Lo urgente y lo importante

Estamos en campaña. Supongo que por eso me llega un mail de la alcaldesa a la bandeja de entrada. En él, explican decenas de medidas que ha tomado el gobierno de BComú en dos años de gobierno (recordemos, un gobierno en minoría la mayor parte del tiempo, pues aunque haya estado aliado con el PSC hasta ahora, eso no le ha salvado de las malas lenguas ni las puñaladas traperas ni de las sanguijuelas que pueblan el partido), muchas de ellas vinculadas con el programa que prometieron aplicar: ecologista, social, feminista, transversal. Gobernar para todos los barceloneses, dando voz y escuchando a los movimientos sociales. Tratando de armarse contra el tsunami neoliberal que amenaza nuestras vidas miremos al punto cardinal que miremos. Y la verdad, me impresiona. Y a la vez siento una enorme pena.

El sano nihilismo con que me gusta mirarme las cosas hace que vea muchas de las faltas, errores y concesiones (alguna que otra difícil de justificar) en las que los comunes han caído en estos dos años, y a veces me indigno y muchas veces pienso que deberían ser más radicales, más expeditivos, y no caer en según qué gestos hacia la galería. Que tienen un problemón tan bestia con el precio de los alquileres y con el turismo masivo que no entiendo cómo siguen intentando negociar con quien nos expulsa, nos desprecia y nos priva de los derechos más básicos. Y así más cosas (huelga del metro, Mobile World Congress…). No estoy ciego, no soy ningún seguidor atolondrado que basa su argumentario en el “y tú más” o en el “¿qué harías tú si no?”. Y aún así, tengo que repetirlo: me impresiona. Lo de la pena lo explico más abajo.

Me impresiona porque intento recordar qué medidas se tomaron desde el Ayuntamiento en algún sentido positivo para la población barcelonesa y sus derechos durante los años que hace que vivo aquí, 15 ya, gobernando primero PSC y después CiU. Hay cosas que me vienen a la cabeza, pero ninguna de calado, ninguna que pretenda revertir nada, construir ninguna alternativa, hacer avanzar la ciudad en ningún otro sentido que el de seguir siendo ad eternum la millor botiga del món y convertir absolutamente cada aspecto de nuestra vida común en mercancía. Con BComú, sin embargo, Barcelona es la ciudad que más gasto social realiza por cápita de todo el Estado. Ojo, esto en la ciudad en la que, sólo hace cinco años, Trias y su mano derecha Antoni Vives vendían el puerto a unos oligarcas rusos, robándoselo a la ciudad. Ojo también, esto con la lupa de Montoro bloqueando (o tratando de bloquear) a todo aquel Ayuntamiento que se salga del guión.

Y pienso también en lo complicado que debe de ser sacar estas medidas adelante. En minoría. En un clima político nacional y global como el que estamos viviendo. Pienso en lo que esta gente que trabaja para nosotros tiene que aguantar y batallar cada día. Desde el Ayuntamiento como desde la militancia, muchos se parten el lomo y aguantan carros y carretas. Cosas que ni yo ni muchos de nosotros aguantaríamos ni diez minutos. Desprecios, mentiras, medios haciendo campaña 24/7. Lo aguantan porque creen en una ciudad mejor. En una vida mejor para todos. En defendernos de un modelo de existencia depredador que no es ni mucho menos (ojalá) exclusivo de nuestra ciudad ni de nuestro país. Están ahí dando el callo porque muchos les elegimos y es su deber. Ni son santos ni son perfectos, ni son iguales entre sí ni actúan igual según doctrina de partido, pero muchos de ellos (y eso lo sé de buena tinta) son gente que cree en su tarea, que para mí es ya un triunfo. Y algo bastante digno de admirar. Moverse dentro de las prisiones de lo presente posible sin volverse locos y consiguiendo cada día pequeñas victorias.

No soy el más admirador de la institución ni sus políticas, pero es bastante obvio que la ciudad, aunque estancada o peor que antes en asuntos estructurales a los que el Ayuntamiento muchas veces no puede llegar, ha mejorado en muchos sentidos durante estos dos años. Ahora espero que no vayamos hacia atrás, que ese cambio no se pare, que se profundice, que alcance más áreas de la vida, que las cosas que no funcionan cambien, que cada vez entendamos mejor cómo funciona esto del poder y que nos impliquemos todos en él. Porque nada cambiará nunca si no nos implicamos a fuego en lo que sea que queramos cambiar. Si dejamos que la actualidad nos marchite y nos despiste y nos llene la cabeza de ruido, hasta el punto en que olvidemos que sólo juntos y empujando en la misma dirección lograremos nuestros objetivos.

