Radicales libres (1ª parte)

4 de octubre, noche.

Solo en casa, en calma, de noche, escribo sobre lo vivido en los últimos días. La anterior entrada del blog data de un par de días antes del 1-O. En ella, apuntaba a mi convicción de que, pese a no ser yo independentista ni fiarme para nada de los convergents, el (no)referéndum debía defenderse, porque en buena parte era una muestra del pueblo catalán en movimiento. Porque o se cree en el derecho a opinar, o no. Porque o se cree en la libertad, o no. Porque no se apoya la democracia a medias, para unos sí, y para otros, que piensan distinto, pues ya tal. También apuntaba a la posible represión violenta, y a que quizás nos encontráramos en una situación extraña, por la cual mi gente y yo, en general no alineados con todo el tema Procés, estaríamos defendiendo en las calles a quienes sí lo están. E iríamos a votar. Y efectivamente, todo eso pasó. Y llegó el 2 de octubre, porque como bien cantaban (y cantan) mis queridos Nueva Vulcano, “he oído que acostumbra a haber una mañana siguiente”.

Pero quedémonos un momento en el domingo. O la que podemos bautizar como la jornada electoral más rara, y en cierta manera más real que yo haya vivido nunca. Lo experimentado el día 1 es demasiado grande para explicarlo con cuatro pinceladas. Fue una locura y a la vez sensatez absoluta hecha carne. Fue performance festiva y sentido de comunidad del todo serio. Fue una experiencia polirrítmica que de alguna manera unió a muchísima gente diversa y que, en situaciones más normales, no se hubieran encontrado empujando juntos ni de casualidad. Un día complicado y complejo, en el cual parecía a la vez que estábamos llevando a cabo la más tremenda acción colectiva de guerrilla pensada por comandos anarquistas hiperprofesionales, y trabajando por el más ordenado cumplimiento de la ley. Una ley que no está (todavía) recogida en los libros, sino que nos estábamos dando los unos a los otros a cada paso, en cada cola delante de los colegios electorales, en cada mirada cómplice y cada canción (que las hubo a tutiplén).

Desde el primer momento de la mañana, cuando abrimos el ojo y vimos un día nublado desde la ventana, las apelaciones a la paz, la concordia, la resistencia pacífica, fueron constantes en todas las redes de las que echamos mano para enterarnos de cómo estaba la cosa. Mucha gente llevaba horas, días incluso, atrincherada en las escuelas, siempre el primer y último baluarte contra la barbarie. La coordinación por grupos de whatsapp, de Telegram, exquisita. Sabíamos que teníamos a la policía encima, y había miedo, sobre todo durante las primeras horas de la mañana. Pero delante de muchos colegios, al menos los del barrio de Sants que pudimos visitar de primera mano, en las multitudinarias colas formadas bajo la lluvia, el sentimiento compartido era de alegría contenida, de resistencia, de paciencia infinita. Se podía sentir una oleada de orgullo, el de haber recuperado la dignidad arrebatada. Y no sólo por el Estado español, yo creo. Era la dignidad que nos han robado estos 8 años de medidas neoliberales aplicadas contra nuestra capacidad para gestionar nuestras propias vidas. Era la respuesta a una crisis (y aquí entramos de nuevo en la enésima contradicción) que los propios miembros de este PDCat ahora tan indepe y tan del pueblo, no han parado de profundizar y extender desde que en 2010 fueran los primeros en aplicar recortes y austericidios. Era el pueblo diverso, atribulado, disfuncional y orgulloso, funcionando como una sola entidad fraterna.

Las redes estaban encendidas. Los vídeos de las actuaciones policiales salvajes empezaban a llegar. Las muestras de orgullo y alegría y resistencia también. Mirar las pantallas de los móviles era abrumador. Uno no sabía si salir por patas o montar una verbena. Era mejor dejar los cantos de sirena digitales y mirar alrededor. Porque ante la amenaza y sin decirnos nada, los allí reunidos decidimos, o mejor, ya lo habíamos decidido mucho antes, que ya que quizás nos iban a aplastar, la segunda opción seguro que iba a ser más divertida. Apelamos a aquello que cantaban los Antònia Font (primer grupo en català, por cierto, del que un servidor se hizo fan, allá por 2004) de que “sa vida es només patxanga total”. Y cuando la vida es verbena, libérrima, desobediente y bastarda, puede pasar de todo. Que mossos lloren y se abracen con anarquistas a los que hace pocos meses quizás estuvieran deteniendo. Que policías peguen a bomberos y bomberos monten cordones policiales para proteger al pueblo. Que las yayas sean las heroínas que siempre han sido en privado, y siempre debieron ser en público. Que se escondan urnas y papeletas por miedo a que te las roben, como si fueran un tesoro, usando las más imaginativas estrategias, y tractores bloqueen autopistas y se jueguen partidas de dominó ante los antidisturbios, y se hagan ginkanas para correr de colegio en colegio, y se monten barricadas con vallas de obra, y se hagan cordones humanos, y se vote con la cara inflada después de que un matón de negro te la rompa, y se bailen gigantes danzas tribales llevando en brazos una urna que bota y vota, mucho más viva que cualquier efigie de la Virgen del Rocío.

