El blues de las banderas muertas

Desde que éramos pequeños, e íbamos a la escuela, el verano siempre ha tenido algo de espacio fronterizo. De limbo. Entonces, la llegada del verano significaba el fin de las clases, un vacío que rellenar a tu gusto, y el inicio de un nuevo año escolar. Eran viajes y nuevas experiencias. Dejar atrás una ciudad que se quedaba vacía y a unos amigos a los que no sabías si ibas a reconocer cuando volvieran de unas vacaciones que parecían eternas. Los días que no acababan nunca, las pelis baratas en la televisión y las noches en las que costaba dormir si no era amorrado a un ventilador. Ya en aquellos días empezabas a entender que en verano el tiempo se dilata, los ritmos de la vida funcionan de otra manera. Y llegabas a intuir que en algunos momentos, esa travesía pesada por el desierto de un agosto en la ciudad podía resultar tediosa, angustiosa incluso. Pero también sabías que cuando llegara septiembre y volvieras a clase, tendrías una sensación inequívoca de nuevo comienzo. Y pim pam.

Nunca he echado mucho de menos mi infancia ni adolescencia. Pero a veces me gustaría volver a poder sentir ese vértigo de la vuelta a clase. Esa sensación de verano como un territorio inexplorado, con sus descubrimientos felices y sus temores asociados, terribles pero excitantes. Porque sí, en muchos sentidos, con los años los veranos han seguido siendo para mí momentos de cambio. Incluso cuando ya hace muchos julios que dejé de estudiar. Pero lo cierto es que estos momentos de brusca transición se han ido volviendo más y más complejos, agotadores y en ocasiones hasta me han llevado por territorios en los que no me ha gustado mucho adentrarme.

Por suerte, para afrontar este tipo de situaciones complicadas, confusas, o de metamorfosis, siempre he podido volcarme en cualquier tipo de actividad creativa. Hacer vídeos, dibujar o escribir algo de poesía barata para vomitar lo que te remueve las tripas. Sin ningún objetivo, sin que nadie te vea. Pero por el placer y la necesidad de sacarte el engrudo de dentro.

La mayor parte de las cosas que hago, al menos aquellas que surgen de mi iniciativa personal, siempre tienen que ver, en mayor o menor medida, con descifrar algún aspecto de lo que me rodea. O simplemente, con dejar constancia.

En el verano de 2012, por circunstancias personales y laborales, viví uno de esos periodos veraniegos transformadores. Entonces hice una pieza a la que llamé Verano de Rescates. Era la época en la que el PP se había propuesto transformar nuestro país en el cortijo neoliberal que es hoy, a razón de un decreto-ley cada viernes, y todo el mundo hablaba de la prima de riesgo sin saber muy bien de qué iba la cosa. Mientras tanto yo, después de unos meses un tanto turbulentos, viví con gente que me dio mucha paz en un lugar que, pese al tráfico que nos acosaba a todas horas, estaba lleno de luz y parecía a veces el centro del universo. El ojo del huracán. Nada nos afectaba. Además aproveché el verano para verme Twin Peaks, y conecté mucho con el zumbado del Agente Cooper y su manera zen de afrontar los problemas.

Conclusión: aquel vídeo, que os he dejado justo aquí arriba, está recorrido por una corriente subterránea de calma, y una sensación de estar describiendo un sueño plácido. Un refugio frente al mundo violento de afuera.

Pero de nuevo han pasado los años. Es 2016. La crisis sigue sobre nosotros y en muchos sentidos no ha hecho más que profundizarse. Barcelona y sus habitantes resistimos como buenamente podemos. Muchas cosas han cambiado en mi vida. Pero hete aquí que de nuevo, sin casi anticiparlo, me veo de pronto afrontando de nuevo un periodo de transformación. Y éste, para que engañarnos, ha golpeado fuerte y de forma bastante más dolorosa. Que no es para tanto, seguro. Que el mundo está muy mal. Pues claro. Pero aquí hay que hacer un ejercicio de honestidad. Si el vídeo que he acabado haciendo (que os he dejado arriba del todo) es áspero, y tiene el medidor emocional subido al 11, es porque he intentado explicar de la forma más directa, sin apenas filtros, cómo me he sentido durante estos dos meses y pico de verano a través del yermo de Barcelona.

Por eso está todo grabado con el móvil, sin planificación alguna. Por eso, aunque sé que no tengo la mejor voz del mundo, soy yo quien habla. También, aunque es la primera vez que grabo algo parecido a una pieza musical, he sido yo quien ha hecho todo el apartado sonoro. Porque esto es una especie de exorcismo, más que algo premeditado. Y tenía que hacerlo yo de arriba abajo y sin barreras. Una salida para el momento en que todo salta por los aires y te toca ir recogiendo los pedazos poco a poco. Sin dramas, pero con una pena que se te ha quedado metida en el cuerpo.

Y que no me digan a mí que sentirte en el pozo de vez en cuando es sólo para adolescentes. Si tenéis el espíritu muerto, chavalada, no es mi problema.

Más allá de toda la cháchara emo, Verano de Vigilias bebe de muchas otras fuentes: la cantidad de películas de terror que he visto en los últimos meses, la música de bandas doom como Earth u Orthodox, unas cuantas noches sin dormir, o la canción que en realidad lo inició todo, el Dead Flag Blues de GY!BE, cuyo texto me he permitido traducir y que he ido intercalándo con otro monólogo. Al final de todo os dejo la letra, para que, si os apetece, encajéis las piezas del puzzle.

Y ahora, a ver el vídeo y disfrutarlo. Que al menos los malos momentos sirvan para algo.

“The car’s on fire and there’s no driver at the wheel

and the sewers are all muddied with a thousand lonely suicides
and a dark wind blows.

The government is corrupt
and we’re on so many drugs
with the radio on and the curtains drawn.

We’re trapped in the belly of this horrible machine
and the machine is bleeding to death.

The sun has fallen down
and the billboards are all leering
and the flags are all dead at the top of their poles.

It went like this:

The buildings tumbled in on themselves
mothers clutching babies picked through the rubble
and pulled out their hair.

The skyline was beautiful on fire
all twisted metal stretching upwards
everything washed in a thin orange haze.

I said: “kiss me, you’re beautiful –
these are truly the last days”

You grabbed my hand and we fell into it
like a daydream or a fever.

We woke up one morning and fell a little further down –
for sure it’s the valley of death.

I open up my wallet
and it’s full of blood.”