Standstill: despedidas que saben a victoria

Esta entrada se publicó originalmente en scannerfm.com

Es complicado emitir juicios sobre una banda como Standstill. Por trayectoria, tesón, personalidad, calidad y número de clásicos en su haber, lo único que darían ganas de hacer cuando toca hablar sobre ellos es una humilde reverencia, un a sus pies, gracias y a otra cosa.
Doblemente complicado para quien como yo tiene una relación emocional y difícil con el grupo. Emocional porque Standstill son una banda que se te mete dentro. Sus fans lo son porque de alguna manera la música les ha transformado, les toca en lo íntimo. Difícil porque después de comprar cada uno de sus discos desde que salió “The Ionic Spell” (2001), y teniendo en cuenta que mi bautismo en los conciertos de hardcore tuvo lugar con Standstill delante (encima, más bien) durante la gira del “Memories Collector” (2002), viví con los años lo que sólo podría describir como una ruptura sentimental, un lento desengaño amoroso.

Fue un proceso gradual, callado. De sentirme absorto y extasiado, escuchando “Standstill” (2004) en loop, a la relativa sorpresa de un todavía poderoso “Vivalaguerra” (2006). Hasta que un día escuché “Cuando ella toca el piano”, de “Adelante, Bonaparte” (2010) y me di cuenta, desde los oídos pero muy desde el estómago, que aquello ya no iba conmigo. Sin acritud ni rencores, a partir de ahí cada uno tiraría por su lado.
Por eso acudí algo nervioso al primero de los dos conciertos de despedida da la banda en Barcelona. Como si me fuera a encontrar con una ex novia de la que guardo recuerdos íntimos, maravillosos algunos, brutales otros. Una persona junto a la que has crecido y vivido a tope, pero que con el tiempo y la distancia se ha ido convirtiendo en una extraña. A veces piensas en ella, muy de pasada, y sonríes lo justo.
Sin embargo, cuando un día te enteras de que se va definitivamente, que tal vez nunca la vuelvas a ver, te da un pequeño vuelco el corazón y sabes que tendrás que ir a despedirte. En persona, cara a cara, sin trucos.

Y eso hago: plantarme en una Sala Apolo llena hasta la bandera, en la que la expectación puede palparse. El aire es eléctrico. Cuando salen los cinco músicos al escenario, vestidos de negro impecable, se los ve serios pero visiblemente impresionados por el llenazo, por los aplausos eternos, por una ovación que inunda la sala y los aúpa muy alto antes de que toquen una sola nota. Los ves ahí arriba y de pronto vuelves a sentirte en casa. Los primeros acordes de “1,2,3, sombra” y la voz de Enric suenan en un ambiente sacro, de reverencia total. Y tú te sorprendes por un momento pensando que todo sigue igual, que nada ha cambiado.

Pero vaya si ha cambiado.

Poco a poco, conforme avanza la noche, se te pasan los nervios y observas a tu ex con calma. Te fijas en los detalles. Conforme escuchamos “Me gusta tanto” o “Que no acabe el día”, reparas en cómo ha cambiado su lenguaje, su manera de expresarse, y en que quizás no os entendéis tanto como antes. Sabes que sigue siendo la misma persona, percibes rastros de esa pasión desbordante que habita en su interior y siempre te sedujo. Pero ahora existe una barrera entre vosotros. Invisible, sutil, tierna incluso. Pero una barrera.

Te fijas también en sus nuevas compañías. En la gente que la rodea, los que han venido también a verla. Y te sorprende ver a tu alrededor un público tan variopinto, tan inconexo, que se comporta de maneras con las que no empatizas. Y te dices a ti mismo que es normal, que uno crece, y cambia y amplía sus círculos. Pero egoístamente sientes cierta decepción, cierta pena porque las cosas han perdido una cierta “pureza”, que no son “como antes”, cuando entre ella y tú había una conexión directa, telepatía casi. Al mismo tiempo, intuyes también que todo ese rollo de la pureza probablemente es algo que sólo existió en tu mente y que a quién le importa si todo el mundo disfruta tanto con los tambores de “Adelante, Bonaparte” (la canción).

Te relajas. Te tomas tres cervezas y pronto empiezan a caer algunas anécdotas de los buenos tiempos que pasasteis juntos. Suenan “Yo soy el presidente de la escalera”, “Feliz en tu día”, “La Mirada de los Mil Metros”, “Dead Man Picture”, y los ánimos se caldean poco a poco. Se escapan las sonrisas, el corazón se acelera. Los sentimientos están ya a flor de piel en una sala recorrida por las vibraciones de un sonido trascendente. Es el ritual de lo habitual, liturgia del arte enganchado a la vida. El sonido de veinte años persiguiendo la verdad a través de la música. De un amor que duele y cura. A esas alturas da igual quienes somos o quienes fuimos. Allí estamos todos, rendidos a sus pies.
Así que nos lanzamos sin red los unos sobre los otros. Todo es calor y ritmo y golpes de pecho y chillarle al aire. Y empiezan a caer una tras otra: “Two Poems”, “Two Minutes Song”, “Poema nº3”, “Let Them Burn” y un “Cuando” tan intenso que todavía me estremezco cuando lo recuerdo. Cinco músicos destilando intensidad a raudales, sonido perfecto, emoción rebosante. Cuando te das cuenta, tu ex y tú os habéis quitado la ropa, y os estáis devorando una última vez. Quieres sacarte los pulmones por la boca a fuerza de gritar un himno tras otro. Recuerdas cada momento vivido, cada noche eterna, cada domingo triste, cada excitante inicio, cada aventura, victoria y derrota. Ya no sabes ni dónde estás, sólo ardes.

Se despiden con un luminoso “1,2,3 sol”, su hit más memorable. Una oda a la lucha cotidiana, a la esperanza. Lucha y esperanza. Dolor y alegría. Siempre a la búsqueda de un imposible. Trabajando más duro que nadie para conseguir transmitir aunque sea un fragmento de pura realidad, cruda, hermosa, en plena combustión. Se calman entonces los cuerpos y te dices a ti mismo que lo han conseguido de nuevo. Que siempre la vas a querer.

Os despedís. Al día siguiente estás dolorido por dentro y por fuera. Pero sereno, feliz. La historia, su historia, que es la de todos nosotros junto a ellos, llegó a su fin. La tragedia, el éxtasis, la ternura, la complicidad, la violencia, la diversión, quedaron atrás. Nuestros cuerpos destrozados y ahora nuevos, después de la catarsis. Veinte años concentrados en un orgasmo de los sentidos, tantos corazones como puños hay.
Y sabes que ya, ahora sí, sólo queda dar las gracias. Gracias por compartir, por pelear, por resistir, por poner a prueba vuestro enorme talento, por estar y sobre todo ser. Gracias Enric, Piti, Ricky, y a todo el resto de la familia Standstill. Os llevamos en el corazón. Y nuestro corazón como estandarte en las mil batallas que nos quedan por librar.