Síndrome de Estocolmo. Notas sobre el quilombo catalán

Llevo muchos días dándole vueltas a esto. Al TEMASSO de rigor. Ese del que todos hablan. En las calles, en Whatsapp, en Facebook y Twitter. Algunos con conocimiento y precaución. Otros con euforia o rabia. Otros sin tener ni pajolera idea o peor, con malas intenciones, queriendo manipular, camuflar, inclinar la balanza hacia los de su bando. Tanto se ha hablado que uno se pregunta si queda algo que decir al respecto. Si hay que añadir más ruido a un asunto que parece interminable y genera tantísima tensión. Y al final, digo sí. Porque para mí es importantísimo, y lo único que me sale ante eso es escribir, aunque lo haga sólo desde mi experiencia particular. Porque me bulle dentro. Porque este problema me toca de cerca y me atraviesa, como hace con mucha gente cercana y de más lejos. Porque es algo gargantuesco y enorme y tan complejo que uno de a pie como yo, que no es periodista ni politólogo ni activista pro/anti indepe ni tiene más idea de esto que lo que ve y escucha y conversa por las calles y en las redes, sólo puede tratar de explicarlo desde lo más pequeño, desde la metáfora personal o de su tribu (como hace aquí maravillosamente mi sistah Alba), y esperar que así quizás algo sí pueda aportar, y que si no, al menos se habrá sacado del pecho toda la negrura que estas semanas han ido depositando en su interior.

Así que, sin mapa alguno que me guíe, salvo las risas que me echo leyendo las gloriosas crónicas de Guillem martínez sobre “la cosa Procés”, allá que vamos.

Ni de aquí ni de allí (como todo el mundo)

Soy de Zaragoza, pero llevo catorce años en Barcelona. Parece mentira que en un país de migrantes, buscavidas y turboturismo, todavía haya quien necesite que le menten el origen como argumento en una reflexión sobre política territorial. Creo que el hecho de que nos mezclemos y toleremos es y ha sido en general la norma, en toda España y el mundo, y cada vez lo será más y no puede ser algo de lo que sorprenderse a estas alturas. Pero vaya, que sí, que aquí hay un buen mix. Que soy maño de nacimiento y allí me crié, en una familia en parte aragonesa, en parte vasca. Con un padre de Puertollano, Ciudad Real. Que ahora convivo con una mujer charnega de pro, catalana de nacimiento pero con padres murcianos y conquenses. Que me relaciono día a día con personas de todas partes de Catalunya, pero también del Estado Español. Que en todo el tiempo que llevo aquí he tenido novias valencianas, de la periferia de Barcelona, de la Girona más gironina. Que algunos de mis mejores amigos son de la Catalunya más profunda. Y he vivido de todo con esta gente, a la que llevo muy dentro. Y que aún así, en mis catorce años en la capi del Nord, habiendo estudiado en la universidad más pro-Generalitat de Catalunya, con un 90% por ciento de clases en catalán, no he sufrido ni he sido testigo de ningún, y repito NINGÚN, tipo de violencia ni discriminación por cuestiones de procedencia, lenguaje o afinidades políticas. He discutido de forma más o menos acalorada dependiendo de la época, sobre cuestiones de independencia o lengua, pero incluso en los momentos más álgidos del Procés, y codeándome con los más indepes de los indepes, nunca me he visto coartado a no hablar, a callarme. Nunca he vivido falta de respeto alguna (como mucho alguna broma surgida del contexto) y mucho menos he vivido con miedo a mi relativa “españolidad”. Es más, pese a que entiendo, hablo y escribo bastant bé el català, sigo expresándome tozudamente en castellano sin que para nadie eso haya supuesto nunca un problema, manteniendo diariamente conversaciones en uno, dos o tres idiomas, muchas veces mezclados, y tan feliz. La “hispanofobia” en Catalunya es UNA BURDA MENTIRA. Como por otro lado, ya que estamos, lo es también la “Turismofobia”. Palabros de raíz higienista que se inventan los medios para manipular la opinión pública y reprimir la disidencia y bloquear cualquier tipo de cambio social. Ni más ni menos.

