Ser un “hater”

A veces digo cosas que no debo decir. Exabruptos que llaman la atención, en tonos inapropiados. A veces hablo sin medir las palabras y a menudo aireo mis odios a los cuatro vientos. O soy crítico con ciertas cosas muy abiertamente, sin que medie mesura alguna, sin pensar en dónde, cómo, cuando, o a quien le digo las cosas. Será porque soy maño, o porque en mi casa me criaron sin demasiados filtros, pero con treinta y un añazos todavía no sé demasiado de protocolos o maneras. Tampoco sé si hay una manera “correcta” de expresarse, en oposición a una forma “errónea”.

Lo que sí es que hay formas de odiar, hay lugares desde los que dirigir y expresar la crítica. Y que la distancia entre quien desde una posición de poder, es decir, quien ejerce crítica y escarnio sobre otro por ser negro, homosexual, ateo, mujer, de izquierdas, pobre, inmigrante o miembro de cualquier otro grupo social oprimido, y quien odia desde los márgenes, desde la posición del débil, y dirige su crítica hacia arriba, a las instituciones de poder o a los órdenes sociales privilegiados, es abismal. Aunque se haya popularizado el decir que “ni de izquierdas ni de derechas”, que “los extremos se tocan”, y que día sí y día no nos tengamos que comer monsergas moralistas desde los púlpitos bienpensantes, la supuesta ecuanimidad de extremo centro no nos lleva a ningún lado y es dañina, porque tiende a patologizar todas aquellas maneras de pensar que no encajan con ella. Como por ejemplo, ahora se está patologizando a los activistas por el decrecimiento turístico diciendo que sufren un síndrome ficticio conocido como “turismofobia”. Este tipo de neolengua resulta ser, a grandes rasgos, una simple ficción que nos mantiene en un perpetuo estado de parálisis.

No puede ser que a la primera de cambio condenemos a cualquiera que discrepa de ser “un trol”, o ser “un hater”. Es cierto que hay gente suelta por ahí que sólo quiere ver el mundo arder, como decían en “El Caballero Oscuro”. Pero más cierto aún es que, en la lucha por las ideas no podemos sacudirnos el debate de encima a la primera de cambio como si fuera una mera capa de polvo o una molestia. Hay muchas maneras de disentir y criticar, muchas maneras de poner en cuestión las formas en la que nos organizamos socialmente. Y sí que creo que unas son más legítimas que otras y que su legitimidad depende del lugar desde el que estén enunciadas. De las relaciones de poder que ponen en juego. Del orden al que desafían o el orden que apuntalan. La rabia de un mosso al reventarle un ojo a un activista no es la misma que la del punk que tira abajo una puerta para crear un centro social en un edificio abandonado. La rabia de una preferentista estafada no es la misma que la de un “provida” a la puerta de una clínica abortista. Un escrache es lo contrario a una manifestación neonazi. Y nuestra tendencia a la risita nerviosa y a desviar la conversación cada vez que alguien dice algo “que no toca” es sólo muestra de lo incómodos que nos hace sentir cualquier cosa, por pequeña que sea, que desafía nuestra cada vez más limitada cosmovisión.

Para acabar, un conciso mensaje dirigido a los que cada día os inventáis chorradas nuevas para criminalizar la disidencia desde medios y poltronas:

 

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