Y aquí viene la pena. Los Comunes han salido muy tocados de todo el asunto 1-O. La polarización social ha convertido estas elecciones (turbias, tibias, desenfocadas, no deseadas y seguramente desde muchos puntos de vista ilegítimas) en una guerra entre un independentismo fracturado y una derecha desatada que se puede comprar en dos packagings: el de siempre (azul, nacionalcatólico, fascistoide, apolillado y rancio) y el 2.0 (naranja, reluciente, sexy, ultraliberal, con aromas a MBA, coworking y empreneduría, pero represor, corrupto y falaz igual que su antecesor). Tanto se les ha acusado de equidistancia a los comunes que apenas ya nadie tiene en mente todas las cosas que se han hecho en esta ciudad, y en el Congreso de los Diputados (allí más en términos de propuesta o de oposición dada su situación de inferioridad en la bancada) mientras a su alrededor chocaban las espadas y todos los medios y partidos les atacaban por no ponerse de uno u otro lado. Por querer que Barcelona no se convirtiera en un campo de batalla, por ejemplo. Por intentar una y otra vez llamar a una paz que nadie quería. Por mantenerse firmes en la defensa de aquello que prometieron hacer, nos guste más o menos: “gobernar para todos”. Y todos, son todos. Tu vecino el facha, el chico pakistaní que te vende las cervezas, el universitario precario, la señora de clase media y el ricacho de Pedralbes.

Nadie quería la paz porque la guerra es ideal para medrar. El conflicto es fantástico para los negocios. Y los comunes, ingenuos e idealistas como son muchas veces, han sido los más damnificados en un enfrentamiento entre una serie de bandos que se han hecho fuertes en medio de la tormenta. Tanto, que se me despierta el yo conspiranoico y empiezo a pensar que todo el quilombo de los últimos meses ha sido una estrategia muy bien medida entre élites de uno y otro lado para conseguir una vez más surfear sus problemas estructurales (su incompetencia, corrupción, total incapacidad para gobernar si no es a golpe de porra y decreto ley) y reforzarse de cara a su electorado, vaciando el espacio que habían logrado conquistar los comunes, en los ayuntamientos y más allá, que ahora son vistos como unos tibios. Españolazos para unos, amigos del independentismo para otros

Y me da pena. Quizás porque hace mucho que dejé de entender de qué iba todo esto de la independencia, el DUI, el 155, la equidistancia. Hasta que Guillem Martínez no escriba su libro al respecto del Procés/La Cosa/El Caso no voy a saber qué carajo ha sido todo esto. A lo mejor nos enteraremos algún día. O no. Pero sobre todo porque nos veo caer de nuevo, como siempre, en un puto juego de tronos para el cual no tenemos libro de instrucciones. Y porque detesto ver como ratas sin escrúpulos recogen las migajas que dejamos caer al enfrentarnos.

En fin. Mientras discutimos todo esto y nos desgañitamos en las ágoras virtuales siguen los desahucios, las privatizaciones, la brecha de igualdad, los machismos, racismos y xenofobias, la gentrificación, el encarecimiento del coste de la vida. Las banderas y la identidad y la cuestión estatal puede ser clave, pero para mí la supervivencia material y espiritual, individual y colectiva, siempre van a estar por encima de cualquier otra cosa. Esa es la lucha en la que me veo reflejado. Y desde luego no sólo los Comunes la representan (de hecho me pregunto a menudo qué queremos decir o quién nos refereimos cuando decimos “los Comunes”) Pero me resisto a dejarme llevar por el ruido del presente. Por eso intentaré levantar la mirada, trabajar a largo plazo, apoyando a todos aquellos que, desde la institución y sobre todo fuera de ella, sigan profundizando en crear estructuras para que podamos darnos una mejor vida.

¿Os es que ya nadie se acuerda de aquel, “vamos despacio porque vamos lejos”, que tanto resonó en las plazas?

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