Barcelona es mi ciudad, en la que he crecido como persona, en la que he vivido algunas de las experiencias más definitorias de mi vida. Un lugar que siempre, hasta el día en que me muera, llevaré en el corazón. Y eso ha ocurrido sin que en ningún momento se hayan interpuesto cuestiones de nación, lengua o procedencia. He desarrollado, eso sí, una ideología propia bastante definida, debido no solo al lugar en el que vivo, sino sobre todo a las personas o causas que me han interpelado, que en general han tenido más que ver con cuestiones de equidad social que con ninguna otra cosa. Toda esta diversidad me ha ayudado y hecho crecer, mucho antes que reducirme. Y qué pasa entonces: que esa multiplicidad que yo llevo dentro, como un fuego vivo y hermoso, que atesoro como algo a proteger, de pronto parece que tiene que ser puesta en cuestión. Porque ahora se lía entre Madrid y Barcelona (o entre sus gobiernos, sobre todo), y los medios entran en el jaleo, y entonces de pronto te lanzan a la cara una nueva palabra de moda…

La equidistancia

Se usa mucho esta palabra estos últimos días, y todavía no tengo claro porqué. Algo en mí me dice que tal cosa o bien no existe, o bien se usa muy mal. Quizás por cuestiones de estrategia política. Quizás por darle carnaza a los medios. Equidistancia, ante un asunto tan complejo como la independencia de Catalunya, o ante cualquier otra movida política, podría ser una palabra que tuviera connotaciones positivas. Prudencia, sensatez, diálogo. La única manera de mediar entre dos partes enfrentadas. Pero resulta  que la palabreja, como tanto pasa en estos tiempos de rapidez enloquecida, no ha tardado en convertirse en uno de esos vocablos que de pronto de tanto usarlos van y se rompen. No hay cosa que me joda más. “Equidistante” ha pasado a ser sinónimo de cobarde, y se usa de forma gratuita por cualquiera de las partes. Igual que “demócrata” ha pasado a ser sinónimo de vete a saber qué, porque depende ya de quién use la palabra y no de su verdadero significado. Y desde luego ahora la usan grupos políticos y sociales muy poco demócratas. Aún así las palabras suelen ser precisas, especialmente en un idioma tan rico como el castellano (o el català, que al final es idioma hermano, raíz indoeuropea). Un fascista es un fascista, un exaltado es un exaltado, un revolucionario es quien de verdad se entrega a la causa de la revolución, y no cualquier pavo que le hace el juego a Movistar. No podemos usar las palabras como nos dé la gana porque al final habrá quien nos las acabe robando y terminarán por no significar nada.

Pero vaya, a lo que vamos: en la cuestión de la independencia de Catalunya quizás yo mismo, como muchos otros habitantes a este y otro lado de la frontera catalana, podríamos ser tildados de equidistantes. Me cuesta mucho pensar en mí mismo como independentista. Para nada, por otra parte, soy pro-español, pro-nacionalismo banderil. No lo he sido nunca, ni cuando vivía en Zaragoza, ni en todo el tiempo que llevo viviendo aquí. No sólo porque las banderas y las identidades nacionales me retrotraigan a momentos de la Historia que preferiría que ya estuvieran olvidados, sino porque mis inclinaciones políticas no pasan por el Estado, no pasan por los símbolos de uno u otro bando, utilizados para imponer una fuerza que me parece que casa muy poco con la vida cotidiana de los cientos de miles de personas que me rodean y que sólo aspiran a pasar en paz sus días, en libertad y rodeados de su gente. Mi corazón es anarquista, humanista y libertario, y esas son las verdaderas guías que yo sigo a nivel personal para afrontar cualquier conflicto, o construir cualquier alternativa de progreso. Y como opositor a ambos bandos del conflicto, y como persona que no entiende la fascinación por saberse al amparo de una forma estatal propia, con todo lo que eso conlleva, podría entonces decir: soy equidistante. Porque sí. Porque mira, fachas españoles y fachas catalanes (que los hay, y muy fuerte) que os vayan dando. Pero no.