Al final, dado que podía votarse en cualquier colegio y los de Sants estaban saturados y con las redes caídas (un saraut muy grande a todos los hackers e informáticos amateurs que levantaron el cerco digital al que nos sometió la Guardia Civil desde buena mañana), yo voté en Sant Boi, en un centro de salud ante el cual la concurrencia no podía ser más diversa. Se hablaba mucho castellano, como corresponde a una ciudad xarnega y orgullosa, pero también se hacían talleres de castells, a los que, cada vez que algún principiante subía, todos aplaudíamos. De fondo, el “Segur que tomba”, cantado en versión rumbera por unos guitarristas que pasaban por allí. Había café y magdalenas para quien quisiera, y una cola perfectamente organizada en la que se leían el nerviosismo, la ilusión, la impresión de estar haciendo algo grande. El govern quedaba, como de costumbre en el Cinturó Roig, muy lejos de allí.

Después volvimos al barrio. En Can Batlló se había organizado algo parecido a un puesto de avituallamiento, con equipos de cocina perfectamente coordinados, que cocinaron riquísima comida al coste de la voluntad, y una especie de hospital de campaña que al final, por suerte, no tuvo que usarse. Por la razón que fuera, la Nacional fue clemente con la gente de nuestra zona, una de las más densas y con más colegios electorales de la ciudad. En otras partes de la ciudad y el territorio, por desgracia, la realidad fue otra. La violencia fue durísima, y quien la justifique no tiene nada que decirme. Casi novecientos heridos por cargas policiales, incluyendo a personas mayores, y cebándose en gente que sólo quería votar pacíficamente, no tienen ninguna excusa posible. No disculparé a quienes se hayan tragado el discurso oficial. En estos tiempos de redes sociales e información veraz a golpe de click, es más fácil que nunca elegir dónde se informa cada cual y por tanto, de qué lado está uno. Ya no estamos en tiempos del NO-DO (aunque al ver TVE1 lo parezca) y nadie tiene más excusa que su propia pereza moral.

Y aún así, a pesar de todo, la alegría, la imaginación, la chirigota, la solidaridad, fueron mayores. Y el deseo de cambio estalló como volcanes que llevaran toda una vida a punto de desbordarse. Y pasamos horas delante de Cotxeres de Sants, jugando a juegos de cartas valencianos, y charlando, evaluando las posibilidades, mirando alrededor, coreando, abrazando, dando palmas. Y después pasamos por el Institut Lluís Vives, donde una auténtica marea humana llevaba aguantando desde la madrugada y una pescatera arengaba a las masas, que aplaudían cada vez que ella comentaba sus pequeños o grandes logros (“¡Ya tengo pilas!”, gritaba, y todos animaban y aplaudían a su megáfono recién revivido). En ese momento ya se había hecho de noche, y por lo que fuera los operativos policiales habían desaparecido. Los rumores de que la Nacional se había dejado Sants para el final, por ser habitual refugio de anarcos, cooperativistas, y rojos en general, resultaron ser infundados.

Así que nos fuimos a cenar y a comentar la jugada y después a dormir, exhaustos física y mentalmente. Y todo parecía nuevo, inestable, excitante, aterrador y salvaje. Y todo eso lo vivimos juntos. La tribu respondió, como de costumbre, porque son esa gente con la que yo me iría a la montaña con un rifle si la situación lo requiese. Precisamente por eso, al irme a la cama no pensaba en Puigdemont ni en política de partidos, ni en un posible Estado catalán ni en que quizás por lo que acababamos de hacer nos cayera del pulpo constitucional. Pensaba en una nueva manera, nunca antes experimentada, de reclamar nuestra propia dignidad y vivir juntos. Aunque a lo lejos, justo antes de cerrar los ojos, empezaran a acumularse las dudas que nunca duermen, siempre traicioneras.

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