Randianos paranoides

Como ya he explicado varias veces en este blog, hace un par de años que vengo creando vídeos para un proyecto que tengo en Youtube, llamado Mutaciones del Fantasma. Hablo de temas relacionados con ciudad, cine y política, y lo hago a mi aire, cómo, cuando y sobre lo que quiero, porque para algo es mi canal y en él soy libre. Es una plataforma muy pequeñita. Tengo muy pocos seguidores y recibo escasos comentarios. Salvo en uno de los vídeos. De los nueve capítulos que he publicado hasta la fecha, hay uno que regularmente sigue recibiendo comentarios, normalmente negativos: el capítulo 5, que publiqué hace casi dos años y podéis ver más arriba. En él hablo sobre la abominable Ayn Rand y ese panfleto suyo llamado “El Manantial”, un tocho que sería posteriormente adaptado a la pantalla por King Vidor, con guión de la propia autora de origen ruso.

Es de lejos el vídeo con más visitas del canal (tampoco una cosa muy loca, no crean), y el único en el que, al menos un par de veces al mes recibo comentarios, normalmente airados, casi siempre desagradables, que siguen un patrón similar: un hombre (siempre son hombres), normalmente joven, que usando un lenguaje impostado que le suele quedar grandeque se lanza a tumba abierta a decirme que no he entendido a Rand y que el análisis de su obra se me queda grande y que me dedique a la horticultura o a meter gente en el Gulag, que por lo visto es lo que les gusta hacer a los comunistas como yo (no sé bien qué les lleva a meterme en ese saco, entiendo que para esta gente, enardecida por la grandiosidad de su ego y las mentiras del pensamiento más rancio, todo aquel que abogue por cualquier tipo de redistribución e igualdad ya es un demonio rojo, un parásito stalinista). Buena parte de estos ofendidos randianos afirman que la lectura de “El Manantial” o “Atlas Desencadenado” les cambió la vida. Igualito que a Ted Cruz, Mark Cuban, Paul Ryan, u otros personajes públicos célebres por ser, a grandes rasgos, unos capullos ignorantes.

Es ridículo y terrorífico escuchar a representantes políticos hacer suyas las ideas de una persona que dedicó toda su vida a construir un sistema filosófico fatuo y vacuo en torno a las bondades de carecer del más mínimo amor por el prójimo. Por eso al principio al leer esos comentarios aislados me daba la risa tonta, nerviosa. Pero con el tiempo llegó la acumulación, y el darme cuenta de que hay muchos señores por ahí sueltos (me imagino que muchos de ellos dedicados a poblar las catacumbas de internet) que realmente han adoptado una estupidez tan dañina como su credo vital. Con todo lo que ello significa para el bienestar de los que le rodean. Y a más poder, más responsabilidad, que decía el tío Ben.

El objetivismo es flojo como sistema de pensamiento, destestable como guía moral, y sobre todo yerra por completo al tratar de analizar cómo somos, de qué manera funcionan los grupos sociales, y proponer en consecuencia argumentos sobre cómo deberíamos actuar y organizarnos socialmente. Su máxima de que la civilización descansa sobre los hombros de hombres brillantes que han trascendido las limitaciones de su época en completo aislamiento gracias sólo a su tesón y genialidad, no sólo es burda, incompleta y ha servido para hacerle la cama al capitalismo más parasitario y rapaz (Milton Friedman y sus Chicago Boys también fueron en su momento acérrimos defensores de la Rand), ese que ahora sufrimos en cada rincón del mundo “civilizado”, sino que más allá de los argumentos filosóficos, ha sido desmentida una y otra vez por la neurología, la biología evolutiva, la antropología, la psicología etc. etc. Esto parece no importar en absoluto a sus seguidores, quienes han decidido ignorar que  Rand, y los que interesadamente dieron alas y fama a sus palabras, eran poco más que egoístas ilustrados. Un randiano defenderán las palabras de su profeta hasta el fin de los días, hasta que el último “marxista cultural” (algún día alguien me tendrá que explicar el significado de esa corriente) se ahogue en su propio exceso de amor por lo ajeno. Cada uno de ellos es un copo de nieve único, un bravo guerrero del intelecto que resiste los ataques de las hordas igualitaristas. Y juntos forman un rebaño aborregado, aburrido y siniestro.

Sus discípulos suelen ser hombres que han crecido, y entrado en la edad adulta, y que a estas alturas deberían haber superado esa etapa en la que los libros que lees te afectan de una manera específica y te causan una impresión demoledora porque no pueden mirar más allá de tu ombligo. Los randianos, sin embargo, tienen en su propia creencia (y qué curioso tener fe en una señora a la que todos los demás le importaban un carajo, y que predicaba la libertad radical del pensamiento) la excusa perfecta para no verse obligados mirar alrededor, acercarse a los demás y bañarse en el fango común de las contradicciones, el altruismo, la empatía, la vulnerabilidad y el cuidado hacia los demás. Todas esas “minucias” que en realidad son fundamentales para ser personas más completas y mejores, a crecer en definitiva, ya que son las que compartimos con el resto de la humanidad y nos ayudan a entender al otro en sus grandezas y miserias.

Así, los randianos viven en una adolescencia perpetua, en una ilusión narcisista que les da permiso para ser jovencitos impresionables ad eternum y vivir por siempre en su miserable torre de marfil desde la que se dedican, entre otras cosas, a mostrar su desprecio por los demás y su superioridad intelectual en foros de internet. Este estadio ameba, autocomplaciente y cobarde, no ayuda a nadie. Pero para tu consuelo te diré, ególatra amigo mío, que es algo por lo que todos hemos pasado. Y que se puede salir. Lo juro. Tira tu maldita copia de “El Manantial” a la basura de una vez, y escucha a quien tienes al lado. A lo mejor incluso te sorprenda lo que tenga que decir.

 

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