La Barcelona antipática

Barcelona es una, pero son muchas. Cientos, miles de riachuelos que confluyen y dan forma a la ciudad. Aún así, Barcelona ha sido durante demasiado tiempo narrada desde lo oficial. Quizás desde siempre, pero en especial desde la llegada de aquellos Juegos Olímpicos que barrieron de un plumazo ya no la disidencia, que por suerte siempre ha estado ahí, sino la posibilidad de diálogo entre bandos, entre cosmovisiones. La ciudad diversa pasó a ser paranoica. O estás con nosotros o contra nosotros. Aplastadas otras voces bajo el peso de la Institución y de los medios afines. Mientras tanto, Javier Pérez Andújar se iba convirtiendo a través de sus textos en parte de la memoria perenne de los barrios y la clase obrera, entroncando con una tradición en la que podríamos encajar a Juan Marsé o Montalbán o Pepe Ribas o tantos otros y otras que ni siquiera publicaban libros sino que hacían sus cosas. Cada cual a lo suyo y Rubianes en la de todos.

Una memoria que, me cuesta adivinar por qué, causa un rechazo visceral en una parte de la población barcelonesa. Incluso catalana, me atrevería a decir. Los que hoy en día reclaman la independencia para un Estado que a mí me da que sólo existe, puro, prístino y en constante estado de autodefensa (de nuevo la paranoia), en un imaginario colectivo que a estas alturas dista mucho (si es que alguna vez estuvo cerca) de la realidad de una ciudad que sigue acogiendo identidades múltiples, algunas visibles, otras subterráneas. La idea que movía el pregón alternativo de Toni Albà y compañía bebe todavía de los agravios borbónicos de 1714, una narración épica de paripé ideada por una burguesía que ni siquiera se manchó las manos en aquel asedio. Entonces fueron los de a pie los que defendieron la ciudad hasta sus últimas consecuencias. Pero como de costumbre otros los que se atribuyeron el mérito. Y hoy estos mismos “botiflers” apoyan un discurso cretínamente paródico que pretende ridiculizar la voz de los miles de ciudadanos humildes de la ciudad, con sus humildes sueños de vivir bien y quizás echarse unas cervezas con los amigos de vez en cuando.

Que conste que no soy partidario de la hagiografía del obrero. Que sé que en todas partes cuecen habas. Que el venir de hogar humilde no te hace un santo ni honrado ni bueno por defecto. Pero también sé que una de las principales reglas del humor es que el bufón siempre tiene que burlarse de los poderosos. Incluso aunque se juegue el cuello. Lanzar cuatro pullas a “los comunes”, con el apoyo de los grandes medios y los amigos del poder convergente al lado, menospreciando de paso a uno de los autores más lúcidos, sensibles, humildes y por encima de todo simpáticos, que existen hoy en todo el Estado, escriba en castellano, catalán, sueco o suajili, no tiene nada de valiente. Es más, despierta en mí el más absoluto rechazo por ser humor de brocha gorda y alumno pelota. Porque además parece que  contra lo que cargan sea eso, la simpatía de bar y kiosko y chascarrillo de Andújar. Contra el tipo que va en autobús y come bocadillos y lee tebeos y lo reivindica con gracia porque si no, ¿qué le queda?. Ni siquiera poder reirse de su vida perra, en un momento que debería unirnos a todos en sana fiesta pantagruélica como es La Mercé, porque estamos destinados a ser una gran nación y cualquier otro discurso que nos baje de ahí es arrastrado, charnego, borbonita.

Yo no soy barcelonés, pero llevo suficiente tiempo en esta ciudad como para haberme encontrado esta actitud demasiadas veces. Y empiezo a pensar que es la misma que detesta toda salida de tono. Todo renglón torcido. Toda broma de mal gusto, porque el buen y mal gusto lo deciden ellos, las clases dominantes del “Upper Diagonal”, y permea, como ríos de mala baba y humor siniestro, por el subsuelo y las rambletas de la ciudad, hasta los barrios que quedan por debajo, es decir, todos. Y entonces empezamos a molestarnos por cualquier cosa, y cerramos bares y no dejamos que los músicos hagan su trabajo, y el espacio público es cada vez más estado policial y ponemos pinchos en los bordillos para que la gente no pueda sentarse y detestamos al pobre porque algo habrá hecho, y al pregonero porque levanta el puño con una sonrisa. Porque no nos gusta la gente distinta a nosotros, que hace cosas que no entendemos, o sea, todos los demás. Todos aquellos que no lleven corbata, u hojas de ruta, o permisos policiales o casaca y pelucón. Todo aquel que se ría del poder, es decir, que esté vivo.

Están haciendo que nos odiemos entre nosotros, ¿o no lo veis?

Pero por suerte Barcelona son muchas Barcelonas. Como lo es toda aquella ciudad que se precie de serlo. Y dan igual sus enfados y bravatas porque la diversidad siempre va a estar ahí mientras haya dos personas en pie frente a frente para poder mirarse a la cara. Como yo pongo estos dos vídeos uno frente al otro, para que cada cual juzgue lo que mejor le parezca.

Yo mientras tanto voy a ver si encuentro la manera de ser un poco más impuro hoy que ayer, pero menos que mañana.

Y que se metan sus casacas por el culo.

 

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