Es una ocupación

Porque han pasado los días, y conforme se acercaba la fecha fatídica, y el referéndum pasaba de ser una abstracción a tomar cuerpo, he vivido de cerca muchas cosas que nunca me hubiera imaginado vivir, y preferiría que no hubieran ocurrido. Como vecino que vive en la Barcelona de 2017, esa que en muchos sentidos sigue siendo la Barcelona de 1898, la de 1934 y 1936, la Barcelona popular e insurgente, la Rosa de Foc que tanto nos gusta sacar a pasear, he visto el enfado, la angustia, la rabia, la duda, la incomprensión, la impotencia, la fuerza, el valor, la alegría de quienes me rodean. Y antes eso ya no puedo ser equidistante. Porque día tras día he ido viendo en tiempo real, a mi alrededor, cómo toda una serie de pilares de la frágil vida en común del país se desmoronaban. Porque vale, tenemos asumidísimo lo de sentirnos impotentes ante gobiernos que nos roban a manos llenas cada día. Que pactan entre ellos para seguir manteniendo un juego de élites al que parece imposible contestar. PERO, y esta es la clave, al menos desde que vivimos en democracia, siempre habíamos tenido (con matices) la oportunidad de chillar, de responder. De decir, “ok, estoy jodido, pero no estoy solo, y voy a salir a la calle de mi Barcelona querida a cantaros las cuarenta”. Y eso de pronto quieren acabarlo. Sin juicio ni jurado, pero mucha policía. Militarizando nuestra casa. La ciudad y las calles por las que luchamos, porque uno tampoco es que se pueda poner muy abstracto, lucha por lo que tiene delante, si es que lucha. Lo hace por sus amigos, y su novia y sus padres y los hijos que vendrán, o no. Somos así de básicos, fíjese usted.

Así que ahora de pronto tenemos 6000 personas uniformadas a las puertas. Tenemos a la Audiencia Nacional decidida a aplastarnos. Seamos catalanes, charnegos, o estemos de paso. Hablemos la lengua que hablemos, siempre que sintamos que el Procés nos interpela de la manera que sea. Siempre que sintamos que es nuestro deber defender nuestro derecho al diálogo. En el momento en que, ante un proceso que ha sido (aunque muchas veces chapucero en lo formal, y muchas veces cutre en su intención de tapar las vergüenzas al Govern de turno) pacífico y modélico en cuanto a organización social, nos sueltan a los perros violentos del Gobierno (recuerden el “A por ellos”), y nos tiran encima toda la armada mediática del Estado español, para decirnos cómo tenemos que sentirnos, lo engañados que estamos, que ser libre para decidir, lo que sea que decida cada cual, es primo hermano del terrorismo. Mientras nosotros, los habitantes de las tierras catalanas no habíamos comprado todavía Ak-47’s para derrocar ningún gobierno, en las calles no existe ninguna violencia, todo transcurre con total normalidad.  Por eso a todas esas fuerzas lanzadas contra nosotros no podemos entenderlas de otra manera que como fuerzas de ocupación. Porque ayer no estaban y hoy sí e intuimos que no vienen con buenas intenciones y por supuesto nos sentimos atacados de forma injusta, desproporcionada y absurda en nuestro discurrir diario. Asumimos la posición del condenado que no acaba de entender sus cargos. Somos Josef K. rebelándonos contra una autoridad que no comprende, o que sabe ilegítima. Somos una comunidad que lleva años intentando llevar adelante un proceso ya per se complejo e imperfecto, lleno de triquiñuelas políticas y mediáticas, pero de esencia democrática al fin y al cabo  (de diálogo, de discusión, de “nos tiramos mierda a la cara día sí y día también pero al menos nos miramos a los ojos”) y ahora de pronto se encuentra con que sus ideas, de nuevo, se ven contestadas sólo por la fuerza de las armas.

La equidistancia la rompieron los gendarmes, y desde ese preciso momento quedaron sólo las respuestas más básicas e intuitivas. Todo cambia de signo cuando a tu vecino, el de al lado, y a su familia, que mira por donde es indepe, le están pisoteando. Y están diciendo mentiras sobre él, o ellos, sin parar. En todas las televisiones y en las portadas de todos los Grandes Panfletos.  Y ahora resulta que van a venir a partirle la cara. Quizás. Y tendrán razones para hacerlo porque “fíjate qué malo has sido, Josep Lluís”. O sea, que el pisoteo es figurado, pero también quizás, esperemos que no, también literal. La equidistancia se rompe entonces, porque en en el momento en que hay violencia, venida de un Estado que ya se ha quitado la careta, y más en un momento social de crisis sostenida como el que vivimos desde hace muchos años, ya sólo queda la opción de salir a la calle y decir: “pasaréis por encima de mí, tal vez, pero me tendréis delante”. Es triste, pero nos están obligando a enarbolar de nuevo el “Venceréis pero no convenceréis” que pensábamos que nunca volveríamos a usar.

Y en eso estamos. Con la diferencia de que esta vez yo creo que vamos a intentar vencer.

