viene de un pueblo de la Catalunya interior, y es un declarado independentista. En los últimos dos meses de tumulto político, ha colgado de todas las ventanas del piso, sin consultar en ningún momento a sus compañeros, banderas esteladas, mensajes de “Sí” y de “Democràcia”. Ha estado presente en todas las movilizaciones que se han producido en las calles a partir del 20S, iniciadas con la detención de funcionarios y el asalto inadmisible a instituciones catalanas de todo pelaje. Estuvo presente el 1O, ha participado en las asambleas de barrio y en el CDR del Poble Sec. Por conversaciones dispersas que ha tenido con A, se le podría encajar en posiciones cercanas a las CUP. Si uno no conociera sus prácticas cotidianas, si le viera por la calle y hablara distraídamente con él, se le podría considerar una persona de izquierdas, republicano convencido, activista movilizado en pos de la libertad de un pueblo y tozudo demócrata partidario de la autodeterminación de los pueblos soberanos. Y cualquiera podría sentirse cercano a él y a sus posturas, pues muchos, más allá del ansia independentista y como he explicado extensamente en otros posts, compartimos ese anhelo de libertad, de participación horizontal y de repulsa ante los abusos de un Estado Español franquista desatado al que nadie ha dado vela en este entierro.

Pero conocemos sus debilidades. Vemos como su desdén cotidiano, de baja intensidad, impacta en las vidas de los que tiene más cerca. Vemos cómo, pese a estar al parecer muy preocupado por los vaivenes y derivas de la política estatal, se muestra completamente insensible a la política que tiene en sus manos practicar, que es la de tejer redes de afinidad, afecto y cuidados con las personas que tiene más cerca. En un momento dado de sus conversaciones con A llega a decir que eso que él está haciendo ahora (expulsar a una persona de su piso sin ningún miramiento, por vete a saber qué rencillas o por puro interés personal en el cambio) es algo que también le ha pasado a él, y que “al menos esta vez puedo hacerlo yo”. Ojo por ojo en diferido, rencores adquiridos por la crudeza de unas experiencias que por lo visto no le han hecho más compasivo sino lo contrario. Ante la crudeza de un momento histórico y social determinado, difícil para muchas personas en su misma situación, en lugar de invocar a aquello que nos hace daño a todos, y tratar de poner gasas y tiritas, decide echar sal en la herida, continuar con la rueda interminable del maltrato.

Veo aquí una clara disonancia cognitiva entre lo que Inquilino debe de pensar de sí mismo y lo que en realidad practica. Una disonancia entre La Política, entendida en las mayúsculas que nos han enseñado a usar, y la política que todos practicamos en nuestro día a día, en cada pequeña parcela de poder que nos es dado aplicar. Una disonancia que por desgracia no es para nada exclusiva de Inquilino. Es la misma que lleva a quienes fueron mis compañeros de piso durante un breve periodo a principios de año a cobrar una cantidad de dinero desorbitada a sus otros compañeros para ahorrarse un par de cientos de euros de alquiler. Gente simpática y legal y con la que uno puede sentir afinidad en muchos ámbitos, pero que convierten su día a día en una serie de relaciones asimétricas de poder. La misma disonancia de quien se queja de que en Barcelona el aire está muy contaminado pero es incapaz de imaginar un mundo sin coches en el cual tenga que ir a trabajar andando o en bicicleta. Quejarse del atasco cuando uno mismo es parte del tráfico. Denunciar a los líderes políticos que gobiernan nuestras vidas cuando nunca has intentado generar alternativa política alguna, ningún cambio sustancial en tu vida ni en la de los que te rodean.

3.

En estos días de delirio político y toneladas de palabras altisonantes lanzadas a la cara del “enemigo” no paro de pensar en Hannah Arendt. En su idea de que el mal es aquello que hacemos por negarnos a pensar (pensar y pensarnos, reflexionar sobre las consecuencias directas e indirectas de nuestras acciones, pensar en nuestro posicionamiento en un entramado social, como parte inexcusable de un barullo en el cual estamos todos inevitablemente ligados). En su idea de que la libertad no es aquello que, como declamaba John Stuart Mill, termina donde empieza la libertad de los otros, sino aquello que nos damos los unos a los otros en diálogo constante. Que no tiene sentido hablar la libertad de unos presos políticos si no hablamos de la libertad de todos, si ignoramos que en nuestro país siempre ha habido esta clase de presos. Que no vale apoyar unas ideas de Estado abstractas por muy progresistas que puedan ser, si en tu vida cotidiana no tienes intención alguna de mejorar, aunque sea a pequeña escala, la vida de los demás. Ese es el bienestar real que nos damos. Sin esa conciencia, estamos vendidos a los vaivenes de un Estado y una Realpolitik que nunca se va a preocupar por el pez más chico.

Si hablamos de ciudad, estas derivas cotidianas tienen una importancia capital. Podemos quejarnos todo lo que queramos sobre las políticas antisociales de un gobierno concreto. Podemos indignarnos ante la subida brutal de los alquileres en la ciudad de turno, o ante la gentrificación salvaje de nuestros barrios. Pero no podemos olvidar que en muchos casos los primeros que quieren lucrarse con esas subidas, quienes las provocan, son los propietarios de los pisos. Igual que los ateos no necesitan del código moral que proporcionan la Biblia y la Iglesia para llevar una existencia plena y con sentido, no tendríamos por qué necesitar una regulación de los alquileres estricta si entendiéramos que nuestros actos, al pretender lucrarnos explotando un derecho fundamental, son profundamente inmorales, y generan toda una serie de violencias e injusticias que convierten los lugares en los que todos intentamos vivir en común, en infiernos fratricidas gobernados por la mano negra e inmisericorde de la competencia entre iguales.

Hobbes decía eso de que El hombre es un lobo para el hombre. Lo hacía para justificar la autoridad del Estado, la violencia paternalista de quien piensa en los ciudadanos como bestias a las que hay que adiestrar. Pero cuando lo dijo, más de cuatro siglos atrás por cierto, en un mundo radicalmente distinto al nuestro, se le olvidó añadir que esta no es ninguna verdad inmutable. Igual que el Estado Nación no es (espero) eterno. Que más allá de los grandes poderes, en nuestra vida cotidiana, su famosa frase sólo se muestra de facto si el hombre decide activamente ser lobo, depredar sin piedad, antes que reclamar su existencia como ser humano que se preocupa por aquellos que son como él. Es decir, absolutamente todos los demás.

Deja un comentario