El 1-O es para todos

Hace un par de semanas, o menos, antes del 20-S, antes de los registros ilegales en imprentas, en redacciones de periódicos, en escuelas y en muchas otras sedes del poder civil, yo no veía nada claro el tema de votar. No estuve muy al caso de la ley del referendum que se votó de forma vodevilesca en el Parlament el 6 de septiembre. Si soy sincero, en todos estos años de Procés, nunca pensé que hoy fuéramos a estar a punto de realizar ese referéndum. Aún hoy tengo muchísimas dudas de qué pasará realmente si la consulta llega a hacerse, si sale el sí, si el Govern decide realmente que tiene legitimidad para que Catalunya se convierta en una república ajena al territorio español. Sé que hay muchísimas fuerzas e intereses en juego, y que el 1-O es en buena medida una performance que, si no hay sorpresas, a lo único que llevará es a una sacudida del tablero de juego. A un recolocar de piezas que llevan mucho tiempo en juego. Que tampoco es moco de pavo, vaya. Y aunque la idea de vivir en una república me seduce tremendamente, no tengo tan claro querer ser gobernado por un PDCat discípulo de CiU y sus convicciones neoliberales. Para nada pienso que una independencia del tipo que sea vaya, por si sola, a hacer que yo, como ciudadano que vive y trabaja y quiere y desea en Catalunya, viva mejor. No tenemos que olvidar que CiU, desde su posición de poder en la Gene, fue el primer partido en aplicar recortes sociales en Catalunya mucho antes de que la movida indi llegara al mainstream. Pero aún así, a estas alturas del partido y ante la cerrazón vil y antediluviana de un PP desbocado en su faceta más garrula y tenebrosa, quiero reivindicar mi derecho a dar mi opinión. En un referendum o donde sea. Explicar precisamente esa desconfianza, a través de mi voto en blanco o de un voto que diga no, el cual depositaré sin miedo alguno, porque Catalunya, desde hace mucho tiempo, es mi casa. Y en casa nos decimos las cosas a la cara. Lo hacemos desde el amor y la ternura y a veces desde el “joder es que no hay quien te aguante”, y desde la difícil posición de quien a la vez quiere y odia, porque de eso van las familias, de eso van las comunidades de vecinos. De eso va la verdadera democracia directa, la soberanía a la que tantos apelamos, y que va muchísimo más allá de una bandera.

Por todo eso este 1-O, estaré en mi colegio electoral, si no lo han precintado los piolines. Por eso, en un par de días, quizás me encuentre defendiendo el derecho a votar de mis vecinos, encerrados festejando en un pequeño rincón de la ciudad que quiero. Porque aunque mi mente no está cien por cien con toda esta movida, mi cuerpo está aquí, y mi cuerpo ama y sufre y desea y necesita dar y recibir calor. Porque si un pueblo desea autodeterminarse, usando las herramientas que tenga a mano, sean más o menos torpes, poco puedo hacer más que apoyarlo, por convicción libertaria. Pensadlo: ¿Qué potestad tenemos nosotros o cualquiera para pronunciarnos sobre algo que una comunidad ha decidido, de manera pacífica y transversal, interpelando a tantísimas capas de la sociedad?

No tengo ni idea de qué pasará este fin de semana, ni después. De qué forma tendrá el 2-O, si es que llega a haber un verdadero referéndum (cosa que a estas alturas dependerá, yo creo, de la capacidad de resistencia pacífica de un pueblo catalán que ya no tiene miedo). Pero sé que quiero estar del lado de los cientos de miles de personas que ven en una urna una posibilidad, y no un enemigo. Porque esa es la realidad, calmada y tenaz, con la que convivo cada día. Gente normal haciendo cosas increíbles, como de pronto abrir una grieta (quizás insalvable, ojalá) en el Régimen del 78. Como de pronto darle al resto de España, ante la perspectiva de permanecer bajo el yugo de un Gobierno corrupto y moribundo, las llaves de su propia libertad. Y sí, claro que considero la posibilidad, muy real, de que se produzca represión violenta. Y también que a posteriori nuestras acciones sean instrumentalizadas por gobiernos de uno y otro lado, que no me representan. Pero los movimientos de base que se están despertando (estudiantes, estibadores, bomberos, profesores, juristas) sí lo hacen, y creo que vale la pena resistir por ellos. Para romper estas cadenas que nos tienen atados a una manera de existir y hacer política que ya dura demasiado y que ante todo se basa en la connivencia con nuestros captores. En amar a quien nos odia y oprime, porque la libertad nos da demasiado miedo. O nos lo daba antesdeayer.

2 Responses

  1. Estoy en ello y he leído cómo medio articulazo. Luego terminaré pero desde luego enhorabuena por tu buen talante y explicaciones tan claras de entender. Sigue así. Estoy orgullosa de q seas mi sobrino.

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